La lengua inútil, por Manuel Rivas

Noviembre 19, 2009

Se equivoca usted, señor titular del juzgado número 6 de Alcorcón, al proclamar la carencia de “utilidad pública” del idioma gallego. En una caricatura de Castelao, un campesino dice: “Deus nos libre da Xustiza!”. Quizás estaba pensando en usted, señor juez. Fíjese que útiles y previsoras son las lenguas “subalternas”.

Fíjese si son previsoras que en los cuentos gallegos de Álvaro Cunqueiro hay personajes que como último deseo piden que en el ataúd, además de la Biblia, le metan el Código Civil por si tienen que pleitear en la otra vida. A la vista de como reculan los tiempos, me adelanto a pedir para el postrer viaje un ejemplar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, además de la Constitución española (subrayado el artículo 3º, apartado 2) por si el barquero Caronte se pone pesado, dispensando, y me niega la “utilidad pública del gallego” en el Más Allá, siguiendo la doctrina de su señoría.

Ya que estamos con la verdad narrativa de los cuentos y las últimas voluntades, permítame una breve historia. Un anciano campesino manda llamar al notario para hacer el testamento definitivo. Dice: “De la tierra, dejo un tercio para Ramón, un tercio para María, un tercio para Concha, un tercio para Manuel, otro tercio para Andrés…” El notario le interrumpe: “Pero, ¿no serán muchos tercios?” Y el campesino responde: “¡No sabe usted lo grande que es la tierra!” Pues con las lenguas ocurre algo parecido. Que hay sitio para todas. Que no pesan en la cabeza. Que no hay lengua inútil.

Inútiles, inútiles no le somos, señor juez. Hay muchas personas que nos comunicamos normalmente en gallego y no nos consideramos del todo inútiles. Como ocurre incluso en la judicatura, unos somos menos útiles que otros, hacemos lo que podemos, pero respetamos. Eso si, tenemos una educación mínima del respeto. Nuestros padres nos acunaron, nos criaron y nos contaron cuentos en gallego para espantar el miedo. Y no eran unos inútiles, créame. Gracias a ellos, no le tengo miedo, señor juez.

En su Tesis sobre el concepto de la Historia, dice Walter Benjamin: “No hay ningún documento de la civilización que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”. Yo antes no entendía muy bien esta frase, se lo juro, pero se me han aclarado de repente las ideas, como por un rayo, después de leer su fundamento “lingüístico” para negar el traslado escolar a Vigo de unas niñas en el auto tramitado en un caso de divorcio. En ese aspecto, el documento no resiste el principio de realidad. En Galicia, las niñas no sólo aprenderían gallego, sino que podrían enriquecer su castellano con las “maravillosas curvas” que Unamuno admiraba en Valle-Inclán.

No voy a hablarle ahora de Alfonso X el Sabio, ni de Rosalía de Castro, ni del tronco común galaico-portugués, patrimonio lingüístico que nos permite comunicarnos con millones de personas en el mundo, desde Brasil al Timor Oriental. Como además tenemos la suerte de compartir el castellano, vea usted, señor juez, que no vamos tan mal pertrechados, siempre, claro, que a los niños no les amputen la lengua “inútil”. Creo que lo que procede en este momento es ir al argumento protoecológico enunciado por Julio Camba. Según demostró en un irónico artículo, el gallego es un idioma muy apto para hablar no sólo entre las personas sino también con todo tipo de animales. ¡Fíjese usted si será útil!

VER: EL PAÍS


Congreso Internacional sobre Pablo García Baena

Noviembre 17, 2009
Córdoba, 18, 19 y 20 noviembre 2009
Desde Cántico , la revista que dio nombre a un Grupo de poetas cordobeses, hasta la actualidad, una trayectoria de medio siglo de rigor formal e incontestable actitud ética ha hecho del poeta Pablo García Baena un digno merecedor del aprecio de los lectores y de la crítica intelectual. La entidad de su obra reclamaba desde hace tiempo un estudio serio. Para este objetivo, la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, han programado un Congreso Internacional en el que participan especialistas de dentro y de fuera.
El programa académico se completa con un conjunto de actividades para acercar más la figura y la obra del poeta a los lectores y a la ciudad, destacando entre ellas la exposición dedicada a presentar el mundo íntimo del autor y la estrecha relación entre su estética y su propia vida, reflejada en los objetos donde se sintetiza la personalidad humana y la imagen creativa de Pablo García Baena.

Programa

Miércoles 18 de noviembre

A las 19.00 h. Inauguración
A las 19.30h. Semblanzas de Pablo García Baena, por Fernando Ortiz [poeta y crítico], José Infante [poeta y crítico], Mª Victoria Atencia [poeta]
A las 20.30h. Recital poético.

Jueves 19 de noviembre
Formación [ciudades, lecturas, tradiciones]

9.30 a 10.30h. Hacia Antiguo muchacho: la formación de Pablo García Baena, por Francisco Ruiz Noguera [Universidad de Málaga]
11 a 12h. El mundo clásico de Pablo García Baena, por Juan Antonio González Iglesias [Universidad de Salamanca]
16.30 a 17.30h. El esteticismo de Pablo García Baena, por Mª Teresa García Galán [Universidad de Málaga]
17.45 a 18.45h. García Baena: Claves de una poética intensa, por Antonio Colinas [poeta, traductor, ensayista]
19 a 20.15h. El legado de Pablo García Baena, por Carlos Clementson [universidad de córdoba], Juana Castro [poeta], Eduardo García [poeta y ensayista]

Viernes 20 de noviembre
La madurez creativa

9.30 a 10.30h. El arte del metro en Pablo García Baena, por Eric Beaumatin [Universidad Paris III, Sorbonne Nouvelle]
11 a 12h. Nadar sabe mi llama la agua fría: la poesía de Pablo García Baena, por Guillermo Carnero [Universidad de Alicante]
12.15 a 13.15h. Visión de infancia y juventud en Pablo García Baena, de Luis Antonio de Villena [poeta, novelista, crítico]
16.30 a 17.30h. Las lecciones de Pablo García Baena, de Luis García Montero [Universidad de Granada]
17.45 a 18.45h. Síntesis de las aportaciones del Congreso
19 a 20h. Conferencia de clausura: Recordatorio poético de un amigo, por José Manuel Caballero Bonald
A las 20.15h. Palabras de Pablo García Baena. Clausura

Lugar:
Salón de actos del IES Luis de Góngora.

VER: AndalOcio

mrcls.18.noviembre.2009 | 19.00 – 20.30
jvs.19.noviembre.2009 | 09.30 – 20.30
vrns.20.noviembre.2009 | 09.30 – 20.30

 


Enciclopedia y globalización

Noviembre 13, 2009

La recopilación de todos los conocimientos y todos los saberes de la Historia de la Humanidad, el objetivo de los enciclopedistas, es el origen en 1751 de la era de la globalización. D’ Alambert, Diderot y otros enciclopedistas compilaron 35 volúmenes entre 1751 y 1785 en los que colaboraron los principales intelectuales del siglo XVIII.


Joaquín Pérez Azaústre

Noviembre 5, 2009

Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre (1976) es un escritor cordobés que alterna novela y poesía, a la vez que con sus colaboraciones en la prensa (La Razón y El Día de Córdoba) persigue acercarse a la reflexión. Su primera novela, El cuaderno naranja, apareció en 1998. Premio Adonais en 2000 por Una interpretación, en 2001 publica Carta a Isadora (Ediciones B), “pequeño” relato de 192 páginas. En 2004 se consolida con la publicación de dos libros: su poemario Delta, accésit del XV Premio Jaime Gil de Biedma, y su novela América (publicada por una gran editorial, Seix Barral). Premio Loewe a la Creación Joven con El Jersey rojo en 2006, publica también su novela El gran Felton (Seix Barral). Al año siguente publica su poemario El precio de una cena en Chez Mourice y en 2008 vuelve a la novela, La suite de Manolete, con Alianza Editorial. El gran Felton muestra su admiración por América y por la generación perdida (Scott Fitzgerald y Hemingway). En ella se apunta la idea de que Fitzgerald no hubiera muerto en 1940, sino en 1992, y de que hubiera escrito otros libros.


Premio Nobel de Literatura 2009

Octubre 18, 2009

Herta Müller, premio Nobel de Literatura 2009

Un poema de Herta Müller:

Der Platz war für den Kopf zu schwer
War jetzt gegen drei Uhr
Na, da kam –ein Solitaire
Ich gab ihm eine Kappe
Da sagte er: was soll ich denn mit der?
Ich sagte als er daran roch: Mensch, nimm sie doch.

El lugar no era el más apropiado para la cabeza
Ahora a las tres se encontraba vacío
En eso apareció un solitario
Le di una gorra
A lo que él dijo: ¿Y qué me hago yo con ella?
Al ver que empezaba a olerla dije: hombre, acéptala sin preguntar.
_________________________________________

La Premio Nobel de Literatura 2009 Herta Müller ha publicado un total de 19 libros, cuatro de los cuales están traducidos al español:

* “En tierras bajas” (Niederungen)- Siruela (1990)
* “El hombre es un gran faisán en el mundo” (Der Mensch ist ein grosser Fasan auf der Welt) – Siruela (1992)
* “La piel del zorro” (Der Fuchs war damals schon ein Jäger) – Plaza&Janés (1996)
* “La bestia del corazón” (Herztier) – Mondadori (1997).


Petrarca y el petrarquismo

Octubre 14, 2009

Catulo

Octubre 13, 2009

Portada del libro Poesía Completa, de Catulo (Hiperión)

I
¿A quién le voy a dedicar este librito, nuevo
y simpático, recién pulidos sus bordes por la áspera
piedra pómez? A ti, Cornelio, pues tú solías
considerar en algo mis obrillas,
ya entonces cuando, el único entre los itálicos,
te atreviste a explicar la historia universal
en tres volúmenes eruditos – por Júpiter- y laboriosos.
Por ello, acepta este modesto librito, valga lo que valga;
que él, musa protectora, sobreviva
intacto más de un siglo.

II
Gorrión, objeto de las delicias de mi niña,
con quien suele jugar y resguardar en su regazo,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita a duros picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!

(II b)
Me es tan grato como a la niña el fruto
doradito que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado.

III
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos,
como todos los hombres más sensibles.
El gorrioncito de mi niña ha muerto,
el gorrioncito, joya de mi niña,
a quien amaba más que a sus ojitos;
pues de miel era y conocía, como
la hija conoce a su madre, a su dueña;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malas sombras del Orco,
que fagocitáis todo lo precioso;
me arrancasteis este gorrión tan lindo.
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por tu culpa, los ojitos
hinchaditos de mi niña se encarnan.

IV
Aquel barquito que veis cuenta, oh huéspedes,
que él fue, de todas, la nave más rápida,
jamás trabada por el traidor leño
flotante. Bien con los remos volar
podía, si era necesario, bien
con las velas de lino.
Y niega que esto niegue la acechante
costa del Adriático, o las Cícladas,
y Rodas la noble y Tracia Propóntida
terrible o el furïoso golfo Póntico,
donde, antes de barquito, fue un tupido
bosque: pues en la cima del Citoro,
con parlante crin, lanzó silbo hermoso.
A ti, Póntica Amastris, en boj rico
Citoro: afirma que fue conocido
por ti y que en su origen último sobre
tu altura se mantuvo firme; aguas
fueron las tuyas en que hundió sus palas.
Y desde allí portó a su señor, ora
viniera diestra o siniestra del alba
la llamada, por tanto mar soberbio;
ora hiriera Júpiter el velamen
con acción favorable.
Y no había hecho votos a los dioses
costeros, cuando de la mar llegó
por fin hasta este cristalino lago.
Pero esos tiempos pasaron y ahora
envejece en recóndita quietud,
dedicándose a ti, gemelo Cástor,
y también a ti, de Cástor gemelo.

V
Vivamos y amemos, oh Lesbia mía,
y démosles menos valor que a un as
a las voces de los viejos severos.
Los astros pueden morir y volver;
muerta nuestra breve luz, deberemos
dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, seguidos de un ciento;
luego otros mil, luego un segundo ciento;
luego otros mil seguidos, luego un ciento.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para no saber
ni nosotros, ni el malvado que mira
acechante, cuántos besos nos dimos.

VI
Flavio, de tus deleites a Catulo,
si no fueran burdos e indecorosos,
hablar querrías, sin callar detalle.
Pero yo no sé qué puta febril
prefieres:¡tanto te apena decirlo!
Pues tú no yaces una sola noche
solo; tu cama aulla, sin quedar tácita
nunca, olorosa de algún sirio aceite
y guirnaldas; y quedan tus cojines
gastados, entre el chirriar que sacude
tu lecho, tan trémulo y fatigado.
Pues no sirve de nada que los crápulas
callen: ¿y por qué? Tus gastados flancos
delatan todas tus obscenidades.
Dinos qué tienes de malo y qué tienes
de bueno, pues quiero llevarte al cielo,
con tus amores, en estos versitos.

VII
Me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos
tuyos me sean suficientes,cuántos
me sean demasiados.
Cuan gran número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo
plena, entre el oráculo del ardiente
Jove y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros nos ven, al callar
la noche, enredados en amoríos;
sólo esa cantidad satisfará
a Catulo el loco, y demasïados
serán, y afortunados,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos.

VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la niñita,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, niña. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, Catulo, aguanta decidido.

XXXII
Te lo ruego, dulce Ipsitila, joya
mía, mi belleza soñada: manda
que acuda a ti a mediodía, y ayúdame
si lo haces: no cierre nadie la
fina hoja de la puerta, ni salgas fuera;
debes quedar en tu casa y tener
nueve polvos continuos listos para
nosotros. Mándalo ya, si has de hacerlo:
aquí yago, boca arriba a la fuerza,
rebosante, atravesando mi palio
y mi túnica, esperando tu auxilio.

LI
Que es igual a un dios me parece aquel
(y que supera a los dioses, si es lícito)
que sentado frente a ti, sin cesar,
observa y escucha cómo
ríes con dulzor, lo que me arrebata
los sentidos, mísero: Lesbia,
en cuanto te veo, ya no me queda
ni un hilo de voz,
la lengua se torna torpe, y a manar
comienza una llama bajo mis miembros;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es muy molesto;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.

LXXXV
Odio y amo. Por qué lo haga me preguntas tal vez.
No sé (pero siento cómo se hace y me torturo).

XCIX
Juvencio, te robé un furtivo beso
-a ti, que eres de miel- aún más dulce
que la ambrosía dulce. Pero no lo hice
impunemente: recuerdo haber quedado
crucificado en alta cruz, y haber
tratado con gran llanto de borrar
un poquito tu áspera crueldad.
En cuanto te besé, tus parvos labios,
mojaditos por gotas incontables,
te limpiaste con todos tus deditos,
para que no quedara nada en ellos
de mi saliva infecta de orinada
loba. Además, me diste al Amor cruel,
¡ay de mí!, sin cesar de atormentarme,
para tornar aquel besito dulce
en un beso más triste que el más triste
eléboro. Si impones al amor
desgraciado tan grande pena, nunca
más habré de robarte beso alguno.

CI
Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Este es mi último adiós, querido hermano.


Decamerón (IV Jornada)

Octubre 6, 2009

La Ponencia andaluza de Selectividad de Literatura Universal ha recomendado siete lecturas para este curso 2009-10. La primera será la novela medieval Decamerón, de Giovanni Boccaccio. El Decamerón es un libro constituido por cien cuentos, algunos de ellos novelas cortas, escrito por Giovanni Boccaccio en 1351, alrededor de tres temas: el amor, la inteligencia humana y la fortuna.

John William Waterhouse, A Tale from Decameron (1916). Lady Lever Art Gallery (Liverpool)

Para engarzar estas cien historias, Boccaccio estableció un marco de referencia narrativo: se inicia con una descripción de la peste (la epidemia que golpeó Florencia en 1348), lo que da motivo a que un grupo de siete mujeres y tres hombres que huyen de la plaga se refugien en una villa en las afueras de Florencia. Para pasar el tiempo, cada miembro del grupo cuenta una historia por cada una de las diez noches que ellos pasan en la villa, lo que da nombre en griego al libro: δἐκα déka ‘diez’ y ἡμέρα hēméra ‘días’. De esta manera se relatan las cien historias en total. Además, cada uno de los diez personajes será el jefe del grupo durante una jornada, alternativamente. Este liderato se extiende a dictar el contenido de las historias para ese día, de modo que haya una mínima organización para los cuentos. Los temas son casi siempre profanos, a tono con la mentalidad burguesa que empezaba a fraguarse en Florencia: la inteligencia humana, la fortuna y el amor. Van desde «historias de mala suerte que inesperadamente cambian hacia felicidad» (el día dos, bajo el liderazgo de Filomena) hasta historias considerablemente más interesantes de «mujeres que juegan engaños con sus maridos» (día siete, bajo el mandato de Dioneo). Cada día también incluye una breve introducción y una conclusión que describen otras actividades diarias. Estos interludios del cuento incluyen con frecuencia las transcripciones de canciones populares italianas en verso.

Decamerón.- IV Jornada
CUARTA JORNADA DECAMERÓN

VER: Wikipedia


Luis Martín-Santos vs. Juan Benet, por Manuel Vicent

Septiembre 24, 2009

Juan Benet, por Luis MagánJuan Benet (Madrid, 1927-1993), por Luis Magán 

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.

Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Luis Martin-Santos

Luis Martín-Santos (Larache, 1924-Vitoria, 1964)

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado.

VER:EL PAÍS Babelia


Franz Kafka: la libertad del escarabajo, por Manuel Vicent

Septiembre 21, 2009

Franz Kafka, en 1906

Franz Kafka, en 1906

La marioneta se mueve siempre mediante el impulso de un ser que se halla detrás de las bambalinas. La sonrisa siniestra y las extremidades articuladas de estos muñecos son, tal vez, la expresión de ese otro yo que cada uno lleva dentro. Praga es la patria del robot, una palabra que en checo significa esclavo. No se puede entender a Kafka sin ese laberinto de Praga donde permanece todavía la memoria inquietante de astrólogos, robots, muñecas de porcelana, quiromantes y vampiros hibernados, el Golem, androide de barro con poderes ocultos creado por el rabino Löw en la Edad Media que duerme entre las vigas de la vieja sinagoga de Pinkas, una conjunción de fuerzas negras en busca el oro filosófico torturado por los alquimistas. El subsuelo espiritual de Praga alimenta todos los terrores y maleficios que desconocíamos hasta que Kafka les dio un nombre. Esta atmósfera cargada puede aplastarte hasta transformarte en un escarabajo.

El gueto de Praga fue demolido a finales del siglo XIX y aunque Kafka ya no vivió en él, su hedor humano le penetró el subconsciente. Kafka lo expresó así: “En nosotros siguen vivos los oscuros rincones, los pasajes misteriosos, las ventanas cegadas, los patios sucios, las ruidosas tabernas, y las posadas cerradas con llave. Recorremos las anchas calles de la ciudad nueva, pero nuestros pasos y miradas son inseguros. La ciudad judía vieja e insalubre que hay en nosotros es mucho más real que la ciudad nueva e higiénica que nos rodea. Despiertos vamos atravesando un sueño: no somos más que fantasmas de tiempos pasados…”.

En el viejo cementerio judío de Josefov el fuego fatuo es un grajo que levanta el vuelo entre las estelas mohosas hacia las espadañas crispadas de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn en la plaza del Ayuntamiento. Alrededor de esta plaza se movió la existencia de Kafka. Muy cerca se halla la casa donde nació, en una esquina estaba la tienda de objetos de regalo de su padre, al pie de la columna de la Virgen se citaba con su amigo Max Brod. La familia de Kafka cambió de aposento al menos veinte veces a lo largo de la vida del escritor siempre en un círculo muy constreñido alrededor de la plaza Vieja. Todos han desaparecido. Es inútil buscar su rastro.

Franz Kafka había nacido aquí en 1883, hijo mayor del comerciante Hermann Kafka y de Julie Löwy. El padre descendía de un carnicero judío, pobre pero temido, de Osek; la madre procedía de una familia judeoalemana de Podebrady, respetable y acaudalada, fabricante de paños y de cerveza, en la que también había talmudistas, médicos, eruditos, conversos y solterones excéntricos. Kafka era de raza judía, pero no practicaba su religión; era checo pero no hablaba la lengua nacional. Fue educado en la dominante cultura y lengua alemana, la del enemigo interior. Era una forma de no ser de nadie, un extranjero en su propia patria. En la calle Celetná estaba el instituto donde estudió el bachillerato y después se licenció en Derecho en el Clementinum, sin vocación, obligado por el padre en cuya sombra ominosa descubrió el enigma de los tiranos.

En esta época Kafka ya escribía en secreto diarios y relatos con la misma obsesión con que los destruía. Era un joven alto, flaco, de tronco corto y de piernas largas, enamoradizo, asiduo de tabernas y burdeles. Aunque tenía un diseño de grajo con huesos muy puntiagudos, un poco siniestro, su espíritu tendía con furia hacia el placer, que su padre y la tuberculosis reprimieron tempranamente. Amaba los deportes, iba a nadar a la Escuela Civil de natación en el río Moldava y a remar en su propia barca bautizada con el nombre Bebedor de Almas. Muchas veces tomaba el tranvía hacia la última parada y se perdía en los bosques. Pasaba largos veraneos en los pueblos de origen de sus padres, en sanatorios naturistas, en balnearios, en ciudades del imperio, Berlín, Viena, Múnich, Budapest, y luego en París, en el lago Garda, en la costa danesa, en innumerables excursiones en las que le solía acompañar su amigo Max Brod y en cada lugar se las arreglaba para encontrar una amiga, una amante adicta a su tortura interior, que le ayudaba a sacudirse de encima el peso de Praga, con sus piedras carbonizadas. Kafka no amaba a su ciudad, por eso la penetró con su obra como a una ramera.

La estudiante Hedwig Weiler fue su primer amor de verano en Trest con la que se carteó durante algún tiempo. Con la berlinesa Felice Bauer estableció un noviazgo convulso lleno de misivas, dudas, rupturas y reencuentros. Luego entró en su vida la suiza Gerti Wasner, que en los diarios de Kafka aparece sólo con las iniciales. En enero de 1919 conoció a Julie Wohryzek en la pensión Stüdl y con la que se prometió unos meses después. Milena, casada con Ernest Pollak, ocupó durante este tiempo su cabeza y en sus brazos comenzaron los primeros vómitos de sangre. La actriz Dora Diamant llegó a continuación y con ella convivió los últimos meses de su vida. Con ninguna de sus amantes llegó a superar la neurosis del amor, la misma que sufría frente a la figura del padre, angustias y promesas rotas en el último momento, barreras que nunca pudo saltar.

Para algunos escritores bohemios y secretos como Kafka la noche era una frontera. Las veladas artísticas en casa de Berta Fanta adonde solía acudir Einstein cuando estaba de paso por la ciudad y los cafés literarios se habían constituidos en cátedras del pensamiento explosivo donde se predicaba la revolución o se ahondaba en la propia angustia personal. Kafka había sintetizado en su espíritu todas las contradicciones de las corrientes expresionistas de entreguerras, que irrumpían en la nocturnidad de Praga. En el Café Louvre tenía asiento reservado con sus amigos. Allí se hablaba de filosofía, sobre todo de Kant y Hegel; de física cuántica, de psicoanálisis, de nada. Al terminar la tertulia Kafka regresaba a casa, muy alta la noche, con bombín y traje negro pisando los adoquines mojados de la plaza Vieja o desde el castillo bajaba sobre la nieve por el oscuro Callejón del Oro, que arranca de la Torre de los Alquimistas sobre el foso de los Ciervos, sin salida, donde el enigmático emperador Rodolfo II despeñaba a sus enemigos. En el verano de 1916, después de unas vacaciones con su novia Felice en Marienbad, Kafka encontró un pequeño estudio en el número 22 de este callejón. Aquí se retiraba a escribir por las tardes, después del trabajo de abogado de Seguros, hasta altas horas de la madrugada. “Quizá hay otras maneras de escribir, pero yo no conozco más que una; de noche, cuando la angustia no me deja dormir”. Luego volvía a la ciudad por la antigua escalinata del palacio.

Al final de todo cuanto sabemos de la biografía de Kafka, uno se pregunta qué significa la palabra Kafka. Significa saber que la única forma de escapar consiste en convertirte en un escarabajo para huir por la rendija debajo de la puerta antes de que venga tu padre a aplastarte; asumir que eres un individuo cuyo apellido es K nacido sólo para ser juzgado; aceptar previamente la condena y precipitarte en el río Moldava para ahogar la culpa; trabajar como un robot en una oficina de Seguros y soñar con lejanos países mahometanos; convertir toda la belleza de Praga en un maleficio; vomitar sangre, transformar el terror en un humor muy inquietante y destruir o quemar todos los papeles escritos, pero tener un amigo fiel, como Max Brod, dispuesto publicar tus cuadernos después de muerto, que serían en el futuro pasto interior de psicoanalistas.

Murió en el sanatorio Hoffmann, en Kierling, cerca de Viena, el 3 de junio de 1924, a los 41 años. Dora Diamant le cerró los ojos. Cuando al final de su enfermedad Kafka ya no podía soportar el dolor, le recordó a su amigo, el doctor Klopstock, la promesa que le había hecho de inyectarle una dosis mortal de morfina y como en el último momento el médico dudara, Kafka le dijo: “Mátame, si no, serás un asesino”.

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