Joaquín Pérez Azaústre

Noviembre 5, 2009

Joaquín Pérez Azaústre

Joaquín Pérez Azaústre (1976) es un escritor cordobés que alterna novela y poesía, a la vez que con sus colaboraciones en la prensa (La Razón y El Día de Córdoba) persigue acercarse a la reflexión. Su primera novela, El cuaderno naranja, apareció en 1998. Premio Adonais en 2000 por Una interpretación, en 2001 publica Carta a Isadora (Ediciones B), “pequeño” relato de 192 páginas. En 2004 se consolida con la publicación de dos libros: su poemario Delta, accésit del XV Premio Jaime Gil de Biedma, y su novela América (publicada por una gran editorial, Seix Barral). Premio Loewe a la Creación Joven con El Jersey rojo en 2006, publica también su novela El gran Felton (Seix Barral). Al año siguente publica su poemario El precio de una cena en Chez Mourice y en 2008 vuelve a la novela, La suite de Manolete, con Alianza Editorial. El gran Felton muestra su admiración por América y por la generación perdida (Scott Fitzgerald y Hemingway). En ella se apunta la idea de que Fitzgerald no hubiera muerto en 1940, sino en 1992, y de que hubiera escrito otros libros.


Premio Nobel de Literatura 2009

Octubre 18, 2009

Herta Müller, premio Nobel de Literatura 2009

Un poema de Herta Müller:

Der Platz war für den Kopf zu schwer
War jetzt gegen drei Uhr
Na, da kam –ein Solitaire
Ich gab ihm eine Kappe
Da sagte er: was soll ich denn mit der?
Ich sagte als er daran roch: Mensch, nimm sie doch.

El lugar no era el más apropiado para la cabeza
Ahora a las tres se encontraba vacío
En eso apareció un solitario
Le di una gorra
A lo que él dijo: ¿Y qué me hago yo con ella?
Al ver que empezaba a olerla dije: hombre, acéptala sin preguntar.
_________________________________________

La Premio Nobel de Literatura 2009 Herta Müller ha publicado un total de 19 libros, cuatro de los cuales están traducidos al español:

* “En tierras bajas” (Niederungen)- Siruela (1990)
* “El hombre es un gran faisán en el mundo” (Der Mensch ist ein grosser Fasan auf der Welt) – Siruela (1992)
* “La piel del zorro” (Der Fuchs war damals schon ein Jäger) – Plaza&Janés (1996)
* “La bestia del corazón” (Herztier) – Mondadori (1997).


Petrarca y el petrarquismo

Octubre 14, 2009

Catulo

Octubre 13, 2009

Portada del libro Poesía Completa, de Catulo (Hiperión)

I
¿A quién le voy a dedicar este librito, nuevo
y simpático, recién pulidos sus bordes por la áspera
piedra pómez? A ti, Cornelio, pues tú solías
considerar en algo mis obrillas,
ya entonces cuando, el único entre los itálicos,
te atreviste a explicar la historia universal
en tres volúmenes eruditos – por Júpiter- y laboriosos.
Por ello, acepta este modesto librito, valga lo que valga;
que él, musa protectora, sobreviva
intacto más de un siglo.

II
Gorrión, objeto de las delicias de mi niña,
con quien suele jugar y resguardar en su regazo,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita a duros picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!

(II b)
Me es tan grato como a la niña el fruto
doradito que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado.

III
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos,
como todos los hombres más sensibles.
El gorrioncito de mi niña ha muerto,
el gorrioncito, joya de mi niña,
a quien amaba más que a sus ojitos;
pues de miel era y conocía, como
la hija conoce a su madre, a su dueña;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malas sombras del Orco,
que fagocitáis todo lo precioso;
me arrancasteis este gorrión tan lindo.
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por tu culpa, los ojitos
hinchaditos de mi niña se encarnan.

IV
Aquel barquito que veis cuenta, oh huéspedes,
que él fue, de todas, la nave más rápida,
jamás trabada por el traidor leño
flotante. Bien con los remos volar
podía, si era necesario, bien
con las velas de lino.
Y niega que esto niegue la acechante
costa del Adriático, o las Cícladas,
y Rodas la noble y Tracia Propóntida
terrible o el furïoso golfo Póntico,
donde, antes de barquito, fue un tupido
bosque: pues en la cima del Citoro,
con parlante crin, lanzó silbo hermoso.
A ti, Póntica Amastris, en boj rico
Citoro: afirma que fue conocido
por ti y que en su origen último sobre
tu altura se mantuvo firme; aguas
fueron las tuyas en que hundió sus palas.
Y desde allí portó a su señor, ora
viniera diestra o siniestra del alba
la llamada, por tanto mar soberbio;
ora hiriera Júpiter el velamen
con acción favorable.
Y no había hecho votos a los dioses
costeros, cuando de la mar llegó
por fin hasta este cristalino lago.
Pero esos tiempos pasaron y ahora
envejece en recóndita quietud,
dedicándose a ti, gemelo Cástor,
y también a ti, de Cástor gemelo.

V
Vivamos y amemos, oh Lesbia mía,
y démosles menos valor que a un as
a las voces de los viejos severos.
Los astros pueden morir y volver;
muerta nuestra breve luz, deberemos
dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, seguidos de un ciento;
luego otros mil, luego un segundo ciento;
luego otros mil seguidos, luego un ciento.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para no saber
ni nosotros, ni el malvado que mira
acechante, cuántos besos nos dimos.

VI
Flavio, de tus deleites a Catulo,
si no fueran burdos e indecorosos,
hablar querrías, sin callar detalle.
Pero yo no sé qué puta febril
prefieres:¡tanto te apena decirlo!
Pues tú no yaces una sola noche
solo; tu cama aulla, sin quedar tácita
nunca, olorosa de algún sirio aceite
y guirnaldas; y quedan tus cojines
gastados, entre el chirriar que sacude
tu lecho, tan trémulo y fatigado.
Pues no sirve de nada que los crápulas
callen: ¿y por qué? Tus gastados flancos
delatan todas tus obscenidades.
Dinos qué tienes de malo y qué tienes
de bueno, pues quiero llevarte al cielo,
con tus amores, en estos versitos.

VII
Me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos
tuyos me sean suficientes,cuántos
me sean demasiados.
Cuan gran número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo
plena, entre el oráculo del ardiente
Jove y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros nos ven, al callar
la noche, enredados en amoríos;
sólo esa cantidad satisfará
a Catulo el loco, y demasïados
serán, y afortunados,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos.

VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la niñita,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, niña. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, Catulo, aguanta decidido.

XXXII
Te lo ruego, dulce Ipsitila, joya
mía, mi belleza soñada: manda
que acuda a ti a mediodía, y ayúdame
si lo haces: no cierre nadie la
fina hoja de la puerta, ni salgas fuera;
debes quedar en tu casa y tener
nueve polvos continuos listos para
nosotros. Mándalo ya, si has de hacerlo:
aquí yago, boca arriba a la fuerza,
rebosante, atravesando mi palio
y mi túnica, esperando tu auxilio.

LI
Que es igual a un dios me parece aquel
(y que supera a los dioses, si es lícito)
que sentado frente a ti, sin cesar,
observa y escucha cómo
ríes con dulzor, lo que me arrebata
los sentidos, mísero: Lesbia,
en cuanto te veo, ya no me queda
ni un hilo de voz,
la lengua se torna torpe, y a manar
comienza una llama bajo mis miembros;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es muy molesto;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.

LXXXV
Odio y amo. Por qué lo haga me preguntas tal vez.
No sé (pero siento cómo se hace y me torturo).

XCIX
Juvencio, te robé un furtivo beso
-a ti, que eres de miel- aún más dulce
que la ambrosía dulce. Pero no lo hice
impunemente: recuerdo haber quedado
crucificado en alta cruz, y haber
tratado con gran llanto de borrar
un poquito tu áspera crueldad.
En cuanto te besé, tus parvos labios,
mojaditos por gotas incontables,
te limpiaste con todos tus deditos,
para que no quedara nada en ellos
de mi saliva infecta de orinada
loba. Además, me diste al Amor cruel,
¡ay de mí!, sin cesar de atormentarme,
para tornar aquel besito dulce
en un beso más triste que el más triste
eléboro. Si impones al amor
desgraciado tan grande pena, nunca
más habré de robarte beso alguno.

CI
Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Este es mi último adiós, querido hermano.


Decamerón (IV Jornada)

Octubre 6, 2009

La Ponencia andaluza de Selectividad de Literatura Universal ha recomendado siete lecturas para este curso 2009-10. La primera será la novela medieval Decamerón, de Giovanni Boccaccio. El Decamerón es un libro constituido por cien cuentos, algunos de ellos novelas cortas, escrito por Giovanni Boccaccio en 1351, alrededor de tres temas: el amor, la inteligencia humana y la fortuna.

John William Waterhouse, A Tale from Decameron (1916). Lady Lever Art Gallery (Liverpool)

Para engarzar estas cien historias, Boccaccio estableció un marco de referencia narrativo: se inicia con una descripción de la peste (la epidemia que golpeó Florencia en 1348), lo que da motivo a que un grupo de siete mujeres y tres hombres que huyen de la plaga se refugien en una villa en las afueras de Florencia. Para pasar el tiempo, cada miembro del grupo cuenta una historia por cada una de las diez noches que ellos pasan en la villa, lo que da nombre en griego al libro: δἐκα déka ‘diez’ y ἡμέρα hēméra ‘días’. De esta manera se relatan las cien historias en total. Además, cada uno de los diez personajes será el jefe del grupo durante una jornada, alternativamente. Este liderato se extiende a dictar el contenido de las historias para ese día, de modo que haya una mínima organización para los cuentos. Los temas son casi siempre profanos, a tono con la mentalidad burguesa que empezaba a fraguarse en Florencia: la inteligencia humana, la fortuna y el amor. Van desde «historias de mala suerte que inesperadamente cambian hacia felicidad» (el día dos, bajo el liderazgo de Filomena) hasta historias considerablemente más interesantes de «mujeres que juegan engaños con sus maridos» (día siete, bajo el mandato de Dioneo). Cada día también incluye una breve introducción y una conclusión que describen otras actividades diarias. Estos interludios del cuento incluyen con frecuencia las transcripciones de canciones populares italianas en verso.

Decamerón.- IV Jornada
CUARTA JORNADA DECAMERÓN

VER: Wikipedia


Luis Martín-Santos vs. Juan Benet, por Manuel Vicent

Septiembre 24, 2009

Juan Benet, por Luis MagánJuan Benet (Madrid, 1927-1993), por Luis Magán 

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.

Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Luis Martin-Santos

Luis Martín-Santos (Larache, 1924-Vitoria, 1964)

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado.

VER:EL PAÍS Babelia


Franz Kafka: la libertad del escarabajo, por Manuel Vicent

Septiembre 21, 2009

Franz Kafka, en 1906

Franz Kafka, en 1906

La marioneta se mueve siempre mediante el impulso de un ser que se halla detrás de las bambalinas. La sonrisa siniestra y las extremidades articuladas de estos muñecos son, tal vez, la expresión de ese otro yo que cada uno lleva dentro. Praga es la patria del robot, una palabra que en checo significa esclavo. No se puede entender a Kafka sin ese laberinto de Praga donde permanece todavía la memoria inquietante de astrólogos, robots, muñecas de porcelana, quiromantes y vampiros hibernados, el Golem, androide de barro con poderes ocultos creado por el rabino Löw en la Edad Media que duerme entre las vigas de la vieja sinagoga de Pinkas, una conjunción de fuerzas negras en busca el oro filosófico torturado por los alquimistas. El subsuelo espiritual de Praga alimenta todos los terrores y maleficios que desconocíamos hasta que Kafka les dio un nombre. Esta atmósfera cargada puede aplastarte hasta transformarte en un escarabajo.

El gueto de Praga fue demolido a finales del siglo XIX y aunque Kafka ya no vivió en él, su hedor humano le penetró el subconsciente. Kafka lo expresó así: “En nosotros siguen vivos los oscuros rincones, los pasajes misteriosos, las ventanas cegadas, los patios sucios, las ruidosas tabernas, y las posadas cerradas con llave. Recorremos las anchas calles de la ciudad nueva, pero nuestros pasos y miradas son inseguros. La ciudad judía vieja e insalubre que hay en nosotros es mucho más real que la ciudad nueva e higiénica que nos rodea. Despiertos vamos atravesando un sueño: no somos más que fantasmas de tiempos pasados…”.

En el viejo cementerio judío de Josefov el fuego fatuo es un grajo que levanta el vuelo entre las estelas mohosas hacia las espadañas crispadas de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn en la plaza del Ayuntamiento. Alrededor de esta plaza se movió la existencia de Kafka. Muy cerca se halla la casa donde nació, en una esquina estaba la tienda de objetos de regalo de su padre, al pie de la columna de la Virgen se citaba con su amigo Max Brod. La familia de Kafka cambió de aposento al menos veinte veces a lo largo de la vida del escritor siempre en un círculo muy constreñido alrededor de la plaza Vieja. Todos han desaparecido. Es inútil buscar su rastro.

Franz Kafka había nacido aquí en 1883, hijo mayor del comerciante Hermann Kafka y de Julie Löwy. El padre descendía de un carnicero judío, pobre pero temido, de Osek; la madre procedía de una familia judeoalemana de Podebrady, respetable y acaudalada, fabricante de paños y de cerveza, en la que también había talmudistas, médicos, eruditos, conversos y solterones excéntricos. Kafka era de raza judía, pero no practicaba su religión; era checo pero no hablaba la lengua nacional. Fue educado en la dominante cultura y lengua alemana, la del enemigo interior. Era una forma de no ser de nadie, un extranjero en su propia patria. En la calle Celetná estaba el instituto donde estudió el bachillerato y después se licenció en Derecho en el Clementinum, sin vocación, obligado por el padre en cuya sombra ominosa descubrió el enigma de los tiranos.

En esta época Kafka ya escribía en secreto diarios y relatos con la misma obsesión con que los destruía. Era un joven alto, flaco, de tronco corto y de piernas largas, enamoradizo, asiduo de tabernas y burdeles. Aunque tenía un diseño de grajo con huesos muy puntiagudos, un poco siniestro, su espíritu tendía con furia hacia el placer, que su padre y la tuberculosis reprimieron tempranamente. Amaba los deportes, iba a nadar a la Escuela Civil de natación en el río Moldava y a remar en su propia barca bautizada con el nombre Bebedor de Almas. Muchas veces tomaba el tranvía hacia la última parada y se perdía en los bosques. Pasaba largos veraneos en los pueblos de origen de sus padres, en sanatorios naturistas, en balnearios, en ciudades del imperio, Berlín, Viena, Múnich, Budapest, y luego en París, en el lago Garda, en la costa danesa, en innumerables excursiones en las que le solía acompañar su amigo Max Brod y en cada lugar se las arreglaba para encontrar una amiga, una amante adicta a su tortura interior, que le ayudaba a sacudirse de encima el peso de Praga, con sus piedras carbonizadas. Kafka no amaba a su ciudad, por eso la penetró con su obra como a una ramera.

La estudiante Hedwig Weiler fue su primer amor de verano en Trest con la que se carteó durante algún tiempo. Con la berlinesa Felice Bauer estableció un noviazgo convulso lleno de misivas, dudas, rupturas y reencuentros. Luego entró en su vida la suiza Gerti Wasner, que en los diarios de Kafka aparece sólo con las iniciales. En enero de 1919 conoció a Julie Wohryzek en la pensión Stüdl y con la que se prometió unos meses después. Milena, casada con Ernest Pollak, ocupó durante este tiempo su cabeza y en sus brazos comenzaron los primeros vómitos de sangre. La actriz Dora Diamant llegó a continuación y con ella convivió los últimos meses de su vida. Con ninguna de sus amantes llegó a superar la neurosis del amor, la misma que sufría frente a la figura del padre, angustias y promesas rotas en el último momento, barreras que nunca pudo saltar.

Para algunos escritores bohemios y secretos como Kafka la noche era una frontera. Las veladas artísticas en casa de Berta Fanta adonde solía acudir Einstein cuando estaba de paso por la ciudad y los cafés literarios se habían constituidos en cátedras del pensamiento explosivo donde se predicaba la revolución o se ahondaba en la propia angustia personal. Kafka había sintetizado en su espíritu todas las contradicciones de las corrientes expresionistas de entreguerras, que irrumpían en la nocturnidad de Praga. En el Café Louvre tenía asiento reservado con sus amigos. Allí se hablaba de filosofía, sobre todo de Kant y Hegel; de física cuántica, de psicoanálisis, de nada. Al terminar la tertulia Kafka regresaba a casa, muy alta la noche, con bombín y traje negro pisando los adoquines mojados de la plaza Vieja o desde el castillo bajaba sobre la nieve por el oscuro Callejón del Oro, que arranca de la Torre de los Alquimistas sobre el foso de los Ciervos, sin salida, donde el enigmático emperador Rodolfo II despeñaba a sus enemigos. En el verano de 1916, después de unas vacaciones con su novia Felice en Marienbad, Kafka encontró un pequeño estudio en el número 22 de este callejón. Aquí se retiraba a escribir por las tardes, después del trabajo de abogado de Seguros, hasta altas horas de la madrugada. “Quizá hay otras maneras de escribir, pero yo no conozco más que una; de noche, cuando la angustia no me deja dormir”. Luego volvía a la ciudad por la antigua escalinata del palacio.

Al final de todo cuanto sabemos de la biografía de Kafka, uno se pregunta qué significa la palabra Kafka. Significa saber que la única forma de escapar consiste en convertirte en un escarabajo para huir por la rendija debajo de la puerta antes de que venga tu padre a aplastarte; asumir que eres un individuo cuyo apellido es K nacido sólo para ser juzgado; aceptar previamente la condena y precipitarte en el río Moldava para ahogar la culpa; trabajar como un robot en una oficina de Seguros y soñar con lejanos países mahometanos; convertir toda la belleza de Praga en un maleficio; vomitar sangre, transformar el terror en un humor muy inquietante y destruir o quemar todos los papeles escritos, pero tener un amigo fiel, como Max Brod, dispuesto publicar tus cuadernos después de muerto, que serían en el futuro pasto interior de psicoanalistas.

Murió en el sanatorio Hoffmann, en Kierling, cerca de Viena, el 3 de junio de 1924, a los 41 años. Dora Diamant le cerró los ojos. Cuando al final de su enfermedad Kafka ya no podía soportar el dolor, le recordó a su amigo, el doctor Klopstock, la promesa que le había hecho de inyectarle una dosis mortal de morfina y como en el último momento el médico dudara, Kafka le dijo: “Mátame, si no, serás un asesino”.

VER:EL PAÍS Babelia


Leer y releer a Carlos Fuentes, por Juan Goytisolo

Septiembre 14, 2009

Portada de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes (Alfaguara)

Pretender abarcar en unas pocas páginas la creación novelesca de Carlos Fuentes es como intentar apresar con redes el agua del mar. El océano Fuentes es tan vasto como el de Balzac y tan elusivo y complejo como el de nuestro común maestro Cervantes. Es un tejido hecho con trozos de distintas telas que se integran no obstante en un armonioso conjunto; el laberinto y el círculo de Borges y Las mil y una noches; un incentivo y fascinador recorrido por el territorio de la lengua de España e Hispanoamérica.

Internarse en las páginas de sus novelas y relatos, desde La región más transparente -cuyo cincuentenario celebramos- a sus obras más recientes, equivale a recorrer un ámbito donde se entremezclan la realidad y la imaginación, la historia y los mitos, el viejo patrimonio oral de la humanidad y la audaz innovación artística. Las ramas no impiden ver el bosque y el bosque nos devuelve a la espesura de las ramas. La fecundidad de su pluma invita a la aventura de descubrir lo ignoto y lo sumergido en nuestra propia mente.

La curiosidad omnívora de Fuentes es fruto de su condición de avezado lector, de lector que transita de una cultura a otra, consciente de que cada una de ellas se alimenta de las demás. De que una cultura, como no me canso de repetir, es la suma de las influencias exteriores que ha recibido a lo largo de su historia. ¡Nada más empobrecedor, y potencialmente dañino, que el nacionalismo cultural y la busca de esa pureza castiza sobre la que ironizaba Cervantes!

A menudo se le ha acusado de ser poco mexicano, como se acusa a Kundera de ser poco checo, y a mí, poco español. Esto es, de salirse del pequeño contexto nacional en el que se erigen bustos y estatuas a los héroes del relato patriótico. No cabe sino considerar semejante reproche como una forma indirecta de elogio. Pues Fuentes es a la vez un creador y un crítico practicante, sabedor, como Bajun, de que si una obra no se asienta en el pasado, si se inscribe tan sólo en el presente, morirá con éste y no incidirá en el futuro. Un repaso a su Cervantes o la crítica de la lectura nos ayuda a comprender el universo novelesco de Terra nostra. La reflexión crítica -tan escasa en nuestros predios- es compañera inseparable de la creación y evita la trampa fácil de la reiteración, del recurso a lo ya dicho y redicho. Fuentes no cambia simplemente de tema, cambia de propuesta narrativa. Su universo es el de la biblioteca de Babel: incluye a sus autores clásicos, medievales, renacentistas, románticos, a La Celestina y a Rabelais, a Swift y a Sterne, a Flaubert y a Machado de Assis. Su obra no sería lo que es sin este cúmulo de lecturas, sin la estratigrafía literaria en la que se fundamenta su dinámica artística.

La clasificación aproximativa de su narrativa en el conjunto de La edad del tiempo nos procura algunas pistas para acceder a su estimulante diversidad. Pero habría que releer una a una las novelas y relatos agavillados en una quincena de apartados para comprobar que no se trata de compartimentos estancos. Las fronteras son porosas y, por lo tanto, mudables. La perturbadora anacronía de Aura no es la de El naranjo, ni el México de La región más transparente, el de La Silla del Águila. Según la conocida frase borgiana, “el arte no clasifica, desclasifica”, y la riqueza y la variedad de la creación narrativa de Fuentes desafían toda tentativa de clasificación. Sus mundos dibujan una constelación de geometría variable. Podemos agruparlos desde la distancia mas la agrupación se desdibuja con la cercanía. Hay que leer y releer cuanto ha escrito para descubrir y trazar nuevas y cambiantes cartografías. Las realidades brutales de la historia española, del México de ayer y de hoy y las de todo el continente descubierto por Humboldt llegan a nuestras manos merced a la pericia del novelista, tejedor de una trama que se ramifica y se transforma al hilo de los días. Calar en una página de Terra nostra o de Las dos orillas es ponerse en franquía para salir al mar y tomar uno de los treinta y dos rumbos de la rosa náutica. El lector navegante arribará a alguna isla desconocida y se convertirá en Robinson.

Carlos Fuentes -como Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa o Lezama Lima- es un punto de referencia indispensable de la novela contemporánea y un exponente de esa modernidad que circula a través de los tiempos y no recala en lugar alguno. No hay que erigirle estatuas grandilocuentes sino leerle y releerle como merecido homenaje a su labor de amanuense y tesón de artista. Su obra le sobrepasa y nos cautiva. ¿Qué más cabe pedirle a un escritor? -

VER: EL PAÍS


Literatura, ¿para qué?, por Emiliano Monge

Julio 13, 2009

No me acuerdo de la Primera Guerra Mundial pero la leí hace tiempo.
No me acuerdo de mi primer viaje a Acapulco pero sí de haber leído Crónica de una muerte anunciada en la vieja carretera interminable.
No me acuerdo de ninguna mujer de principios de siglo que no sea Margarita.
No me acuerdo de qué color era el sillón en el que escuché caer el hacha de Raskólnikov. Un sonido apagado que aún corta en mis oídos.
No me acuerdo de ningún cacique mexicano que no se parezca a Pedro Páramo.
No me acuerdo de ninguna cuerda que no haya ahorcado a un inocente.
No me acuerdo de cien años a menos que estén tan apretados.
No me acuerdo de ninguna fuga que no haya sido interminable.
No me acuerdo ya de mis amigos, mejor me acuerdo de Dunois, Billard y el señor Lacaze.
No me acuerdo de haber olido nunca un cadáver, sé que huele a podredumbre, a leche fermentada, al elíxir de las hienas.
No me acuerdo de haber entrado en un panteón sino era en busca de Balzac, Cioran, Duras.
No me acuerdo de más tristes tigres que de tres.
No me acuerdo de ningún lunes que no sea aquel en que se inició la eternidad.
No me acuerdo de haber querido ir a África hasta que se volvió una cuestión personal.
No me acuerdo qué gritaban en la calle mientras Bartleby se negaba nuevamente a hacerlo.
No me acuerdo de la metempsicosis aunque sé que puede llegarse a ella enlazando una jarcia.
No me acuerdo de la Caja de Pandora pero sí de la idiotez de Epimeteo.
No me acuerdo de ninguna tentación que no nazca del amor por el fracaso.
No me acuerdo de ningún silencio que no esconda un ruido de fondo.
No me acuerdo qué estaba comiendo mientras cortaban la cabeza a Damasceno.
No me acuerdo de 1984 aunque recuerdo 1984.
No me acuerdo de ninguna vida que no sea minúscula.
No me acuerdo de un viaje mejor que del que lleva de la cama al escritorio.
No me acuerdo de un calor tan sofocante como el capaz de derretir un par de alas en el aire.
No me acuerdo del lugar en que se encuentra el Mississippi, me acuerdo de que ruge como mil fierros chocando.
No me acuerdo de mejor comedia que la nuestra.
No me acuerdo de París más que de noche.
No me acuerdo de ningún viejo que no sea un pobre Rey Lear.
No me acuerdo de haber oído insultos que los que repite siempre Parra.
No me acuerdo de ninguna infancia apacible.
No me acuerdo de haber visto una serpiente que no se alimentara de elefantes.
No me acuerdo del frío de la nieve, sí del riesgo de no atinar a encender unos cerillos.
No me acuerdo de haber estado en presencia de un oso y aún me aterra el filo de sus garras.
No me acuerdo de haber despertado con la nota de una mujer en la almohada pero Carlota me dejó una nota que decía: Volveré al medio día. Y después de su inicial: O quizá más tarde.
No me acuerdo de haber visto los colores hasta haber leído Para siempre.
No me acuerdo de haberme asomado al agujero hasta que encontré a mi Alicia en su caída.

Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978) es autor del libro de relatos Arrastrar esa sombra (Sexto Piso. Madrid, 2008. 124 páginas. 15 euros).

VER: Babelia Nº 920


El aleph

Junio 11, 2009