Romanticismo en Córdoba

Marzo 24, 2009

Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas

El Romanticismo es un amplio movimiento que abarcó los más diversos sectores de la cultura y de la vida europeas. En realidad, es el producto de una profunda crisis de base social y política, cuyas manifestaciones van desde lo ideológico hasta lo estético. La crisis del Romanticismo es, ante todo, vital. El romántico aparece como un ser disconforme, en medio de un mundo con graves problemas políticos, sociales y metafísicos. Perdido y angustiado en una sociedad que no le satisface, se opone a su “racionalidad” reductora y a un arte que encorseta y no permite expresar su apasionamiento. Muerto el Tirano, entre 1835 (estreno de Don Álvaro ) y 1840, el Romanticismo español alcanza su máximo apogeo. Pronto se distinguen en él, como en Europa, una línea liberal y una línea tradicionalista. Al Romanticismo liberal avanzado pertenecen, por ejemplo, Larra y Espronceda. En el Romanticismo tradicional se sitúan escritores como Zorrilla o el Duque de Rivas.

Ángel de Saavedra nació en Córdoba en 1791. Era el segundo hijo de una familia noble:  su padre poseía el título de duque de Rivas, que años más tarde, por muerte del primogénito (1834), recaería en el escritor. En 1835 estrena Don Álvaro o la fuerza del sino. Ángel Saavedra es ya duque de Rivas, y se inclina ahora hacia la línea política conservadora. Durante las etapas de gobierno moderado, ocupó importantes cargos políticos: desde ministro a presidente de Gobierno, pasando por embajador en Nápoles y en París. Perteneció a la Real Academia Española (de la que llegaría a ser director), así como a las de Historia y Bellas Artes. Murió en Madrid en 1865.

El argumento de Don Álvaro está construido a partir de ciertos relatos y leyendas populares que el autor oyó por su tierra: por una parte, la historia desgraciada de un indiano (aquí, Don Álvaro); por otra parte, cerca de Hornachuelos existe un precipicio llamado “el salto del fraile” (por donde sesuicidó un monje, como el protagonista de la obra) y una “cueva de la mujer penitente” (que es, en el drama, doña Leonor). Pero la anécdota argumental, tramada con tales ingredientes, sirve ante todo para ilustrara unos temas que figuran entre los más característicos del momento romántico. Son los siguientes: el amor pasional; las convenciones sociales y morales que se le oponen y , como parte esencial de ellas, el viejo concepto del honor; la frustración o sentimiento de la imposibilidad de realizarse; el retiro ascético del mundo, como consecuencia de esta frustración; y, por encima de todo, el destino.

Estos temas se hallan, por supuesto, íntimamente enlazados entre sí; Álvaro y Leonor están dispuestos a hacer triunfar su amor, saltando por encima de las barreras que se alzan contra él. Pero el fracaso de su intento desencadenará sobre ellos el mecanismo de la venganza en nombre del honor. Y un destino adverso irá cercándolos, a través de circunstancias fortuitas, para frustrar no ya su amor, sino sus proyectos de escapar ascéticamente del mundo. El tema del destino es, sin duda, el elemento esencial del drama: de ahí que figure en su mismo título. No es el “fatum” clásico, producto de un designio delod dioses. Es una fatalidad absurda, producro de al casualidad, del principio al fin: la casualidad hace que muera el padre de Leonor; la casualidad reune en Italia a don Ávaro y a don Carlos, hermano de aquella; y si el hermano encuentra al protagonista tras ardua pesquisas, es el azar una vez más el que los lleva a donde Leonor se había ocultado. Azorín, en su libro Rivas y Larra, consideraba excesivas tantas casualidades y coincidencias; pero, en realidad, constituyen el “mecanismo” dramático escogido por Rivas para ilustrar aquella idea de un destino absurdo y de la fata frustración de los intentos de hallar felicidad o paz en este mundo. Y ese sentimiento de la imposibilidad de vivir, d lo absurdo de la vida humana es centro del espíritu romántico y tema último de Don Álvaro.

La hondura psicológica no suele caracterizar al teatro romántico español, en el que importa más la acción que los caracteres. Los personajes encarnan las ideas o sentimientos que el dramaturgo quiere desarrollar en escena. Don Álvaro, el protagonista, es un acabado prototipo de personaje romántico: gallardo, valiente, apasionado, generoso, entregado a su ideal amoroso. Pero, sobre todo, marcado por un origen misterioso que hace de él un ser marginal, que no puede ser aceptado por la sociedad cerrada representada por la familia de Leonor. Leonor, por su parte, no pasa de encarnar el ideal romántico de la mujer: hermosa, apasionada, pero también prisionera de su mundo, de las convenciones que la rodean. Y de ahí sus vacilaciones, sus remordimiento y su resignada sumisión al destino. Frente a ellos, figuran como antagonidstas el padre y los hermanos de Leonor; los tres representan las fuerzas que swe oponen al amor: los prejuicios sociales (el orgullo nobiliario) y el anquilosado sentimiento del honor. En le padre se acumula todo el despoismo paternalista de las covenciones de su casta. Los hermanos son encarnaciones de un espíritu ciego de venganza que borra incluso cualquier impulso de humanidad (como en el caso de Carlos).Todos ellos vienen a ser los instrumentos concretos del destino que ahoga a los protagonistas. Queda una multitud de personajes secundarios que, en algunos casos, son nuevas piezas del juego teatral (como Curra, la criada, el capitán o el padre Guardián) y, en otros, comparsas de interesantes escenas costumbristas.
La obra es un compendio de tods las características del drama romántico, llevads a su extremo. Consta de cinco jornadas (única coincidencia con el teatro clásico), pero tal división no corresponde estrictamente a las partes del desarrollo interno: así, por ejemplo, los actos III y IV forman un bloque (el encuentro de Carlos y Álvaro en Italia, su amistad y su enfrentamiento); el desenlace es rapidísimo y se conmcentra en las últimas escenas del acto V. La acción se desdobla claramente; el acto II se centra en doña Leonor; el resto sigue a don Álvaro. No hay unidad de tiempo; entre los actos I y II ha transcurrido un año, y varios entre el acto IV y el acto V. En conjunto, la obra abarca más de cinco años. La escena cambia continuamente de lugar; el puente de Triana, una hacienda en los alrededores de Sevilla (jornada I); el mesón, el convento (jornada II).Como en el cine, “interiores ”y “exteriores” se suceden, según exige la acción. Los cambios de lugar dan piea efectos escenográficos que resultarán muy reveladores del gusto romántico.

Se observa la mezcla de la trágico y lo cómico. Y, junto a ello, la alternancia de estilo “sublime” y el “bajo”. Así, por ejemplo, se asiste al contraste entre doña Leonor y su criada Curra, o entre el padre Guardián y el hrmano Melitón. Pero la principal nota de contraste la constituyen las escenas costumbristas, muy elogiadas por toda la crítica. Cuatro de los cinco actos comienzan por cuadros de costumbres: el aguacho, la posada, la partida de cartas, los pobres ante el convento. La crítica de su tiempo se dividió ante Don Álvaro, pero dominó ladesfavorable. Muchos años más tarde, se le prodigaron elogios excesivos (como los de Menéndez Pelayo). Es cierto que, hasta epocas relativamente cercanas, la obra lograba entusiasmar al público.

A pesar de la superficialidad de ciertos pasajes  o del retoricismo e hinchazón románticos, quedan en Don Álvaro escenas de indudable fuerza dramática y chispazos de auténtico lirismo, o incluso es destacable la frescura de las escenas costumbristas. En conjunto, constituye un excelente documento del Romanticismo teatral en le momento de su máxima virulencia y ofrece un buen número de elementos constituyentes del espíritu romántico.


Contexto histórico del siglo XIX

Febrero 14, 2008

EL ROMANTICISMO

La Revolución francesa, las guerras napoleónicas que azotan Europa y la crisis interna de los sistemas de Antiguo Régimen, provocan la pérdida de la fe en la Razón. Como reacción, aparece una nueva sensibilidad que se caracteriza por conceder un valor primordial al sentimiento, la exaltación de las pasiones, la intuición, la libertad imaginativa y al individuo. El romanticismo es, ante todo, una manera de sentir. El Romanticismo se opone al carácter encorsetado del siglo anterior, rompiendo con las reglas de toda índole. Su temática busca la evasión, los lugares lejanos y las épocas pasadas. Algunas causas como la guerra de la independencia griega gozan de un gran predicamento entre los románticos. Entre sus máximos exponentes se encuentran los franceses Géricault y Delacroix, los ingleses Constable y Turner, que anticipa el impresionismo, y el germano Friedrich.
Los términos “clásico” y “romántico” son utilizados como términos críticos al arte de cada época. A mediados del siglo XVIII, aparece una división entre lo clásico y lo romántico a partir de la obras de Burke y Winckelmann. Los clasicistas creían que el arte debía buscar la noble simplicidad y la sosegada grandeza. Los románticos, por el contrario, creían que el arte debe sustentar emociones.
El término romántico tiene diferentes interpretaciones: peyorativas o laudatorias. El término se acuñó a finales del siglo XVIII para definir una nueva actitud artística que quería poner de relieve lo local y lo individual frente al universalismo, y lo emotivo frente a lo racional. Se propugna la experiencia y romper con el arte mimético y las copias.
Aunque los historiadores suelen separar los estilos, lo cierto es que el Romanticismo y el Clasicismo se combinan. El fin podría fijarse con el comienzo del Realismo, aunque resurgían con el Simbolismo.
El Romanticismo es un movimiento artístico y literario que apareció al final del siglo XVIII y principios del XIX, que dio fuerza, emoción, libertad e imaginación a la clásica corrección de las formas del arte, fue una rebelión contra las convenciones sociales.
El siglo XIX es políticamente bastante comprometido se producen movimientos independentistas, se desarrolla el nacionalismo, la industrialización, el nacimiento de la burguesía. En el campo del arte se renueva la arquitectura con la aparición del hierro que ofrece nuevas posibilidades y surge la arquitectura utilitaria. También aparece la fotografía que pone de moda la realidad.

MUERTE DE SARDANÁPOLO, 1827. E. DELACROIX. Óleo sobre lienzo.

La pintura romántica: características generales.
La pintura romántica rechaza las convenciones neoclásicas y sus rígidas reglas; supone un momento de renovación técnica y estética de importantes consecuencias para el futuro:

• Utiliza diferentes técnicas: el óleo, acuarelas, grabados y litografías.
• La textura comienza a ser valorada en sí misma y aparecen las superficies rugosas junto con las formas más sutiles. La pincelada es libre, viva y llena de expresividad.
Desaparece la línea frente al color. Se recupera la potencia sugestiva del color, liberándose las formas y los límites excesivamente definidos. Es el agente emocional de primer orden
• La luz es importantísima y se cuidan sus gradaciones dando un carácter efectista y teatral.
• Las composiciones tienden a ser dinámicas, marcadas por las líneas curvas y los gestos dramáticos. Algunos autores como Friedrich prefieren esquemas geométricos más reposados.
• En cuanto a los temas lo característico es la variedad, aunque existen características generales sobre el tratamiento de los temas. Surge el exotismo de la memoria de un misterioso y glorioso pasado que incluye desde la antigua Grecia hasta la edad Media, en especial la época gótica. El gótico es el estilo por excelencia. En la pintura se recogen arquitecturas góticas, leyendas, momentos históricos, etc.
El exotismo también en una amplitud geográfica que incluye el mundo desconocido del norte de Africa y la nueva América salvaje. Se descubre Oriente, que ofrece la luz y el color, así como nuevos temas. Por último la fantasía , y sobre todo el drama con un obsesivo sabor por la muerte, la noche y las ruinas, así como por los monstruos y las criaturas anormales.
Otro gran descubrimiento del Romanticismo es la Naturaleza y el cultivo del género del paisaje, que será exhaustivo. Se pintan paisajes fantásticos, imaginativos, de estudio, evocados, etc. El pintor se enfrenta a la realidad del paisaje, salen al exterior. Por ejemplo los paisajistas alemanes, con Friedrich a la cabeza, proponen el paisaje espiritual, que ayuda a la evocación religiosa por medio de su grandeza. Valoran los estados atmosféricos, como la niebla.
También reivindican la individualidad, el culto al individualismo. El artista prefiere su libertad a la de la colectividad. Por eso son pocos los artistas comprometidos. Por ejemplo Delacroix con la “Libertad guiando al pueblo” donde aparecen pintadas por primera vez las barricadas como testimonio de reivindicación política. Aunque, en general, las reivindicaciones son más exóticas, temas de bandoleros como héroes románticos, etc.
Dentro de la individualidad surge una nueva relación entre cliente y artista. Es un trato de igual a igual. Cambian un bien por un bien. El artista ya no es el artesano. Se crean grupos de artistas que trabajan en común sin romper la individualidad, como el grupo Prerrafaelista inglés o los nazarenos alemanes.

LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO, 1831. E. Delacroix. Óleo sobre lienzo.
El Romanticismo francés.
Théodore Géricault (1791-1842)
Géricault es un artista puente que durante su corta vida pasa de su formación neoclásica en el taller de Pier Guérin a un planteamiento romántico y antecesor del realismo.
Eugène Delacroix (1798-1863)
Delacroix fue un artista de gran éxito en su época, guardando aún su obra alguna reminiscencia del Clasicismo a la vez que del Romanticismo más claro. Siendo un supuesto hijo de Talleyrand, estudio también con Guérin, especializándose en 1815 en cuadros de grandes dimensiones. Conoció a Géricault en 1817, quien influirá en su pintura. Delacroix estudió a los grandes maestros del Barroco en el Louvre, interesándose por los grandes artistas venecianos y por Rubens y Rembrandt. También conoce la producción contemporánea, especialmente la de los ingleses Bonington y Constable, y la obra de pintores próximos como Wappers, y le influyen Turner y los retratistas ingleses, de Reynolds a Lawrence. En 1825 viajó a Inglaterra, yendo en 1832 a Marruecos, donde se pone en contacto con el colorismo, la sensualidad y la luz de la pintura norteafricana. En 1833 recibe la protección del primer ministro Thiers. En 1847 visita a Corot, pintor realista, a quien admirará, pero seguirá pintando grandes encargos decoraciones y no obras realistas. En estos momentos también le influirá notablemente Poussin. Delacroix escribió un diario, en el que se presentan vínculos con el Impresionismo “las sombras de un objeto son del color complementario a éste“. Esta también en contacto con Chopin, a quién retratará, así como con otros músicos.
LLUVIA, VAPOR Y VELOCIDAD, 1844. W. Turner.
El romanticismo inglés.
En los últimos años del siglo XVIII, Inglaterra aporta su contribución a la pintura del paisaje romántico a través de las figuras de Constable y Turner. Los paisajes de Constable transpiran autenticidad y verdad. Están llenos de manchas de colores y se preocupa sobre todo por captar los efectos de la luz y las cambiantes condiciones atmosféricas a través de una técnica rápida y precisa. La obra de William Turner expresa la preocupación por el color y la luz, que utiliza de manera revolucionaria al representar los medios por los que el color parece propagarse a través de la atmósfera: niebla, vapor y humo. Con su obra Lluvia, vapor y velocidad, se convierte en abanderado de la pintura moderna. Viajará por Europa, donde le influirá la tradición del paisajismo clasicista. Preocupado por la la luz, que en sus lienzos cobra gran esplendor y que será su objetivo último en el final de su vida, antecediendo al Impresionismo. En cuanto al color, acude al círculo cromático que ya intuyó Delacroix. Al igual que Goethe se preocupó también por la teoría del color, reuniendo en ella un afán científico y humanista.
EL MONJE FRENTE AL MAR, 1808. FriedrichEl Romanticismo alemán
La figura más importante Caspar David Friedrich(1774-1840). Friedrich nace en la Pomerania del Báltico en 1774, siendo contemporáneo de Constable. En 1807 empieza a pintar paisajes al óleo, a los cuales les da una apariencia religiosa, mística, teniendo un carácter casi anicónico. Sus paisajes no son panteístas, sino religiosos, apreciándose la influencia del Pietismo (tendencia del Protestantismo) y de la filosofía de Schleyermacher.
La representación de la naturaleza alcanza la expresión más elevada donde el hombre cumple el insignificante papel de espectador frente a la magnitud del paisaje. Algunas de sus obras son Salida de la luna sobre el mar o Viajero sobre un mar de niebla.

EL REALISMO

Estudio del pintor
Autor: Gustave Courbet – 1854-55 Museo de Orsay – 359 x 598 cm. Óleo sobre lienzo
Courbet detalló las características del cuadro en carta fechada en diciembre de 1854 y dirigida a su conocido Bruyas: “Tiene treinta figuras de tamaño natural. Es la historia moral y física de un taller. Están todas las personas que me sirven y que participan en mi trabajo. La titularé primera serie, porque espero hacer pasar por mi estudio a toda la sociedad y expresar mis inclinaciones y mis repulsas. Tengo dos meses y medio para terminarlo y, por tanto, será preciso que vaya a París para hacer desnudos, de modo que en total me quedan dos días para cada figura. Usted se da cuenta de que no voy a divertirme… Ahora debería enviarme mi retrato de perfil y su retrato, los dos que he hecho en Montpellier, y la fotografía de la mujer desnuda de la que le he hablado. La pintaré detrás de mi silla y en el centro del cuadro. Después viene el retrato de usted y los retratos de los artistas que tienten ideas realistas”. En otra misiva escrita a su amigo Champfleury cuenta todo el proceso de ejecución de la obra y cuáles eran sus intenciones. Cuando Courbet presentó esta obra a la organización de la Exposición Universal de París del año 1855 fue rotundamente rechazada, organizando una exhibición paralela en un barracón frente a los recintos de la muestra oficial, que tuvo un considerable éxito de público y crítica.

El realismo pictórico.

Características Generales.
Durante la segunda mitad del XIX asistimos a cambios importantes en el mundo del arte. El Romanticismo había abierto las puertas hacia una pintura más libre y abierta a nuevos temas. Los cambios sociales derivados de la Revolución Industrial, así como las revoluciones políticas que jalonan gran parte del siglo, influyen poderosamente en los artistas, que se cuestionan su papel dentro de este proceso de transformaciones. La pugna entre academicismo y ruptura marca todo el siglo, en especial el uso que los pintores (verdaderos paradigmas del nuevo “artista”) harán del color, la textura y la luz. Ya sabemos que Goya explora nuevos territorios, y que de sus obras derivan muchos de los caminos que encierra el siglo XIX para el arte. La pintura realista, como veremos, no aporta nada sustancial en los aspectos formales; su significado reside, sobre todo, en los temas elegidos y en la manera en que éstos son tratados. El siglo concluye con la pintura impresionista que abrirá las puertas de todos los cambios posteriores, aunque esto ya será objeto de estudio en el arte del s. XX.
A nivel político es el siglo de las revoluciones burguesas. Durante todos estos años una rica burguesía controla la política y también el gusto artístico a través de los Salones (exposiciones que, con carácter anual, se celebran bajo el control de las instituciones que regulan el mundo de las bellas artes), medio por el que los artistas exponen su obra y se dan a conocer; frente a esta burguesía estarán el socialismo y buena parte de la intelectualidad y de los artistas, que claman por una mayor libertad, tanto política como artística.

El realismo reivindica el apogeo de la realidad, la importancia de los temas cotidianos tratados de un modo objetivo sin idealización ni pintoresquismo, frente a los grandes temas del pasado- religión, mitología, alegoría, historia…- . En este sentido el romanticismo les ha abierto las puertas al haber insistido tanto en el paisaje, sin mitos, y en lo popular. En realidad lo escandaloso de los realistas está en los temas, la manera que tienen de afrontar la realidad ya que la técnica es más tradicional. Se niegan a idealizar las imágenes y el hombre aparece en sus tareas normales. El gusto burgués mira con añoranza las realizaciones más frívolas del arte del Antiguo Régimen y la aparición de las obras de Courbet suponen un provocador revulsivo.

Los pintores realistas.
Courbet (1819-1877). Considera función de la pintura reproducir la realidad tal como es, libre de todo prejuicio filosófico, moral, político o religioso. Obras importantes son
El estudio del pintor y Un entierro en Ornans.
Daumier (1808-1879). Realiza grabados y litografías y caricaturas que critican la hipocresía de la monarquía de Luis Felipe. En la pintura al óleo utiliza una pincelada enérgica que da la sensación de abocetamiento. Sus temas reflejan el compromiso y la solidaridad con las clases humildes. como en La lavandera o en el Vagón de tercera.
Millet (1814-1875).Es el primer pintor que nos presenta como exclusivo protagonista de un cuadro al trabajador, pero siempre en actitud resignada y paciente como en el Angelus o El sembrador.


Poesía del siglo XIX

Febrero 14, 2008

El siglo XIX comenzó con una guerra contra Inglaterra (Trafalgar, 1804) y la Invasión de Francia (1808-1814) y terminó con otra guerra contra EEUU en Cuba (1898). Carlos IV reina hasta que las tropas francesas entran en España en 1808. Un puñado de liberales proclaman la Constitución de 1812 en Cádiz. Fernando VII restaura el absolutismo dos años más tarde. A su muerte le sucede su hija Isabel II, y se produce el triunfo definitivo del Romanticismo ya que regresan los liberales exiliados.

El Romanticismo empieza a gestarse a finales del S.XVIII (Prerromanticismo) y alcanzó su apogeo hacia 1835, en Andalucía y Cataluña fundamentalmente. Rechaza el racionalismo neoclásico y pondera la fantasía, los ideales y las emociones y todo ello con el derecho de expresarlo con libertad . Este nuevo ideal de libertad da lugar a dos tipos de Romanticismo:

TRADICIONAL. Intentó recuperar los valores que despreció el Neoclasicismo del siglo anterior: la fe y la religión, la monarquía, la pasión, la vida, etc.
LIBERAL. Creía en los derechos individuales y en el progreso y aspiraba a limitar el poder monárquico.
Otras características literarias:
· Culto al yo. Exaltación de la personalidad del autor, libre de cualquier regla. Aislamiento y soledad son sus máximas.
· Subjetivismo. Expresa su mundo interior: sentimientos, emociones, sueños.
· Huida del mundo. Afán de evasión. Escapismo. Construye su propio mundo. Gusta de lugares exóticos, naturales, medievales, paisajes silenciosos, escenas nocturnas, tormentas.. A veces se siente tan insatisfecho que se suicida.
· Rechazo de toda norma y regla. No puede ser limitada la capacidad creadora del escritor.

En prosa destacan los cuadros de costumbres con Mesoneros Romanos “Escenas Matritenses” y los artículos de Larra, la novela história inspirada en la Edad Media destacan los franceses Victor Hugo “Los miserables”y Alejandro Dumas “Los tres mosqueteros” y en España “El doncel de don Enrique el Doliente de Larra y las leyendas o relatos fantásticos como las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.
En el drama destaca el rechazo de las reglas neoclásicas, como la regla de las tres unidades, se mezcla de lo cómico y lo trágico, la división de la obra en cinco actos, predominan los temas históricos, llenos de misterio y exotismo y la finalidad no es educar, sino conmover y emocionar. Destacamos a Martínez de la Rosa “La conjuración de Venecia”, El Duque de Rivas “Don Alvaro o la fuerza del sino”, Hartzenbusch “Los amantes de Teruel” y José Zorrilla “Don Juan Tenorio” “El zapatero y el rey”. En poesía también existe una clara oposición al Neoclasicismo anterior en la forma, el contenido y la actitud del poeta que escribe movido por su inspiración y sin aceptar ningún tipo de imposición a su libertad creadora. Los temas más habituales son el dolor, el amor, la protesta, lo legendario, exótico. Todo en ambientes nocturnos y lugares apartados. Destacamos al extremeño José de Espronceda “El estudiante de Salamanca” “El diablo mundo” de más de 8000 versos, quedó inacabado, en el que trata temas como el sentido de la vida, la muerte, etc. El sevillano Bécquer con una poesía íntima, breve y profunda y que dejó huella en poetas como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y la Generación del 27. Escribió unas 80 composiciones, que fueron publicadas por unos amigos después de su muerte, de forma conjunta con el título de Rimas. La gallega Rosalía de Castro, que escribió tanto en gallego Follas novas como en castellano “En las orillas del Sar” en las que trata temas como el amor por su tierra, la defensa de sus gentes, la tragedia de la emigración gallega y lo absurdo de la existencia humana entre otras.

Gustavo Adolfo Bécquer


Novela del siglo XIX

Febrero 14, 2008

EL REALISMO Y EL NATURALISMO

Benito Pérez Galdós
El Realismo y el Naturalismo
El Realismo

Este movimiento literario aparece en la segunda mitad del siglo XIX, como consecuencia de las circunstancias sociales de la época: la consolidación de la burguesía como clase dominante, la industrialización, el crecimiento urbano y la aparición del proletariado. Las características básicas del Realismo literario son:
* Eliminación de todo lo subjetivo, de hechos fantásticos o sentimientos fuera de lo real.
* Análisis riguroso de la realidad. El escritor nos ofrece un retrato de lo que observa.
* Los problemas de la existencia humana son el tema fundamental de la novela realista.

* Interés por la descripción del carácter, temperamento y conducta de los personajes.
* Surge un tipo de novela en la que se analizan minuciosamente las motivaciones de los personajes y las costumbres.
* El novelista denuncia los defectos y males que afectan a la sociedad y ofrece al lector soluciones para detenerlos. Cada autor, según sus ideas, muestra lo que para él es un mal de la sociedad.

El Naturalismo
El Naturalismo surge como una derivación del Realismo, que tenía como objetivo explicar los comportamientos del ser humano. El novelista del Naturalismo pretende interpretar la vida mediante la descripción del entorno social y descubrir las leyes que rigen la conducta humana.
Los escritores naturalistas representan a sus personajes en situaciones extremas de pobreza y marginación, y les gustaba describir los ambientes más bajos y sórdidos con el fin de poner al descubierto las lacras de la sociedad. La descripción de estos ambientes interesaba en la medida que permitía observar cómo influye un medio hostil sobre la forma de ser de los personajes y cuáles son la reacciones del ser humano en condiciones de vida adversas.
D. Novelistas del Realismo y el Naturalismo
En esta época, la novela es el género literario preferido. Novelistas importantísimos reflejan los profundos cambios sociales en sus obras. No diferenciaremos autores del Realismo y del Naturalismo ya que todos participaron en ambas corrientes por simple evolución.
Juan Valera
Nació en Cabra (Córdoba) en 1824, hijo de una familia noble. Estudió Derecho e ingresó en el cuerpo diplomático, desempeñando diferentes misiones en varios países europeos y americanos. Fue miembro de la Real Academia Española. Comenzó a escribir cuando ya tenía cincuenta años. Murió en Madrid en 1905.
Fue un hombre culto y refinado, de espíritu equilibrado y libre. Su inteligencia y fino sentido estético se manifiestan en su labor como crítico y en su estilo correcto, fluido y elegante; aunque, a veces, adolece de vigor y calor humano.
Su primera obra fue Pepita Jiménez en la que un joven seminarista conoce a una mujer con la que su padre, que es viudo, piensa casarse. El joven va enamorándose poco a poco de ella y, tras largas luchas interiores entre su vocación religiosa y su amor, triunfa el último.
También escribió El Comendador Mendoza, Doña Luz, y una de sus mejores novelas, Juanita la Larga, cuando tenía setenta años.
Benito Pérez Galdós
Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Se fue muy joven a Madrid donde estudió Derecho. En la capital pasó la mayor parte de su vida dedicándose fundamentalmente a escribir. Murió en Madrid en 1920. Galdós fue un hombre sin prejuicios, abierto a toda idea de progreso y, al mismo tiempo, amaba intensamente a su patria. Vivió de forma tan comprometida con su época que escribió sus obras con la intención de encontrar la raíz de los problemas y explicarlo todo a los demás. Galdós fue un extraordinario narrador, aunque también escribió numerosas obras teatrales.
La producción literaria de Galdóa es enorme. Sólo su narrativa consta de más de setenta volúmenes, clasificados por él mismo en: Episodios Nacionales, Novelas de la primera época y Novelas contemporáneas.
· Episodios Nacionales. En estas obras, Galdós pretende ofrecer una visión, en forma novelada, de la historia de España del siglo XIX. Consta de cinco series de diez tomos cada una, salvo la última que quedó interrumpida. Los episodios históricos mejor logrados fueron: Trafalgar, El dos de Mayo, Gerona, Zaragoza.
· Novelas de la primera época. Todas ellas tienen características comunes: tratan problemas políticos y religiosos, profundizan en el estudio psicológico de los personajes y sobre la contradicción entre lo tradicional y lo liberal. Doña Perfecta, La Fontana de Oro, Gloria…
· Novelas contemporáneas. La mayoría de estas novelas tienen como eje central de su temática la ciudad de Madrid, sus gentes, sus calles y sus barrios. Fortunata y Jacinta, La desheredada, Miau, Tristana, Misericordia…
Leopoldo Alas “Clarín”
Nació en Zamora en 1852, de familia asturiana. Estudió Leyes en Oviedo y se doctoró en Madrid. Fue catedrático de las facultades de Derecho de Zaragoza y Oviedo. Fue un hombre culto, de sólida formación universitaria y aguda capacidad crítica que hizo que fuese temido y respetado.
Escribió una novela muy extensa que está considerada como una de las obras fundamentales del Realismo español: La Regenta, en la que Clarín hace un análisis minucioso y detallado del ambiente hipócrita y corrompido de Vetusta, ciudad donde se desarrolla la acción y que puede ser Oviedo. Satiriza a sus personajes que, bajo apariencias honradas, esconden la hipocresía y la maldad.
Clarín también destacó como uno de los mejores escritores de cuentos de su época, en los que analiza el comportamiento de personas malvadas y llenas de hipocresía. Entre ellos destaca ¡Adiós, cordera! En este cuento se nos narran las peripecias de tres amigos felices e inseparables: Rosa, Pinín y Cordera. Dos hermanos gemelos y su vaca Cordera que son felices en las montañas asturianas alejados de los peligros del mundo. Sólo un palo del telégrafo y un tren que pasa de vez en cuando son indicios de ese mundo. Pero un día ese mundo se llevará primero a la Cordera y luego a Pinín. Rosa se quedará sola con su dolor y sus recuerdos.

GALDÓS, EL NACIMIENTO DE LA NOVELA CONTEMPORÁNEA

La novela de España  Una de las mejores razones para consolarse de ser español es Galdós.
Y es que si antes de Galdós hay un escritor sobre todos, Cervantes, y contemporánea de las suyas una novela mejor, La Regenta, su obra es, en conjunto, incomparable. Galdós funda en el tiempo su propio tiempo, el de una realidad, la española del siglo XIX, que sobrevive convertida en ficción. Es la forma clásica de salvación de lo real mediante su imitatio artística; el triunfo del arte sostenido por un propósito moral y político. El de Galdós es la recreación de la nación española como novela, una aventura con infinitos personajes, reales y ficticios, a la sombra luminosa de la Libertad.

La obra de Galdós sobresale por la claridad de su propósito. En cambio, la vida de Galdós es de una opacidad mineral, de una discreción enigmática. No es que quisiera dejar pocas huellas de su vida particular, es que las borró todas. Y con tal éxito que hasta 1995 no se publicó una verdadera biografía de Galdós, la de Pedro Ortiz-Armengol. Hasta entonces, 300 intentos en vano. Clarín, el más importante de cuantos fracasaron, sólo consiguió que le confirmase una cosa: que nació en Las Palmas.

Y sin embargo, hay un novelón por escribir sobre la familia de nuestro escritor, canariona y goda desde la conquista de las islas a finales del siglo XV, con raigón vasco, raíz castellana, una florida rama cubana y el tronco navegando entre ultramarinos y coloniales. Las clave de la familia y seguramente del destino galdosiano fue su todopoderosa madre Doña Dolores, todo un carácter que marcó indeleblemente la vida de su hijo Benito y a quien seguramente le debemos la creación de un alma frágil y dura, ideal para escribir novelas después de haberlas padecido.

Nació en 1843, noveno y último hijo de un gobernador cesante y en una familia con muchos líos económicos, políticos, familiares y sexuales, vagamente dedicada al comercio. Cuando fue a la escuela, a los ocho añitos, ya era famoso por su habilidad para hacer escenarios de cartón con figuritas de papel. Se conserva su proyecto más ambicioso: un pueblo de plastilina, cartoncillo, piedrecitas y mondadientes, con iglesia y todo.

Estudiante vulgar y escriba precoz, la clave de su adolescencia, tal vez de toda su vida, fueron sus amores con cierta primita cubana, hija natural de una escocesa bastante alcohólica llamada Adriana Tate, que viuda y ya mayor se lió con un joven tío de Galdós y tuvo a María Josefa Washington, más conocida como Sisita. Doña Dolores doblegó el afán matrimonial de Benito y lo mandó a Madrid. Llegó muerto de pena en 1862, a estudiar Derecho, y en la ciudad destartalada y familiar, abigarrada y tumultuosa, paseó todas las calles, husmeó todos los rincones, la miró de arriba abajo y de abajo arriba, a la vez atento y ausente, con un interior tan vacío que cabía todo.

Siete años de periodismo, destacando en el parlamentario, fueron su escuela literaria y política. La consagración de aquel muchacho alto, silencioso, de porte discreto y mirada de alfiler, fue temprana, con La fontana de oro, escrita en el año revolucionario de 1868, y donde ya aparece el maestro en narrar grandes historias de las que no sabemos cómo ha podido enterarse.

Mesonero Romanos, que le influyó bastante en su primera época, acabó harto del saqueo de su memoria, Y es que Galdós, como Cervantes, lo leía todo, hasta los papeles de la calle, y recordaba cualquier cosa que oía. En la memoria primero y sobre el papel luego, todo lo sembraba. ¡Y cosechó!

Liberal de razón y corazón, vivió de cerca los grandes acontecimientos del Sexenio Revolucionairo: la Noche de San Daniel, el fusilamiento de los sargentos de San Gil, la caída de Isabel II, el asesinato de Prim, el paréntesis de Amadeo y la proclamación de la I República.

En 1873 tenía 30 años pero había visto lo suficiente como para concebir una obra sencillamente monumental: contar en novelas la historia de aquella España disparatada, colérica, perpleja y entrañable. Albareda, su director en El Debate, le dio el título: Episiodios Nacionales. Y arrancó novelando un naufragio: Trafalgar, la destrucción en tiempos de Carlos IV de la Marina de Guerra, clave militar de la pérdida del Imperio y cuya batalla conocía por un grumete superviviente.

El año 73 escribe cuatro episodios; el 74, cinco, el 75, otros cuatro; desde 1876 escribe y publica simultáneamente novelas y en 1879 ha terminado las dos primeras series de Episodios -20 títulos- y la primera parte de su obra novelística, en la que destacan Doña Perfecta, Gloria, Marianela y La familia de León Roch. Lo saluda como maestro el crítico más fino, don Juan Valera, y Pereda, crítico de su anticlericalismo, se convierte en amigo entrañable. Pero lo mejor está por llegar.

En 1881 comienza sus Novelas Contemporáneas con La desheredada; en el 82, publica El amigo Manso; en el 83, El doctor Centeno; en el 84, Tormento y La de Bringas; en el 85, Lo Prohibido; en el 87, Fortuanta y Jacinta; en el 88, Miau; en el 89, La Incógnita y la primera de las novelas de Torquemada: Torquemada en la hoguera. En menos de 10 años ha escrito y publicado 10 novelas sencillamente soberbias.

No hay nada semejante en la literatura de lengua española, ni antes ni después. Y por si fuera poco, triunfa en el teatro apoteósicamente con Realidad. Clarín le organiza el primer homenaje y escribe su biografía literaria y Juan Valera lo hace académico en 1889.

Viaja por toda España y casi toda Europa; mujeriego crónico y solterón empedernido, sus aventuras galantes recorren la escala social, desde Lorenza Cobián, una asturiana modelo de pintor, analfabeta, a la que pone piso y con la que gusta llamarse Sisebuto, hasta la suntuosa y magnífica Emilia Pardo Bazán, admiradora, amiga, amante y deliciosa corresponsal. Sostuvo económicamente a varias mujeres y tuvo algunos hijos, pero ocultos.

Sacaba tiempo para todo: del 92 al 96 puso sitio al teatro -La Loca de la casa, La de San Quintón, Los Condenados, Voluntad, La feria, adaptaciones de Doña Perfecta y Gerona-. Y no dejó descansar a la novela: Angel Guerra en el 91; Tristana en el 92; Torquemada en la cruz, en el 93; Torquemada en el Purgatorio, en el 94; Torquemada y San Pedro, Nazarín y Halma, en el 95; Misericordia y El Abuelo en el 97. Rompe con su editor y en 1898 se va al País Vasco para iniciar con Zumalacárregui, la Tercera Serie de Episodios.

El Desastre lo angustia como patriota y lo aboca más a la política. En el 90, Sagasta lo había hecho elegir diputado por Puerto Rico, pero no abrió la boca en Las Cortes.

En 1901, el estreno de Electra, del que sale a hombros, lo convierte en símbolo político del anticlericalismo. Publica episodio y estrena obra, una, dos y hasta tres veces al año. En 1905, la Academia sueca sugiere que presenten su nombre para el Nobel, pero la vileza del clericalismo político lo impide. En 1910 es elegido diputado en la coalición republicano-socialista, una radicalización política espejo de su pesimismo y paralela a su decadencia física.

En 1912 termina el último de los Episodios, Cánovas, y pierde totalmente la vista. Tiene a Marañón como médico, es pobre después de tanto trabajo y lo ayuda una suscripción pública. La última mujer, maestra joven y lazarillo, es enigmática hasta en el nombre: Teodosia Gandarias.

En enero de 1919 sale de casa para inaugurar su monumento en el Retiro, obra de Victorio Macho. Cuenta Federico Carlos Sáinz de Robles, presente en el acto: «Ante la emoción de todos los asistentes (…) Don Benito hizo que le subieran al plinto y con mano morosa fue acariciando su figura en piedra, como si sus dedos tuvieran ojos para contemplarla». ¡Cómo no llorar! Tras despedirse de sí mismo, Galdós se despide de Madrid con los ojos de la memoria; en agosto da su último paseo por Moncloa y el Parque del Oeste. Muere anciano, pobre y ciego un 4 de enero de 1920. El entierro, apoteósico.

Pero como dejó escrito Cernuda, Galdós vive: «Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas, /Aún en estos libros te es querida y necesaria, / (…) La real para ti no es esa España obscena y deprimente / En la que regentea hoy la canalla, / Sino esta España viva y siempre noble / Que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta».


Teatro del siglo XIX

Febrero 14, 2008