Luis Martín-Santos vs. Juan Benet, por Manuel Vicent

Septiembre 24, 2009

Juan Benet, por Luis MagánJuan Benet (Madrid, 1927-1993), por Luis Magán 

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.

Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Luis Martin-Santos

Luis Martín-Santos (Larache, 1924-Vitoria, 1964)

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado.

VER:EL PAÍS Babelia


Leer y releer a Carlos Fuentes, por Juan Goytisolo

Septiembre 14, 2009

Portada de La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes (Alfaguara)

Pretender abarcar en unas pocas páginas la creación novelesca de Carlos Fuentes es como intentar apresar con redes el agua del mar. El océano Fuentes es tan vasto como el de Balzac y tan elusivo y complejo como el de nuestro común maestro Cervantes. Es un tejido hecho con trozos de distintas telas que se integran no obstante en un armonioso conjunto; el laberinto y el círculo de Borges y Las mil y una noches; un incentivo y fascinador recorrido por el territorio de la lengua de España e Hispanoamérica.

Internarse en las páginas de sus novelas y relatos, desde La región más transparente -cuyo cincuentenario celebramos- a sus obras más recientes, equivale a recorrer un ámbito donde se entremezclan la realidad y la imaginación, la historia y los mitos, el viejo patrimonio oral de la humanidad y la audaz innovación artística. Las ramas no impiden ver el bosque y el bosque nos devuelve a la espesura de las ramas. La fecundidad de su pluma invita a la aventura de descubrir lo ignoto y lo sumergido en nuestra propia mente.

La curiosidad omnívora de Fuentes es fruto de su condición de avezado lector, de lector que transita de una cultura a otra, consciente de que cada una de ellas se alimenta de las demás. De que una cultura, como no me canso de repetir, es la suma de las influencias exteriores que ha recibido a lo largo de su historia. ¡Nada más empobrecedor, y potencialmente dañino, que el nacionalismo cultural y la busca de esa pureza castiza sobre la que ironizaba Cervantes!

A menudo se le ha acusado de ser poco mexicano, como se acusa a Kundera de ser poco checo, y a mí, poco español. Esto es, de salirse del pequeño contexto nacional en el que se erigen bustos y estatuas a los héroes del relato patriótico. No cabe sino considerar semejante reproche como una forma indirecta de elogio. Pues Fuentes es a la vez un creador y un crítico practicante, sabedor, como Bajun, de que si una obra no se asienta en el pasado, si se inscribe tan sólo en el presente, morirá con éste y no incidirá en el futuro. Un repaso a su Cervantes o la crítica de la lectura nos ayuda a comprender el universo novelesco de Terra nostra. La reflexión crítica -tan escasa en nuestros predios- es compañera inseparable de la creación y evita la trampa fácil de la reiteración, del recurso a lo ya dicho y redicho. Fuentes no cambia simplemente de tema, cambia de propuesta narrativa. Su universo es el de la biblioteca de Babel: incluye a sus autores clásicos, medievales, renacentistas, románticos, a La Celestina y a Rabelais, a Swift y a Sterne, a Flaubert y a Machado de Assis. Su obra no sería lo que es sin este cúmulo de lecturas, sin la estratigrafía literaria en la que se fundamenta su dinámica artística.

La clasificación aproximativa de su narrativa en el conjunto de La edad del tiempo nos procura algunas pistas para acceder a su estimulante diversidad. Pero habría que releer una a una las novelas y relatos agavillados en una quincena de apartados para comprobar que no se trata de compartimentos estancos. Las fronteras son porosas y, por lo tanto, mudables. La perturbadora anacronía de Aura no es la de El naranjo, ni el México de La región más transparente, el de La Silla del Águila. Según la conocida frase borgiana, “el arte no clasifica, desclasifica”, y la riqueza y la variedad de la creación narrativa de Fuentes desafían toda tentativa de clasificación. Sus mundos dibujan una constelación de geometría variable. Podemos agruparlos desde la distancia mas la agrupación se desdibuja con la cercanía. Hay que leer y releer cuanto ha escrito para descubrir y trazar nuevas y cambiantes cartografías. Las realidades brutales de la historia española, del México de ayer y de hoy y las de todo el continente descubierto por Humboldt llegan a nuestras manos merced a la pericia del novelista, tejedor de una trama que se ramifica y se transforma al hilo de los días. Calar en una página de Terra nostra o de Las dos orillas es ponerse en franquía para salir al mar y tomar uno de los treinta y dos rumbos de la rosa náutica. El lector navegante arribará a alguna isla desconocida y se convertirá en Robinson.

Carlos Fuentes -como Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa o Lezama Lima- es un punto de referencia indispensable de la novela contemporánea y un exponente de esa modernidad que circula a través de los tiempos y no recala en lugar alguno. No hay que erigirle estatuas grandilocuentes sino leerle y releerle como merecido homenaje a su labor de amanuense y tesón de artista. Su obra le sobrepasa y nos cautiva. ¿Qué más cabe pedirle a un escritor? -

VER: EL PAÍS


El aleph

Junio 11, 2009

Mario Benedetti

Mayo 23, 2009

Yo no te pido

Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Yo no te pido que me firmes
diez papeles grises para amar
sólo te pido que tu quieras
las palomas que suelo mirar.

De lo pasado no lo voy a negar
el futuro algún día llegara
y del presente
que le importa a la gente
si es que siempre van a hablar.

Sigue llenando este minuto
de razones para respirar
no me complazcas no te niegues
no hables por hablar.

Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Mario Benedetti

Mario Benedetti (Paso de los Toros (Uruguay), 1920-Montevideo, 2009) es autor de algunas obras maestras: La tregua, Primavera con una esquina rota. Comenzó su carrera litearria en la revista Marcha, cerca de Juan Carlos Onetti, Ángel Rama y otros intelectuales de la izquierda uruguaya. Vinculado al exilio y al desexilio, tuvo una auténtica vocación de compromiso. Su defensa de los más vulnerables nos deja el retrato de un hombre bueno, íntegro, inteligente y afable. Avellaneda y yo- es otro de sus libros favoritos. Benedetti, poeta insumiso y bondadoso, nos dejó también una larga obra en verso.

Mario Benedetti. Un mito discretísimo
Hortensia Campanella
Alfaguara. Madrid, 2009
376 páginas. 19,23 euros
Mario Benedetti (Foto: Daniel Mordzinski)
DEFENSA DE LA ALEGRÍA

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría

VER: A media voz


Juan Goytisolo recorre la obra de Jean Genet

Abril 27, 2009

1932. España estaba cubierta entonces de vagabundos: sus mendigos iban de pueblo en pueblo, por Andalucía en razón de su buen clima; por Cataluña, de su riqueza, pero todo el país nos era favorable. Fui así un piojo con la conciencia de serlo. En Barcelona, frecuentábamos sobre todo la calle Mediodía y la del Carmen. Nos acostábamos a veces seis en un jergón sin sábanas y, al amanecer, íbamos a pordiosear por los mercados. Salíamos en banda del Barrio Chino y nos dispersábamos con un capacho bajo el brazo, pues las amas de casa nos daban más bien un puerro o un nabo que unos céntimos. A mediodía regresábamos y nos hacíamos la sopa con lo recaudado. Lo que voy a describir son los hábitos de la canalla.

Caído en la abyección, Genet decidirá asumirla y convertirla en virtud suprema. La escala de valores de la sociedad biempensante no será la suya sino dándole la vuelta: lo vil se transmutará en noble y lo noble en vil. El proceso de subversión íntima iniciado en el antiguo Barrio Chino barcelonés será largo y accidentado, y se plasmará en la siguiente década en sus primeras obras poéticas y narrativas escritas en la cárcel parisiense de la Santé. El joven inclusero, mísero e indocumentado se consagrará al robo, la prostitución y la mendicidad en su anhelo de alcanzar la dureza empedernida del criminal con la misma entrega de quien se inicia en los arcanos de una creencia mística y de su áspero camino de perfección espiritual. Los piojos, escribe en Diario del ladrón, eran el signo más visible de su indignidad, tan representativos de su condición de paria como las joyas que adornan a aristócratas y burgueses de la de su estatus de gente guapa. Los harapos y las llagas amorosamente cuidados para atraer la conmiseración mudarán en su fuero interior la vergüenza en gloria. El orgullo necesario para enfrentarse al desprecio ajeno, sólido y resistente como esa roca que parte la corriente de un río, se afianzará en su voluntad de envilecimiento: su patria será la chusma, y él su cronista y cantor. Las fechas de la estancia de Genet en España no pueden fijarse con exactitud. Aunque en Diario del ladrón habla de 1932, lo cierto es que, tras alistarse por primera vez en el ejército a su salida del reformatorio de Mettray y ser destinado como “jenízaro colonial” a Siria en 1930, de donde fue repatriado el siguiente año, firmó un nuevo contrato de alistamiento y fue enviado al Séptimo Regimiento de tropas indígenas de Meknés, en el que permaneció hasta enero de 1933. Ni la exhaustiva biografía de Edmund White ni la cronología establecida por Albert Dichy fijan claramente la duración de su etapa española. Probablemente ésta se extienda de noviembre de 1933 a abril de 1934. La única prueba documental de la misma es la carta dirigida a André Gide el 12-12-1933 en la que, después de pintar su poco brillante situación material (“estoy sin un céntimo en Barcelona, el cónsul es intratable, soy huérfano y vagabundeo de tasca en tasca”), solicita su ayuda y da como remite el Apartado de Correos de la ciudad. Tras su iniciación en la querencia barcelonesa del antiguo Distrito Quinto, la carrera de ladronzuelo de Genet continuará, primero por Europa Central y luego en Francia, hasta la publicación de sus primeras obras, escritas en la cárcel, a mediados de los cuarenta. Un breve repaso a sus sentencias condenatorias, reproducidas en el libro de Albert Dichy y Pascal Fouché (Jean Genet. Essai de Chronologie), revela que su fascinación juvenil por el crimen y devoción por sus profesionales no le llevaron a emular sus hazañas sino de forma muy modesta. Junto a los “delitos” de vagabundeo —el equivalente de nuestra infame Ley de Vagos y Maleantes—, carencia de carné antropométrico de identidad o intento de viajar en tren con una tarjeta militar falsificada, leemos: substracción fraudulenta de una docena de pañuelos en los almacenes La Samaritaine; idem, de autógrafos en una librería de la Rue Bonaparte; hurto de una camisa de seda en los almacenes del Louvre; de un retal de sábana en el Bazar de l’Hôtel de Ville; de una billetera y una maleta, etcétera. Su fallida carrera en el robo le condujo no obstante a su condición de gran escritor: a convertirse en esa bomba literaria descubierta por Cocteau y cuya potencia subversiva no tardaría en conmocionar a Sartre. “Detrás del Paralelo se extendía un solar en el que los marginados jugaban a cartas (El Paralelo es una avenida de Barcelona paralela a las célebres Ramblas. Entre estas vías, muy amplias, un laberinto de calles estrechas, oscuras y sucias forman el Barrio Chino)”. Con estas palabras, propias de una pequeña guía para turistas, Genet nos introduce en lo que será para él en adelante su “territorio moral” —el del robo, prostitución masculina, traición, humillaciones, miseria—, vinculado para siempre a España y a su iniciática experiencia barcelonesa. Su aprendizaje en el mal, de la mano izquierda de su mentor, el manco Stilitano, será el de un pícaro de escaso oficio y exiguo beneficio: hurto en los cepillos de las iglesias, timos menores, demanda en el consulado de su país de un bono de repatriación hasta la frontera con el correspondiente billete de tren que venderá en la estación de Francia, prostitución con marinos extranjeros por un puñado de pesetas. Su acto más audaz consistirá en el robo de la esclavina de un carabinero en los muelles del puerto. Después de satisfacer los deseos de éste en su garita de guardia, aprovechará el momento en que va a lavarse en la pila de una fuente cercana para apropiarse de la prenda y huir envuelto con ella a su querencia del Barrio Chino. La modesta hazaña le engrandece a ojos de su mentor, a quien confía la venta de su botín en muestra de su devota sumisión (El carabinero burlado irá a buscarle a La Criolla pero, advertido del peligro, Genet “toma las del Paralelo” y desaparece por un tiempo del local). Extramuros de los reformatorios en los que fue internado desde la adolescencia y de los cuarteles en los que a continuación se alistó, Genet hallará en la España convulsa de la época el punto en el que asentará su aventura estética y moral. El Barrio Chino barcelonés —el actual Raval— era la guarida ideal para las heces y detritus de la sociedad. La “librea de la miseria” de la que hablan irónicamente nuestros clásicos —esto es, los harapos, la mugre y las alpargatas usadas hasta la trama— identificaba a la hermandad de mendigos y rateros acampada en él. La galería de personajes genetianos —buscavidas, rufianes, prostitutas, pordioseros, desertores, travestidos— se amadrigaba en la espesura urbana del ámbito como quien se acogía anteriormente a lo sagrado y no difiere mucho del hampa sevillana que conoció Cervantes. El aura sacra del execrado Distrito Quinto guiará a Genet, como veremos, por los caminos de su peculiar santidad. El Genet ramblero e hijo espurio del Paralelo se adentrará en el territorio de la ignominia resuelto a convertirse en objeto de desdén y de asco, en una busca de acendramiento íntimo que en otra ocasión comparé con la de los malamatís del Islam, a quienes Ibn Arabi situaba en la esfera más alta de los bienaventurados. Él y sus cofrades de la miseria lucirán a través de España, nos dice, “una magnificencia secreta, humilde y sin arrogancia”. Su empeño se cifrará en “dar un sentido sublime a una apariencia tan Mísera”. La soledad moral a la que aspira convertirá su destino en una conciencia irreductible de la que surge una obra luminosa y de perturbadora singularidad. La aspiración al crimen condenado por sociedad, asociada a la de la traición, adquirirá una dureza y fulgor comparables a los del diamante. La admiración de Genet por las locas españolas que frecuentó en Barcelona y Cádiz apareció más de una vez en nuestras conversaciones. Eran las más audaces y provocadoras de Europa, decía, como reacción natural al rechazo que suscitaban. Asumían el oprobio de la opinión común con un ritual de disfraces, gestos y voces agudas que, a partir de la histeria, alcanzaba la sublimidad. Cuando me adentré por primera vez en el Barrio Chino en 1949 de la mano de un compañero de universidad aficionado como yo a los libros y experto en las zonas desaconsejadas de la ciudad, La Criolla y los bares en los que anidaba la especie maldita no existían ya. La red de callejuelas que se extendía del Portal de Santa Madrona a la calle del Carme albergaba tan sólo numerosos prostíbulos a cinco pesetas por ficha y la miseria reinante no debía diferir mucho de la que conoció Genet. El célebre burdel de Madame Petite, en el que posiblemente se inspiró al componer Querelle de Brest (“La Feria”, de Madame Lysiane), era una sombra de sí mismo y la progenie de las execradas en público (y apreciadas por algunos en privado) ocultaban su maquillaje, abanicos, peinetas y faralaes a los ojos del ciudadano “decente”. Una foto publicada recientemente en EL PAÍS, en la que dos travestidos merodean por La Rambla, avanzada ya la noche, a la caza de un turista borracho a fin de desvalijarlo me trajo a la memoria un pasaje de Diario del ladrón en el que dos “mariconas” muy compuestas, de ojos admirables y cejas inmensas pasean por las cercanías de una vespasiana (así se llamaba en Francia a los urinarios públicos, de chapa circular de metal, despiadadamente demolidos por el alcalde Chirac) con un mono amaestrado en los hombros. A la señal de una de ellas, el mono saltaba de un brinco sobre el ligón de apariencia más burguesa y, aprovechando su confusión, le robaban la cartera. La procesión fúnebre de las llamadas también Carolinas (valientes precursoras de las “gasolinas” parisienses de Mayo de 68) al emplazamiento de uno de los meaderos destruidos durante los disturbios callejeros de 1933 es uno de los momentos más bellos de Diario del ladrón: Estaba cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paralelo, torció por la calle San Pablo, bajó por La Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza. Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel, y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores. ¿Qué cineasta de genio filmará algún día la escena con la bella precisión de un Visconti y el humor cruel de Fassbinder? El heroísmo tragicómico de las Carolinas merece un recordatorio y su inclusión en los breviarios de una nueva forma de santidad en los antípodas de la de Monseñor Escrivá y de la del fundador de los Legionarios de Cristo Rey. Genet se reprochó siempre, me dijo, su falta de arrojo. Permaneció junto a la multitud indulgente e irónica que acogía su duelo en vez de ocupar el lugar honroso que le correspondía. Una de las páginas más bellas de Diario del ladrón es la del episodio del tubo de vaselina. Detenido en una redada y conducido con otros sospechosos a la comisaría del distrito (imagino muy bien la escena, pues el poeta Jaime Gil de Biedma y yo corrimos la misma suerte a fines de los cincuenta del pasado siglo, cuando callejeábamos de noche por el barrio, en el cruce de San Pau y Robadors), el policía que cachea a Genet le saca del bolsillo el lubrificante empleado para la penetración anal (que yo acostumbraba a llevar también en mis primeras incursiones por Barbés y la Gare de Nord): un tubo usado ya y cuya mera presencia en el lugar es la prueba palmaria de su pertenencia al gremio de las “mariconas” (Genet emplea siempre la palabra española, consciente de su brutal carga peyorativa): “En medio de los objetos elegantes sacados de los bolsillos de los detenidos en esta redada, era el símbolo mismo del oprobio que se disimula con el mayor cuidado, pero el signo también de una gracia secreta que iba a salvarme pronto del desprecio […]. Estaba en el calabozo, y sabía que toda la noche mi tubo de vaselina sería objeto de burla —a la inversa de una Adoración Perpetua— de un grupo de policías […]. No obstante, me animaba la certeza de que este frágil y humilde objeto les resistiría y, por su simple existencia, derrotaría a todas las policías del mundo”. Invulnerable al insulto —pienso en el I’m completely dead to decency de T. E. Lawrence—, la comparación de la prueba concreta de su deshonra con el Santísimo Sacramento permitirá a Genet rehabilitar y ensalzar su vida de indigente en el Barrio Chino, y luego su erranza hasta Cádiz y San Fernando, mediante el recurso a los términos más sagrados y nobles. Su victoria verbal le llevará así a bendecir la miseria que la suscita y le imanta a una nueva forma de perfección moral: Cuanto mayor sea mi culpabilidad a vuestros ojos, entera y totalmente asumida, mayor será mi libertad y más perfectas mi soledad y mi unicidad. El encuentro con Stilitano, el serbio desertor de la Legión Extranjera francesa, marca un antes y un después en la vida de Genet y será el primer eslabón de una cadena de fascinaciones sucesivas por criminales o gente del hampa —los Harcamone, Bulkaen, Maurice Pilorge, etcétera—, elevados por él al altar de la excelencia y la gloria. Sus primeros robos en el Barrio Chino los dedicará, nos dice, a su fortaleza e impudor severos, a la singularidad de su brazo derecho amputado, cuya mano se pudre bajo un castaño en algún bosque de Europa Central. La fuerza irradiante de este muñón le galvanizará con una imantación similar a la que experimentará, cuarenta años después, por el sudanés Mubarak en los campos palestinos, cuando le pide que tenga su cigarrillo mientras se desabotona y orina tranquilamente junto a él: el timbre gutural de su voz es en ambos el de un sexo en erección. Stilitano reúne en su persona el rigor del soldado, el aventurero, el sicario, el hampón. Aunque admite la intimidad física con Genet —los dos duermen en el mismo catre en un hotelucho del barrio— le niega el sexo. Desprecia a las “mariconas” y ejerce ocasionalmente de chulo. No obstante, para atraer a aquellas y a las prostitutas, sujeta con un imperdible un racimo con granos de celulosa y algodón en rama en el interior de la bragueta, de modo que abulte y la realce por pura provocación. Genet se encarga de la tarea, sin poder evitar el temblor de las manos mientras prende y desprende el racimo al comienzo y fin de la jornada de merodeo y cambalache. Un día, en vez de dejarlo sobre la estufa, como de costumbre no pude retenerme de guardarlo entre mis manos y llevarlo a mis mejillas. El rostro de Stilitano, encima de mí, se endureció. —¡Suéltalo, cabrón! Me había agachado para abrir la bragueta, pero la furia de Stilitano, como si mi fervor habitual no bastara, me hizo caer de rodillas, en la posición que mentalmente anhelaba. Con sus dos pies y su único puño me golpeó. Hubiera podido huir y me quedé allí. Su delación posterior a la policía del amigo común a ambos, Pepe el Gitano, por su homicidio cometido en las cercanías del Paralelo, no rebajará la devoción de Genet por él: la revestirá al revés, nos dice, con los atributos luminosos de la traición. Las numerosas referencias de Genet a La Criolla, el cabaré en donde se prostituía por devoción a Stilitano, no mencionan su ubicación en el Barrio Chino ni incluyen una descripción del local. Nits de Barcelona, publicado en 1931, esto es, dos años antes de su venida a España —obra reeditada por Proa, con las ilustraciones de Oleguer Junyent y el prólogo de Josep M. de Segarra de la edición original—, subsana dicha laguna y nos procura una valiosa información. Su autor, Josep M. Planes, colaborador de la mítica revista Mirador y empedernido noctámbulo, fue asesinado el 24 de agosto de 1936 en la Arrabassada por unos pistoleros incontrolados de la FAI a quienes había consagrado un reportaje poco ameno semanas antes del levantamiento militar contra la República. Segarra esboza un sugerente retrato suyo y coincide con Planes en su aguda percepción de la ciudad durante el periodo que va de la dictadura de Primo de Rivera al 14 de abril: “Quienes más aprovechan la noche en Barcelona son los turistas, los ladrones, los poetas, las prostitutas, la gente que no tiene un centavo y la que dispone de dinero a espuertas”. La Criolla —escribe Planes— se encuentra en plena calle del Cid. El cartel luminoso que cuelga verticalmente de la fachada emborrona el pobre paisaje urbano con un resplandor rojizo […] inmuebles y personas comparten el mismo aire de miseria y nunca se sabe si la suciedad de las paredes viene de los hombres y las mujeres que se apoyan en ellos o viceversa […]. El gentío aglomerado en la calzada y las prostitutas e invertidos que se exhiben por las aceras flotan en este fondo bermellón decorativos y estilizados, como en las ilustraciones en las que debe de soñar Francis Carco para sus libros. La calle del Cid (¡qué ironía el nombre del Campeador, mantenido hasta hoy en lo que queda de ella, entre el Paralelo y la avenida de Les Drassanes!) está entonces llena de basuras, soldados, prostitutas, marineros, mendigos. Cualquier navajero puede sacar de improviso su útil de siete filos y asaltar a los viandantes acomodados que se asoman a él. El local de La Criolla, una antigua fábrica textil reconvertida en cabaré, encubre la austera desnudez de sus columnas con un decorado chillón de palmeras ornadas con falsas pencas verdes, cocos, monos y negros de tebeo de Tarzán que le confieren un menesteroso esplendor tropical. Una orquesta de tangos ocupa el estrado, ensordece al cliente y contagia su furia a las parejas que bailan en la pista. (Genet evoca en Diario del ladrón los aires de “Ramona” mas no la voz de Irusta —en realidad del trío formado por éste, Fugazot y Demare— mencionado por Planes, cuya música barriobajera arrasaba en los años anteriores a la Guerra Civil. En una vieja gramola de manivela con bocina exterior, escuché en mi niñez la canción citada por Genet —cuya letra me sé de memoria— y los discos del, en aquel tiempo en boga, conjunto argentino, no sé si epígono o antecesor de Gardel. Mi familiaridad retrospectiva con La Criolla sale así reforzada. Su repertorio musical acunó mis oídos en la Barcelona “decente” de los barrios altos). Al trazar su pintura del cabaré, Planes señala la existencia, en la acera de enfrente —perdóneme el lector el involuntario juego de palabras—, del bar de Cal Sagristà, famoso, dice, por sus “invertidos” —la gente bien de la época empleaba dicha palabreja: ¡se hallaba aún muy lejos la era de la identidad gay!—, al que acudían jovencitos de labios pintados y cabello untado de gomina. Curiosamente, Genet no habla de él. Actualmente, el remozado Carrer del Cid no evoca ni remotamente el de la cochambre y bullicio de setenta años atrás. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona puso el nombre del escritor a la plazuela o jardincillo del otro lado de la avenida de Les Drassanes, fui invitado a pronunciar unas palabras en la ceremonia de su rotulación. Inútil decir que no acepté: temía que Genet, encolerizado, resucitase de su tumba en Larache y me abrumara con el peso de sus burlas e insultos. Su percepción a la inversa de los términos honor y deshonor es también la mía. Prefiero volver a la pintura cruel de Planes con la que cierra el capítulo de su libro: la calle desierta al amanecer tras el cierre de La Criolla, la luz lívida, la visión goyesca de dos viejas horrendas y de los tricornios de una pareja de la Guardia Civil. Los hurtos y trapacerías de los que viven Genet y Stilitano no bastan para sacarles de la miseria. Aunque el futuro autor de Diario del ladrón entrega a su “protector” las pocas pesetas que gana o sisa en los urinarios públicos, éste decide que se prostituya en La Criolla. Allí, la vestimenta femenina se impone. Algunos amigos españoles de Genet la llevan y le dan las señas de vendedoras de prendas de segunda mano. Si bien “resulta muy difícil”, escribe, “acceder a la luz a través del pus y las llagas de la vergüenza”, el dueño del cabaré le exige que se exhiba “en señorita”. Tragándose el sonrojo y convirtiéndolo en una especie de dardo dirigido contra quienes se lo provocan, Genet va a La Criolla y es invitado, con otro travestido, a la mesa de un grupo de oficiales franceses. La dama que les acompaña le pregunta con afectada indulgencia si le gustan los hombres. Genet resiste el impulso de abofetearla y, para vengarse, sustrae la cartera a uno de los mílites. Una de las páginas más bellas del Diario se sitúa durante el Carnaval, época en la que es más fácil disfrazarse sin llamar la atención. Tras robar un traje de faralaes y una blusa, a los que agregará su complemento de abanico y mantilla, Genet cruza el Barrio Chino para ir a la calle del Cid. Como última trinchera de defensa, conserva el pantalón bajo la falda. Pero, apenas llegado a la barra, la cola de su traje se desgarra. Un joven ha tropezado con sus encajes y, por más que pida excusas y le indique que cojea, la actriz trágica oculta en su interior aúlla “¡No se cojea en mis faldas!”, con esa histeria que rompe con la fuerza de un géiser la dura corteza del mundo. Humillado, Genet sale del local en medio de las risas de los clientes y de las Carolinas. Aunque, al releer el texto, su autor rectifique y precise en una nota a pie de página que el lance ocurrió en Cádiz, en donde también se prostituyó con ropas de andaluza, el prestigio de La Criolla sale indemne del lapsus. La teatralidad de la escena alcanza ese punto en el que vileza y orgullo se confunden. La falda, blusa, abanico y mantilla arrojados al mar componen un ceremonial esperpéntico del que el vagabundo cubierto de oprobio extraerá la fortaleza necesaria para enfrentarse a la crueldad e hipocresía de la sociedad biempensante: la de ayer, la de hoy y sin duda también la que nos sucederá al correr de los días. Poco después de ello, Genet y Stilitano abandonaron su querencia barcelonesa en un tren de mercancías y buscaron un nuevo refugio en Cádiz. “Nací en París el 19 diciembre 1910. Pupilo de la Asistencia Pública, no pude conocer nada más de mi estado civil. Cuando cumplí veintiún años, obtuve una partida de nacimiento. Mi madre se llamaba Gabrielle Genet. Mi padre es desconocido. Vine al mundo en el 22 de la Rue d’Assas”. Aunque en la Maternidad le negaron toda información sobre sus orígenes, la imagen de la madre oculta aparece de forma intermitente a lo largo de su obra. Genet se aferra a su apellido, el de Genêt d’Espagne o retoma con el que saludó Cocteau su volcánica irrupción en la literatura, para identificarse con el mundo vegetal y considerar, dirá, que todas las flores son de su familia. A través de ellas, se comparará con los helechos arborescentes de las ciénagas y soñará con las supuestas especies vegetales del planeta Urano, en una metempsicosis que le convertiría en un ser rastrero, como la chusma del Paralelo, sin otra compañía que la de los presidiarios de su raza. Pero ese malditismo literario no se corresponde en modo alguno con su futura rebelión contra el orden establecido, tanto en el campo social y político como en el artístico y moral. La madre ausente será el punto de partida de su andadura por una cartografía literaria que culminará en su obra maestra, Un cautivo enamorado. En Diario del ladrón, Genet evoca la imagen de una mendiga anciana, de rostro macilento; chato y circular como la luna, que le pide unas monedas. Su estampa humilde e hipócrita le induce a creer que acaba de salir de la cárcel. Una descuidera, piensa, e inmediatamente la asocia, en una ensoñación efímera, con la mujer que le abandonó en la cuna: ¿Y si fuera ella? me dije mientras me alejaba de la pordiosera. Si lo fuese, iría a cubrirla de flores y de besos. Lloraría de ternura sobre sus ojos de pez luna, sobre su cara obtusa y boba. La visión de la madre del fedai Hamza, de quien fue huésped en el campo de refugiados palestinos de Irbid en 1970, es mucho más elaborada y compleja. La mujer, más joven que Genet, que le acoge en el lecho de su hijo, partido en misión de combate a los Territorios Ocupados por Israel, y le lleva a oscuras, de puntillas, creyéndolo dormido, una taza de café, se transforma, como la Mater Dolorosa de las estatuas, en la madre simbólica del escritor, la que vela por él, como en aquella noche sagrada, a lo largo de su vida: una fantasía, nos dice, acariciada desde la infancia, cuando el escritor tenía cinco años. La estampa de Hamza y su madre —la suya y la del guerrillero palestino—, superpuesta en calcomanía a la de la Pietà y el Crucificado, enlazará sucesivamente con la de la Virgen portada en procesión por las Falanges maronitas libanesas y con la Virgen Negra del monasterio de Montserrat. “Dios, creador del cielo y de la tierra, debió de divertirse mucho esculpiendo sus rocas rojizas y faloides”, nos dice Genet, que asistió en su vejez, en la abadía, a la conmemoración religiosa de Pentecostés, con música de Palestrina evocadora en su mente de Palestina. El abad, refiere en Un cautivo enamorado, besa a los fieles y él acepta su doble ósculo, pero no lo trasmite a su vecino, como es la norma, con lo que rompe la cadena de confraternidad. En su correspondencia conmigo de aquella época —substraída por un cleptómano compulsivo, que tuvo no obstante la delicadeza de dejar una fotocopia, durante su exhibición en la Diputación de Almería—, describe su viaje por la España del tardofranquismo, se burla del aburguesamiento de Barcelona y refiere un ligue con un chapero que se dice estudiante de sociología, en las faldas del Tibidabo. Por estas fechas, ya no es el delincuente en el que soñaba ser cuarenta años antes sino el escritor voluntariamente marginal que busca primero en las Panteras Negras y luego en los fedayín la causa que le aleje de una Francia y una Europa de las que se ha distanciado para siempre. Al final de Diario del ladrón, Genet anuncia una segunda parte que nunca escribió: se propone en ella, dice, “relatar, descubrir, comentar, los fastos del presidio íntimo que hallé en mí después de atravesar este espacio interior que he llamado España”. Su deseo juvenil de cubrir el mundo con su progenie abominable cederá paso, tras su estancia en los campos de refugiados palestinos de Líbano y Jordania, a un retorno a su origen desconocido. “Esta última página de mi libro —escribe en El cautivo enamorado— es transparente”. Transparencia que deja pasar la luz: su camino de perfección moral a través de vericuetos imprevisibles y por vías distintas de las de Juan de la Cruz y del derviche sufí Mawlana, le ha conducido a una subversiva y pagana forma de santidad.

Diario del ladrón, de Jean Genet. Traducción de María Teresa Gallego e Isabel Reverte. Barcelona, Seix Barral, 1994. 232 pág. 4,51 euros.

Lecturas francesas

El “territorio moral” de Genet atrajo, después del alzamiento popular de la Semana Trágica y de la bonanza originada por la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial a numerosos escritores franceses, seducidos por el bullicio y promiscuidad del Barrio Chino. – Paul Morand, La nuit catalane (1929) – Montherland, La petite infante de Castille (1929) – Francis Carco, Printemps d’Espagne (1931) – Pierre Mac Orlan, La Bandera, (1931), Rues secrètes (1934) – Jérôme y Jean Tharaud, Cruelle Espagne (1937) – Georges Bataille, Bleu du ciel (1935) La perspectiva adoptada por estos escritores, excepto el último, es muy semejante a la de los viajeros orientalistas en busca de color local (vicio, miseria, pintoresquismo) con todos los atributos del voyeur. Entre los autores catalanes de la época, además de Planes, cabe citar a Josep Maria de Sagarra, Vida privada (1932). Con posterioridad a la Guerra Civil, el Barrio Chino tuvo dos minuciosos cronistas que desmitificaron la realidad descrita por los novelistas franceses antes citados: Sebastian Gasch, en Barcelona de nit (1956), y Lluís Permanyer, en Cites et testimonis de Barcelona (1993). El libro mejor documentado sobre la estancia de Genet en el Raval es sin duda el de Jérôme Neutres, Genet sur le routes du Sud (Fayard, París 2002), que recomiendo vivamente al lector.

VER: La santidad de Genet, de Juan Goytisolo (Babelia, 3 enero 2009)


La Generación de 1992

Marzo 19, 2009

Manuel Rivas

Manuel Rivas
Biografía
 
Manuel Rivas Barrós (La Coruña, 1957), es  escritor, poeta y periodista gallego. Nacido el 26 de octubre de 1957 en el barrio coruñés de Montealto. Estudió secundaria en el IES Monelos. Desde hace muchos años vive en Vimianzo. La totalidad de su obra literaria se desarrolla en lengua gallega, aunque también escribe artículos periodísticos en castellano. Su libro de cuentos ¿Que me queres, amor? (¿Qué me quieres, amor?) (1996) incluye el relato A lingua das bolboretas (La lengua de las mariposas), en el que se basó la película homónima. Su obra se completa con los libros de relatos Ela, maldita alma (Ella, maldita alma) (1999), La mano del emigrante (2001), y Las llamadas perdidas (2002). Es autor de tres novelas cortas: Os comedores de patacas (Los comedores de patatas)(1992), O lápis do carpinteiro )El lápiz del carpintero) (1999), Premio de la Crítica española, llevada al cine por Antón Reixa, y En salvaje compañía (1994), que ha sido reeditada con correcciones del autor en 2004. Sus últimas obras son El héroe(2006), teatral; Los libros arden mal (2006), una novela y Os Grouchos (2008), un ensayo periodístico. Junto con Suso de Toro es la cabeza visible de una generación de narradores gallegos con amplio eco de crítica y público en España.

En cuanto a su obra periodística, buena parte de sus mejores reportajes están compilados en El periodismo es un cuento (1998), usado como libro de texto en numerosas facultades de Ciencias de la Información, así como en los volúmenes Toxos e flores (1992), Galicia, el bonsái atlántico (1994), Galicia, Galicia (2001), Mujer en el baño (2004) y Una espía en el reino de Galicia (2004). Sus trabajos poéticos están recogidos en la antología El pueblo de la noche, Do descoñecido ao descoñecido y Mohicania revisada.

Obras

Poesía

  • Libro do Entroido (1980)
  • Anisia e outras sombras (1981)
  • Balada nas praias do Oeste (1985)
  • Mohicania (1987)
  • Ningún cisne (1989)
  • Costa da Morte blues (1995)
  • El pueblo de la noche (O pobo da noite) (1997)
  • Do descoñecido ao descoñecido (2003)

Narrativa

  • Un millón de vacas (1990)
  • Los comedores de Patatas (Os comedores de patacas) (1992)
  • En salvaje compañía (En salvaxe compaña)(1994)
  • Bala Perdida (1996)
  • ¿Qué me quieres, amor? (¿Qué me queres, amor?) (1996)
  • El lápiz del carpintero (O lapis do carpinteiro) (1998)
  • Ella, maldita alma (Ela, maldita alma) (1999)
  • La mano del emigrante (A man dos paíños)(2001)
  • Las llamadas perdidas (As chamadas perdidas) (2002)
  • Mujer en el baño (Muller no baño) (2003)
  • El héroe (O heroe) (2006)
  • Los libros arden mal (Os libros arden mal)(2006)
  • Cuentos de un invierno (2006)
  • A lingua das bolboretas (1996)

Ensayo

  • Toxos e flores (1992)
  • Galicia, el bonsai atlántico (1994)
  • El periodismo es un cuento (1997)
  • El secreto de la tierra (1999)
  • Galicia, Galicia (2001)
  • Os Grouchos (2008)
  • A cuerpo abierto (2008)

POESÍA

Basilio Sánchez

Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) ha publicado los libros de poemas: A este lado del alba (Adonais, Madrid, 1984), Los bosques interiores (1993, 2ª ed. Amarú, Salamanca, 2002), La mirada apacible (Pre-Textos, Valencia, 1996), Al final de la tarde (Calambur, Madrid, 1998), Para guardar el sueño (Visor, Madrid, 2003) y Entre una sombra y otra (Visor, Madrid, 2006). También ha publicado un libro de poemas en prosa, El cielo de las cosas (Editora Regional de Extremadura, Badajoz, 2000) y el relato El cuenco de la mano (Relatos al atardecer, vv. aa. Junta de Extremadura, Mérida, 2002). Ganador del XX Premio Unicaja de Poesía y accésit de los premios Adonais y Gil de Biedma, ha colaborado en numerosas revistas literarias.

La poesía de Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) tiene una clara raíz simbolista. Símbolo y realidad son, además de compatibles, ejes complementarios: lo simbólico se fundamenta en las aspiraciones de una realidad al alcance de nuestra existencia, o dicho de otro modo, se parte de la realidad aparente para elevarla a la categoría de símbolo. De ahí la serenidad del verso, el compromiso intenso con el conocimiento interior y la verdad moral de la vida: “Y no hay otra certeza, / no hay más verdad que ésta en la que todo / permanece inmutable. Excepto yo. // Este hombre que mira”. En ese camino de conocimiento del que somos partícipes, las formas y modos poéticos de Basilio Sánchez han cambiado poco, pero asumiendo en cada estación una capacidad mayor de intensidad y reflexión contemplativa. La suma de sus libros semeja el mecanismo de una muñeca rusa, cada uno acogiendo en su seno los anteriores, abriendo posibilidades de expresión, ampliando y templando la calidad del timbre de voz, siempre reconocible pero siempre distinto.

Entre una sombra y otra (XX Premio Unicaja de Poesía) relata “el sentimiento de vivir” en el paso de un día, el tiempo y el espacio que va de una noche a otra, ese ritmo cambiante que “va trazando el camino de lo oscuro a lo oscuro”. Da cuenta así de la esperanza y la desesperanza, del amor y su falta, de la felicidad y el dolor, de las contradicciones que surgen en la luz mudable y las promesas de una jornada vivida bajo el orden y el desorden de las sombras: “el universo mismo delante de nosotros / con sus profundidades y sus grandes vacíos”. El mensaje del tiempo y el rastro de los días. Y esa luz compartida que “ordena el mundo” es su símbolo fundamental, el que ilumina u oscurece el resto, y al tiempo los reúne. En ella se yuxtaponen el tiempo y los escenarios, el paisaje del día y de la noche, la realidad conocida y “lo que de la vida ha sido ignorado”. Es ella también la que hace presente la labor del poeta y “el vuelo circular de las palabras”. El sentido de comunión en la luz, en las palabras que revelan y nos elevan sobre ese “rastro / que sólo es accesible al pensamiento”.

El poema se hace serenamente preciso, con la lúcida sabiduría de la mirada interior, de la razón y la mesura que surgen de la forma madura de la pasión. Así lo leemos en ‘Espacio’, donde el poeta deja sobre su mesa una vela encendida porque sabe, como pone de manifiesto en ‘El umbral’, que “La altura de la mano que sostiene una vela / es la altura del mundo”. Una vela encendida era el símbolo del olvido de sí mismo en la profesión médica, y así el poeta mira a través de nosotros en poemas que son “Palabras extraídas una a una de lo que estaba oculto”. El principio de todo.

VER: Reseña de Entre una sombra y otra, de Basilio Sánchez, por Antonio OrtegaBiografía y poemas

ALEJANDRO LÓPEZ ANDRADA

Alejandro López Andrada

Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957)

En 2009 apreció El óxido del cielo, presentado en Córdoba en la Fundación Antonio Gala por Julio Llamazares (15 de abril). La editorial cordobesa El Páramo (Puntoreklamo) se ha encargado de la edición. Un libro que abunda en la grieta del mundo contemporáneo entre ciudad y aldea, un mundo que regresa a la década de los años 60, con personas que han emigrando a los cinturones industriales de las grandes ciudades. Como nuestros padres y abuelos, sus personajes vienen de ese mundo rural, de ese territorio del sueño que tan bien conoce Alejandro. Un territorio de fatigas y hambre que su literatura sabe rastrear. Una literatura íntima que se revela llena de sentido, de poesía, de valor antropológico y cuyos paisajes dibuja el autor acercándose a la naturaleza, los sentimientos y las personas que la habitan. Son esas historias de las que formamos parte que se quedan flotando en las calles del pasado, para que el  escritor las recoja en sus páginas.

ÁLVARO VALVERDE

Álvaro Valverde (Plasencia, Cáceres, 1959) participó en la fundación de la revista “Espacio/Espaço escrito”. Entre sus libros de poesía se encuentran: Territorio (1985), Las aguas detenidas (1989), Una oculta razón (1991), A debida distancia (Premio de Poesía Ciudad de Córdoba, 1993), Ensayando círculos (1995), Desde fuera (2008). Entre sus novelas: Las murallas del mundo (2000). Su poesía es elegíaca, un recordatorio permanente de todo lo vivido y de todo lo perdido, de un paisaje, de las calles de una ciudad, de un aroma; el poeta está marcado por la cualidad de lo efímero y la importancia de la contemplación es tal que se llega a afirmar que “No somos sino aquello que miramos” y también “he llegado, lo sé, al convencimiento / de que soy el paisaje de esta tierra”. En su obra hay un importante sentimiento de pertenencia a un espacio, a unos lugares que no son sino la representación del mundo mismo. Es en la dialéctica del arraigo y del ser efímero desde la que Valverde crea una tensión, vital, intelectual si se quiere, que sostiene a la dicción (Túa Blesa). No ocupa lugar menor en sus poemas el homenaje a libros y autores, nuevos “espacios” de pertenencia, nuevos anclajes con el mundo, y que además son factores de ordenación de la realidad. Algunos de estos homenajes toman la forma de monólogos dramáticos (“Cónsul en Riga”,  “Entonces la muerte”, en el libro Desde fuera). La escena del padre enfermo, el hijo, el poeta mismo, sosteniendo su mano, se pierde en un ensueño en el que el enfermo es él y es un hijo quien le coge la mano, en lo que es memoria anticipada de sí mismo. Es el paso de la vida, la cadena del ser, que Álvaro Valverde ha sabido expresar con una intensidad poética .

En un librito publicado en 2007 por la Universidad de las Islas Baleares, en la “Collecció Poesia de Paper” (coordinada por Francisco J. Díaz de Castro), podemos leer versos que en parte han pasado a su reciente Desde fuera (2008). El último de la selección antológica es un poema largo que nuestro autor incluirá en un nuevo libro titulado Imaginario, ”No somos sino aquello que miramos” y termina así:
-
he llegado, lo sé, al convencimiento
de que soy el paisaje de esta tierra:
tan esencial, acaso, como él,
como él, quizá, tan pobre.
Ya sólo aspiro a su serena soledad,
a la sabia modestia de su luz transparente
y, en fin, a todo aquello
que él expresa en silencio,
sin recurrir siquiera a las palabras.
 
JUAN CARLOS MESTRE

Juan Carlos Mestre, Premio Nacional de Poesía 2009

Autor de los poemarios Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982), La visita de Safo (1983), Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonais, 1985), Las páginas del fuego (1987), La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992), La tumba de Keats (1999), libro este último escrito durante su estancia como becario de la Academia de España en Roma. Su obra poética entre 1982 y 2007 ha sido recogida en la antología Las estrellas para quien las trabaja (2007). En 2009 recibió el Premio Nacional de Poesía, que concede el Ministerio de Cultura, por su obra La casa roja (premio dotado con 20.000 euros). Mestre, poeta y artista visual, se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad de Barcelona.

Mestre ha realizado las antologías sobre la obra poética de Rafael Pérez Estrada, La palabra destino (2001), y La visión comunicable (2001), de Rosamel del Valle, además de la edición comentada de la novela de Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre (2004); asimismo, es autor de El universo está en la noche (2006), libro de versiones sobre mitos y leyendas mesoamericanas.

De su diálogo con la obra de otros artistas y poetas el autor, que en el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, EEUU, Europa y Latinoamérica, ha publicado libros como Piedra de Alma, con José María Parreño; Crónica de amor de una muchacha albina, con Rafael Pérez Estrada; Emboscados, con Amancio Prada; Bestiario apócrifo, con Álvaro Delgado (2000), Enea y los gatos, con Javier Fernández de Molina (2002); El Adepto, con Bruno Ceccobelli (2005), Arde la oscuridad, con Alfredo Erias (2007); y Los sepulcros de Cronos, con el escultor Evaristo Bellotti (2007).

Asimismo, Mestre ha editado numerosos libros de artista, como el Cuaderno de Roma (2005), versión gráfica de La tumba de Keats, y ha acompañado con sus grabados poemas de Antonio Gamoneda, Diego Valverde, Miguel Ángel Muñoz Sanjuán, Gonzalo Rojas o Jorge Riechmann. Su colaboración con otros creadores y músicos como Amancio Prada, Luis Delgado o José Zárate, ha sido recogida en varias grabaciones discográficas.

El jurado, presidido por Rogelio Blanco, Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas, estuvo constituido por Darío Xohan Cabana Yáñez (Real Academia Gallega); Sebastián García (Real Academia de la Lengua Vasca); Alexandre Susanna i Nadal “Alex Susanna” (Instituto de Estudios Catalanes); José Carlos Quiroga (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas); Dionisia García Sánchez (Asociación Colegial de Escritores); Teresa Sanz Tejero (Federación de Asociaciones de Periodistas de España); Elena Medel Navarro (designada por la ministra de Cultura) y los dos últimos autores galardonados: Joan Margarit i Consarnau y Olvido García Valdés.


Manuel Vázquez Montalbán

Marzo 18, 2009

Manuel Vázquez Montalbán, por Hado Lyria

Manuel Vázquez Montalbán, por Hado Lyria

Nacido en Barcelona en 1939, fue un escritor todoterreno (poeta, novelista, periodista y ensayista). Perteneció a la Generación de 1968 o Novísimos. Licenciado en Filosofía y Letras y Periodismo, fue autor de una extensa obra que arrancó como poeta –fue uno de los nueve “novísimos” de Josep María Castellet– y continuó con ensayos, novelas y artículos de prensa siempre comprometidos. En su juventud participó primero en el Frente de Liberación Popular –conocido como Felipe– y, después, en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC, comunista). Condenado a tres años de cárcel en un Consejo de Guerra en 1962, colaboró con la revista “Triunfo”. Sus artículos se recogieron en libros como “Crónica sentimental de España”, “Mis almuerzos con gente inquietante” o “Escritos subnormales”. Su presencia en la prensa española ha sido ininterrumpida hasta su muerte (“El País” o “Interviú”). En poesía, es autor de Una educación sentimental (1967), Praga (1982), su poesía se reúne íntegramente en el volumen Memoria y deseo. Su narrativa, iniciada en Recordando a Dardé, ha producido textos experimentales o como el ciclo de Pepe Carvalho, personaje que apareció por primera vez en Yo maté a Kennedy. En El pianista, ha fabulado el papel del artista en la sociedad contemporánea y en Galíndez, ha reflejado un oscuro episodio de la política española. Murió en octubre de 2003, a los 64 años.

Los orígenes de la novela negra en España

Vázquez Montalbán creció en una España pobre y triste. En su juventud, todo estaba prohibido. Y entre una España oficial seria y una oposición más seria aún, el espíritu libre de Manuel Vázquez no podía dejar de emplear el humor liberador. Cuando el realismo social imperaba, él se aproximó a un género clásico, pero a su manera. Mario Lacruz publicó sus primeras novelas policiacas a finales de los sesenta (El inocente, 1969) y García Pavón ganó el Premio Nadal 1969 con Las hermanas coloradas (protagonizada por Plinio). En catalán ya se cultivaba el género (Rafael Tasis, por ejemplo, sacó en 1955 És hora de plegar, al estilo clásico, pero ambientada en la 2ª República. Manuel de Pedrolo publicó en 1954 Es vessa una sang inútil, y Jaume Fuster, en 1972, De mica en mica s’omple la pica).

Pepe Carvalho

Montalbán creó una de las series de novela negra más exitosas y prolíficas de la literatura española. Esta serie, protagonizada por el detective Pepe Carvalho, fue un vehículo expresivo para legar una crónica sociopolítica desde los años del tardofranquismo a la reciente democracia. Por citar algunos ejemplos:

  • En (Asesinato en el Comité Central 1981) se consuma un asesinato de un dirigente comunista en plena crisis del Eurocomunismo del PCE.
  • En 1993, serán los fastos de la Barcelona Olímpica quienes centren las aventuras del detective (Sabotaje olímpico)

Las novelas sirven al mismo tiempo para dar rienda suelta a la pasión desatada del escritor por la gastronomía o el humor ácido y maleducado de un hombre fomal. Fue en 1972 cuando salió a la calle el personaje de ficción más famoso e nuestra novela reciente, el detective Pepe Carvalho. La serie cuent con 22 títulos, entre novelas y relatos, y cambia el rumbo de la novela negra en España. Nadie niega que su influencia ha sido enorme: el italiano Andrea Camilleri reconoce que su comisario Montalbano es un homenaje a Vázquez Montalbán; Petros Márkaris dice que su policía Kostas Jaritos debe mucho a Carvalho.

Leídos ahora, uno tras otro, los libros protagonizados por Pepe Carvalho, es fácil darse cuenta de la enorme coherencia de la serie, que nace en el tardofranquismo, recorre la transición y llega a la globalización, con el objetivo de inventariar el mundo desde Barcelona. Vemos la evolución del detective, cada vez más cínico, más escéptico y descreído. “No tengo patrias trascendentes, ni voto ni me quedan banderas”, afirma en El hombre de mi vida. El detective Carvalho nace en Souto (Lugo) y llega a Barcelona, al Barrio Chino, durante la Guerra Civil. Tras diversas peripecias y trabajos, se va a Estados Unidos para dar clases de castellano, pero se convierte en agente de la CIA y guardaespaldas de Kennedy. Yo maté a Kennedy es una novela de carácter experimental, con elementos vanguardistas que luego veremos en sus Escritos subnormales. Carvalho regresa a Barcelona en 1970 y ahí empiezan sus apasionadas relaciones de amor-odio con la ciudad. En Tatuaje (1974) ya tiene despacho en La Rambla y casa en Vallvidrera, desde donde puede ver toda la ciudad y donde quema los libros que no le gustan o que cree que no aportan soluciones a una sociedad cada vez más desquiciada. El deseo de huir hacia al sur, hacia lugares donde le gustaría quedarse, es otro de los recurrentes.

A medida que avanza la serie, Carvalho se disgusta más y más con Barcelona. La destrucción del Barrio Chino para convertirse en el Raval le deja desubicado. Las construcciones olímpicas para los Juegos de 1992 le llenan de furor, tanto es así que en El laberinto griego (1991) y Sabotaje olímpico (1993) vuelve a la experimentación y la subnormalidad. No hay para menos, Carvalho vive en Vallvidrera, y la Torre Foster, muy cerca de su casa, interfiere en su teléfono. Ya no le gusta Barcelona y en dos de las siguientes novelas, emigra. En El premio (1996) se va a Madrid, y Quinteto de Buenos Aires (1997) transcurre en Madrid. En El hombre de mi vida, Carvalho regresa a la Barcelona transformada por los JJ OO y se reconcilia con ella: desde Vallvidrera baja para bañarse en la Barceloneta. Pero se siente cada vez más derrotado, prejubilado. Milenio, en dos volúmenes (2004), es la síntesis y conclusión de la vida de Carvalho. Con Biscuter se van a dar la vuelta al mundo. Para el detective, es una huida y una despedida; para su ayudante, significa la emancipación.

Si para Vázquez Montalbán y su álter ego Carvalho la relación con Barcelona era de amor-odio, quizá por lo mucho que la querían, para Francisco González Ledesma y su inspector Méndez es de nostalgia. Ledesma guarda la memoria de una ciudad que ya no existe, la que tenía su frontera norte en la plaza de Catalunya y, al sur, el mar, el Barrio Chino y el Poble Sec, donde nació. Barcelona es una obsesión y se erige en la auténtica protagonista de sus novelas policiacas, también de sus memorias, Historia de mis calles (2006). La última, Una novela de barrio (2007), que ganó el Premio Internacional de Novela Negra RBA, transcurre en su mayor parte en el Poble Sec, “un barrio que se está muriendo”, en “el que la cuarta parte de la población de Poble Sec ya no es del Poble Sec. Los antiguos obreros anarquistas ya no existen”. Tampoco “quedan las familias que uno conocía de toda la vida”. Esta novela, como las otras de la serie Méndez, no muestra una Barcelona de postal, sino su lado más oscuro, que sigue existiendo. En esa zona se mueve Méndez, al borde de la jubilación, expedientado, que cree más en la ley de la calle que en la justicia. Un hombre generoso a su manera, que siente compasión por los más desvalidos.

BIBLIOGRAFÍA

  • Una educación sentimental (1967)
  • Movimientos sin éxito (1969)
  • Recordando a Dardé (1969)
  • Manifiesto Subnormal (1970)
  • Crónica sentimental de España (1971)
  • Yo maté a Kennedy (1972)
  • A la sombra de las muchachas sin flor y Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973)
  • Happy end (1974)
  • Cuestiones marxistas (1974)
  • Tatuaje (1975)
  • La soledad del manager (1978)
  • Los mares del sur (1979)
  • Asesinato en el Comité Central (1981)
  • Praga (1982)
  • Los pájaros de Bangkok (1983)
  • Mis almuerzos con gente inquietante (1984)
  • La rosa de Alejandría (1984)
  • Historias de fantasmas (1984)
  • Historias de padres e hijos (1984)
  • Tres historias de amor (1984)
  • Historias de política ficción (1984)
  • Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas (1984)
  • El pianista (1985)
  • El balneario (1986)
  • Memoria y deseo (1986)
  • Los alegres muchachos de Atzavara (1987)
  • Pigmalión y otros relatos (1987)
  • Cuarteto (1988)
  • El delantero centro fue asesinado al atardecer (1988)
  • Escritos subnormales (1989)
  • Las recetas de Carvalho (1989)
  • Pero el viajero que huye (1991)
  • El laberinto griego (1991)
  • Sabotaje olímpico (1993)
  • El hermano pequeño (1994)
  • El estrangulador (1994)
  • Roldán, ni vivo ni muerto (1994)
  • Manifiesto desde el planeta de los simios (1995)
  • Pasionaria y los siete enanitos (1995)
  • Un polaco en la corte del rey Juan Carlos (1996)
  • El Premio (1996)
  • Quinteto de Buenos Aires (1997) 
  • Y Dios entró en La Habana (1999)
  • El señor de los bonsáis (1999)
  • Marcos, el Señor de los Espejos (2000)
  • El hombre de mi vida (2000)
  • Lisboa espías y héroes (2001)
  • Erec y Enice (2002)
  • Milenio Carvalho (2004)

VER: http://www.vespito.net/mvm/indesp.html


La Cuadra

Febrero 19, 2009

Salvador Távora homenajea al toro en Sevilla (Foto:Javier Barbancho)

Nuevo espectáculo de La Cuadra, en el que se homenajea al toro, estrenado en Sevilla en febrero de 2009.

La Cuadra es la compañía de teatro andaluza más importante. Así lo dicen sus 30 años de vida, con más de 3.000 representaciones y 2.000.000 de espectadores en más de 30 países. La compañía ha sabido crear una nueva dramaturgia que destaca por su militancia, su tesón y su universalismo. Su director, Salvador Távora, es además de innovador, un autor solidario y comprometido sin concesión alguna, que concibe la creación como un hecho colectivo y singular.

“SEGUIMOS INTENTANDO LO IMPOSIBLE”

Para Salvador Távora, La Cuadra representa un trozo de la historia del teatro español contemporáneo, que sigue intentando “aquellas cosas que son imposibles”. Desde que en 1977, cuando el grupo puso en el escenario una hormigonera, su teatro no renuncia a lo más arriesgado, a la “locura”, que no significa sino una nueva búsqueda. En el libro ‘Salvador Távora y La Cuadra de Sevilla. Tres décadas de creación teatral’, presentado en 2008, se incluyen textos de creación y las imágenes de su estética teatral, entre las que destacan obras como ‘Quejío’ (1972), ‘Los palos’ (1975), ‘Nanas de espinas’ (1982), ‘Piel de toro’ (1985) y ‘Crónica de una muerte anunciada’ (1990). En su segundo volumen aparecen los participantes –elenco y espectadores–, actuaciones –festivales–, críticas y palmarés de todos los espectáculos que Távora y el colectivo han estrenado a lo largo de su trayectoria conjunta, así como un capítulo en el que se reúnen las reflexiones y los textos publicados sobre el lenguaje teatral del creador


“Soledades”, de Antonio Machado

Febrero 2, 2009

Misterioso y silencioso
iba una vez y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
como era hombre de buena fe.
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez.
Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
y del amor y del placer,
cantaba en versos profundos
cuyo secreto era de él.
Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible fue.
Ruego por Antonio a mis dioses,
ellos le salven siempre. Amén.

RUBÉN DARÍO

Poesías Completas

Soledades

(1899-1907)

EL VIAJERO

Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo.

El rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro
de la tierra de un sueño no encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela henchida?

El ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas…

Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tictac del reloj. Todos callamos.

II

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra…

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adonde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

III

La plaza y los naranjos encendidos
con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!…
¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!

IV

EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO

Tierra le dieron una tarde horrible
del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,
había rosas de podridos pétalos,
entre geranios de áspera fragancia
y roja flor. El cielo
puro y azul. Corría
un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd al fondo de la fosa
los dos sepultureros…

Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos…
El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.

—Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos…
Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.

V
RECUERDO INFANTIL

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
“mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón”.

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

VI

Fue una clara tarde, triste y soñolienta
tarde de verano. La hiedra asomaba
al muro del parque, negra y polvorienta…
La fuente sonaba.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruido abrióse la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
golpeó el silencio de la tarde muerta.

En el solitario parque, la sonora
copla borbollante del agua cantora
me guio a la fuente. La fuente vertía
sobre el blanco mármol su monotonía.

La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,
un sueño lejano mi canto presente?
Fue una tarde lenta del lento verano.

Respondí a la fuente:
No recuerdo, hermana,
mas sé que tu copla presente es lejana.

Fue esta misma tarde: mi cristal vertía
como hoy sobre el mármol su monotonía.
¿Recuerdas, hermano? … Los mirtos talares,
que ves, sombreaban los claros cantares
que escuchas. Del rubio color de la llama,
el fruto maduro pendía en la rama,
lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano? …
Fue esta misma lenta tarde de verano.

—No sé qué me dice tu copla riente
de ensueños lejanos, hermana la fuente.

Yo sé que tu claro cristal de alegría
ya supo del árbol la fruta bermeja;
yo sé que es lejana la amargura mía
que sueña en la tarde de verano vieja.

Yo sé que tus bellos espejos cantores
copiaron antiguos delirios de amores:
mas cuéntame, fuente de lengua encantada,
cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

—Yo no sé leyendas de antigua alegría,
sino historias viejas de melancolía.

Fue una clara tarde del lento verano…
Tú venías solo con tu pena, hermano;
tus labios besaron mi linfa serena,
y en la clara tarde dijeron tu pena.

Dijeron tu pena tus labios que ardían;
la sed que ahora tienen, entonces tenían.

—Adiós para siempre la fuente sonora,
del parque dormido eterna cantora.
Adiós para siempre; tu monotonía,
fuente, es más amarga que la pena mía.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruïdo abrióse la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
sonó en el silencio de la tarde muerta.

VII

El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro…

Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan…
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.

VIII

Yo escucho los cantos
de viejas cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,
y vierten en coro
sus almas, que suenan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:
con monotonías
de risas eternas
que no son alegres,
con lágrimas viejas
que no son amargas
y dicen tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.

En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores
que nunca se cuentan.

Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban…

La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.

Cantaban los niños
canciones ingenuas,
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la pena.

Seguía su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la pena.

IX

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!

X

A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas.
A un lado, el viejo paredón sombrío
de una ruinosa iglesia;
a otro lado, la tapia blanquecina
de un huerto de cipreses y palmeras,
y, frente a mí, la casa,
y en la casa la reja
ante el cristal que levemente empaña
su figurilla plácida y risueña.
Me apartaré. No quiero
llamar a tu ventana… Primavera
viene —su veste blanca
flota en el aire de la plaza muerta—;
viene a encender las rosas
rojas de tus rosales… Quiero verla…

XI

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…

¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
—La tarde cayendo está—.

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón”.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino se serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada”.

XII

Amada, el aurea dice
tu pura veste blanca…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

El viento me ha traído
tu nombre en la mañana;
el eco de tus pasos
repite la montaña…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

En las sombrías torres
repican las campanas…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

Los golpes del martillo
dicen la negra caja;
y el sitio de la fosa,
los golpes de la azada…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

 
XIII 

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.

En una huerta sombría
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!»

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía
como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajos los arcos del puente,
como si al pasar dijera:

«Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera».

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar…

¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.

En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba,
alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

XIV

Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copia soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

… Y era el Amor, como una roja llama…
—Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas—.

… Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
—Tal cuando yo era niño la soñaba—.

Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.

XV

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… ¿Es ella?
No puede ser… Camina… En el azul la estrella.

XVI

Siempre fugitiva y siempre
cerca de mí, en negro manto
mal cubierto el desdeñoso
gesto de tu rostro pálido.
No sé adonde vas, ni dónde
tu virgen belleza tálamo
busca en la noche. No sé
qué sueños cierran tus párpados,
ni de quien haya entreabierto
tu lecho inhospitalario.

………………………………………

Detén el paso, belleza
esquiva, detén el paso.
Besar quisiera la amarga,
amarga flor de tus labios.

XVII 

HORIZONTE

En una tarde clara y amplia como el hastío,
cuando su lanza blande el tórrido verano,
copiaban el fantasma de un grave sueño mío
mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
era un cristal de llamas, que al infinito viejo
iba arrojando el grave soñar en la llanura…
Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
repercutir lejana en el sangriento ocaso,
y más allá, la alegre canción de un alba pura.

XVIII
EL POETA

  • Para el libro La casa de la primavera,
  • de Gregorio Martínez Sierra.
  • Maldiciendo su destino
    como Glauco, el dios marino,
    mira, turbia la pupila
    de llanto, el mar, que le debe su blanca virgen Scyla.

    Él sabe que un Dios más fuerte
    con la sustancia inmortal está jugando a la muerte,
    cual niño bárbaro. Él piensa
    que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,
    antes de perderse, gota
    de mar, en la mar inmensa.

    En sueños oyó el acento de una palabra divina;
    en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina,
    sin odio ni amor, y el frío
    soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.

    Bajo las palmeras del oasis el agua buena
    miró brotar de la arena;
    y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros
    animales carniceros…

    Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor.
    Y fue compasivo para el ciervo y el cazador,
    para el ladrón y el robado,
    para el pájaro azorado,
    para el sanguinario azor.

    Con el sabio amargo dijo: Vanidad de vanidades,
    todo es negra vanidad;
    y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:
    sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.

    Y viendo cómo lucían
    miles de blancas estrellas,
    pensaba que todas ellas
    en su corazón ardían.
    ¡Noche de amor!

    Y otra noche
    sintió la mala tristeza
    que enturbia la pura llama,
    y el corazón que bosteza,
    y el histrión que declama

    Y dijo: Las galerías
    del alma que espera están
    desiertas, mudas, vacías:
    las blancas sombras se van.

    Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado de
    ayer. ¡Cuán bello era!
    ¡Qué hermosamente el pasado
    fingía la primavera,
    cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,
    mísero fruto podrido,
    que en el hueco acibarado
    guarda el gusano escondido!
    ¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,
    arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

  • XIX
  • ¡Verdes jardinillos,
    claras plazoletas,
    fuente verdinosa
    donde el agua sueña,
    donde el agua muda
    resbala en la piedra!…

    Las hojas de un verde
    mustio, casi negras
    de la acacia, el viento
    de septiembre besa,
    y se lleva algunas
    amarillas, secas,
    jugando, entre el polvo
    blanco de la tierra.

    Linda doncellita
    que el cántaro llenas
    de agua transparente,
    tú, al verme, no llevas
    a los negros bucles
    de tu cabellera,
    distraídamente,
    la mano morena,
    ni, luego, en el limpio
    cristal te contemplas…

    Tú miras al aire
    de la tarde bella,
    mientras de agua clara
    el cántaro llenas.

    XX
    PRELUDIO

    Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero
    poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.
    Acordaré las notas del órgano severo
    al suspirar fragante del pífano de abril.

    Madurarán su aroma las pomas otoñales,
    la mirra y el incienso salmodiarán su olor;
    exhalarán su fresco perfume los rosales,
    bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.

    Al grave acorde lento de música y aroma,
    la sola y vieja y noble razón de mi rezar
    levantará su vuelo suave de paloma,
    y la palabra blanca se elevará al altar.

    XXI

    Daba el reloj las doce… y eran doce
    golpes de azada en tierra…

    … ¡Mi hora! —grité— … El silencio
    me respondió: —No temas;
    tú no verás caer la última gota
    que en la clepsidra tiembla.

    Dormirás muchas horas todavía
    sobre la orilla vieja
    y encontrarás una mañana pura
    amarrada tu barca a otra ribera.

    XXII

    Sobre la tierra amarga,
    caminos tiene el sueño
    laberínticos, sendas tortuosas,
    parques en flor y en sombra y en silencio;

    criptas hondas, escalas sobre estrellas;
    retablos de esperanzas y recuerdos.
    Figurillas que pasan y sonríen
    —juguetes melancólicos de viejo—;

    imágenes amigas,
    a la vuelta florida del sendero,
    y quimeras rosadas
    que hacen camino… lejos…

    XXIII

    En la desnuda tierra del camino
    la hora florida brota,
    espino solitario,
    del valle humilde en la revuelta umbrosa.

    El salmo verdadero
    de tenue voz hoy torna
    al corazón, y al labio,
    la palabra quebrada y temblorosa.

    Mis viejos mares duermen; se apagaron
    sus espumas sonoras
    sobre la playa estéril. La tormenta
    camina lejos en la nube torva.

    Vuelve la paz al cielo;
    la brisa tutelar esparce aromas
    otra vez sobre el campo, y aparece,
    en la bendita soledad, tu sombra.

    XXIV

    El sol es un globo de fuego,
    la luna es disco morado.

    Una blanca paloma se posa
    en el alto ciprés centenario.

    Los cuadros de mirtos parecen
    de marchito velludo empolvado.

    ¡El jardín y la tarde tranquila!…
    Suena el agua en la fuente de mármol.

    XXV

    ¡Tenue rumor de túnicas que pasan
    sobre la infértil tierra!…
    ¡Y lágrimas sonoras
    de las campanas viejas!

    Las ascuas mortecinas
    del horizonte humean…
    Blancos fantasmas lares
    van encendiendo estrellas.

    —Abre el balcón. La hora
    de una ilusión se acerca…
    La tarde se ha dormido
    y las campanas sueñan.

    XXVI

    ¡Oh, figuras del atrio, más humildes
    cada día y lejanas:
    mendigos harapientos
    sobre marmóreas gradas;
    miserables ungidos
    de eternidades santas,
    manos que surgen de los mantos viejos
    y de las rotas capas!
    ¿Pasó por vuestro lado
    una ilusión velada,
    de la mañana luminosa y fría
    en las horas más plácidas?…
    Sobre la negra túnica, su mano
    era una rosa blanca…

    XXVII

    La tarde todavía
    dará incienso de oro a tu plegaria,
    y quizás el cénit de un nuevo día
    amenguará tu sombra solitaria.
    Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano,
    sino la ermita junto al manso río;
    no tu sandalia el soñoliento llano
    pisará, ni la arena del hastío.
    Muy cerca está, romero,
    la tierra verde y santa y florecida
    de tus sueños; muy cerca, peregrino
    que desdeñas la sombra del sendero
    y el agua del mesón en tu camino.

    XXVIII

    Crear fiestas de amores
    en nuestro amor pensamos,
    quemar nuevos aromas
    en montes no pisados,

    y guardar el secreto
    de nuestros rostros pálidos,
    porque en las bacanales de la vida
    vacías nuestras copas conservamos,

    mientras con eco de cristal y espuma
    ríen los zumos de la vid dorados.
    ………………………………………………..
    Un pájaro escondido entre las ramas
    del parque solitario,
    silba burlón…

    Nosotros exprimimos
    la penumbra de un sueño en nuestro vaso…
    Y algo, que es tierra en nuestra carne,siente
    la humedad del jardín como un halago.

    XXIX

    Arde en tus ojos un misterio, virgen
    esquiva y compañera.

    No sé si es odio o es amor la lumbre
    inagotable de tu aljaba negra.

    Conmigo irás mientras proyecte sombra
    mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

    —¿Eres la sed o el agua en mi camino?
    Dime, virgen esquiva y compañera.

    XXX

    Algunos lienzos del recuerdo tienen
    luz de jardín y soledad de campo;
    la placidez del sueño
    en el paisaje familiar soñado.

    Otros guardan las fiestas
    de días aun lejanos;
    figurillas sutiles
    que pone un titerero en su retablo
    ………………………………………….
    Ante el balcón florido,
    está la cita de un amor amargo.

    Brilla la tarde en el resol bermejo…
    La hiedra efunde de los muros blancos…

    A la revuelta de una calle en sombra
    un fantasma irrisorio besa un nardo.

    XXXI

    Crece en la plaza en sombra
    el musgo, y en la piedra vieja y santa
    de la iglesia. En el atrio hay un mendigo…
    Más vieja que la iglesia tiene el alma.

    Sube muy lento, en las mañanas frías,
    por la marmórea grada,
    hasta un rincón de piedra… Allí aparece
    su mano seca entre la rota capa.

    Con las órbitas huecas de sus ojos
    ha visto cómo pasan
    las blancas sombras, en los claros días,
    las blancas sombras de las horas santas.

    XXXII

    Las ascuas de un crepúsculo morado
    detrás del negro cipresal humean…
    En la glorieta en sombra está la fuente
    con su alado y desnudo Amor de piedra,
    que sueña mudo. En la marmórea taza
    reposa el agua muerta.

    XXXIII

    ¿Mi amor? … ¿Recuerdas, dime,
    aquellos juncos tiernos,
    lánguidos y amarillos
    que hay en el cauce seco?…

    ¿Recuerdas la amapola
    que calcinó el verano,
    la amapola marchita,
    negro crespón del campo?…

    ¿Te acuerdas del sol yerto
    y humilde, en la mañana,
    que brilla y tiembla roto
    sobre una fuente helada? …

    XXXIV

    Me dijo un alba de la primavera:
    Yo florecí en tu corazón sombrío
    ha muchos años, caminante viejo
    que no cortas las flores del camino.

    Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
    el viejo aroma de mis viejos lirios?
    ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente
    del hada de tu sueño adamantino?

    Respondí a la mañana:
    Sólo tienen cristal los sueños míos.
    Yo no conozco el hada de mis sueños;
    ni sé si está mi corazón florido.

    Pero si aguardas la mañana pura
    que ha de romper el vaso cristalino,
    quizás el hada te dará tus rosas,
    mi corazón tus lirios.

    XXXV

    Al borde del sendero un día nos sentamos.
    Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
    son las desesperantes posturas que tomamos
    para aguardar… Mas Ella no faltará a la cita.

    XXXVI

    Es una forma juvenil que un día
    a nuestra casa llega.
    Nosotros le decimos: ¿por qué tornas
    a la morada vieja?
    Ella abre la ventana, y todo el campo
    en luz y aroma entra.
    En el blanco sendero,
    los troncos de los árboles negrean;
    las hojas de sus copas
    son humo verde que a lo lejos sueña.
    Parece una laguna
    el ancho río entre la blanca niebla
    de la mañana. Por los montes cárdenos
    camina otra quimera.

    XXXVII

    ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
    que me traes el retablo de mis sueños
    siempre desierto y desolado, y sólo
    con mi fantasma dentro,
    mi pobre sombra triste
    sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
    o soñando amarguras
    en las voces de todos los misterios,
    dime, si sabes, vieja amada, dime
    si son mías las lágrimas que vierto!
    Me respondió la noche:
    Jamás me revelaste tu secreto.
    Yo nunca supe, amado,
    si eras tú ese fantasma de tu sueño,
    ni averigüé si era su voz la tuya,
    o era la voz de un histrión grotesco.

    Dije a la noche: Amada mentirosa,
    tú sabes mi secreto;
    tú has visto la honda gruta
    donde fabrica su cristal mi sueño,
    y sabes que mis lágrimas son mías,
    y sabes mi dolor, mi dolor viejo.

    ¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,
    yo no sé tu secreto,
    aunque he visto vagar ese que dices
    desolado fantasma, por tu sueño.
    Yo me asomo a las almas cuando lloran
    y escucho su hondo rezo,
    humilde y solitario,
    ese que llamas salmo verdadero;
    pero en las hondas bóvedas del alma
    no sé si el llanto es una voz o un eco.

    Para escuchar tu queja de tus labios
    yo te busqué en tu sueño,
    y allí te vi vagando en un borroso
    laberinto de espejos.

    CANCIONES

    XXXVIII

    Abril florecía
    frente a mi ventana.
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas
    de un balcón florido,
    vi las dos hermanas.
    La menor cosía,
    la mayor hilaba …
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas,
    la más pequeñita,
    risueña y rosada
    —su aguja en el aire—,
    miró a mi ventana.

    La mayor seguía
    silenciosa y pálida,
    el huso en su rueca
    que el lino enroscaba.
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    Una clara tarde
    la mayor lloraba,
    entre los jazmines
    y las rosas blancas,
    y ante el blanco lino
    que en su rueca hilaba.
    —¿Qué tienes —le dije—
    silenciosa pálida?
    Señaló el vestido
    que empezó la hermana.
    En la negra túnica
    la aguja brillaba;
    sobre el velo blanco,
    el dedal de plata.
    Señaló a la tarde
    de abril que soñaba,
    mientras que se oía
    tañer de campanas.
    Y en la clara tarde
    me enseñó sus lágrimas…
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    Fue otro abril alegre
    y otra tarde plácida.
    El balcón florido
    solitario estaba…
    Ni la pequeñita
    risueña y rosada,
    ni la hermana triste,
    silenciosa y pálida,
    ni la negra túnica,
    ni la toca blanca…
    Tan sólo en el huso
    el lino giraba
    por mano invisible,
    y en la oscura sala
    la luna del limpio
    espejo brillaba…
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas
    del balcón florido,
    me miré en la clara
    luna del espejo
    que lejos soñaba…
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    XXXIX

    COPLAS ELEGÍACAS

    ¡Ay del que llega sediento
    a ver el agua correr,
    y dice: la sed que siento
    no me la calma el beber!

    ¡Ay de quien bebe y, saciada
    la sed, desprecia la vida:
    moneda al tahúr prestada,
    que sea al azar rendida!

    Del iluso que suspira
    bajo el orden soberano,
    y del que sueña la lira
    pitagórica en su mano.

    ¡Ay del noble peregrino
    que se para a meditar,
    después de largo camino
    en el horror de llegar!

    ¡Ay de la melancolía
    que llorando se consuela,
    y de la melomanía
    de un corazón de zarzuela!

    ¡Ay de nuestro ruiseñor,
    si en una noche serena
    se cura del mal de amor
    que llora y canta sin pena!

    ¡De los jardines secretos,
    de los pensiles soñados,
    y de los sueños poblados
    de propósitos discretos!

    ¡Ay del galán sin fortuna
    que ronda a la luna bella;
    de cuantos caen de la luna,
    de cuantos se marchan a ella!

    ¡De quien el fruto prendido
    en la rama no alcanzó,
    de quien el fruto ha mordido
    y el gusto amargo probó!

    ¡Y de nuestro amor primero
    y de su fe mal pagada,
    y, también, del verdadero
    amante de nuestra amada!

    XL

    INVENTARIO GALANTE

    Tus ojos me recuerdan
    las noches de verano
    negras noches sin luna,
    orilla al mar salado,
    y el chispear de estrellas
    del cielo negro y bajo.
    Tus ojos me recuerdan
    las noches de verano.
    Y tu morena carne,
    los trigos requemados,
    y el suspirar de fuego
    de los maduros campos.

    Tu hermana es clara y débil
    como los juncos lánguidos,
    como los sauces tristes,
    como los linos glaucos.
    Tu hermana es un lucero
    en el azul lejano…
    Y es alba y aura fría
    sobre los pobres álamos
    que en las orillas tiemblan
    del río humilde y manso.
    Tu hermana es un lucero
    en el azul lejano.

    De tu morena gracia,
    de tu soñar gitano,
    de tu mirar de sombra
    quiero llenar mi vaso.
    Me embriagaré una noche
    de cielo negro y bajo,
    para cantar contigo,
    orilla al mar salado,
    una canción que deje
    cenizas en los labios…
    De tu mirar de sombra
    quiero llenar mi vaso.

    Para tu linda hermana
    arrancaré los ramos
    de florecillas nuevas
    a los almendros blancos,
    en un tranquilo y triste
    alborear de marzo.
    Los regaré con agua
    de los arroyos claros,
    los ataré con verdes
    junquillos del remanso…
    Para tu linda hermana
    yo haré un ramito blanco.

    XLI

    Me dijo una tarde
    de la primavera:
    Si buscas caminos
    en flor en la tierra,
    mata tus palabras
    y oye tu alma vieja.
    Que el mismo albo lino
    que te vista, sea
    tu traje de duelo,
    tu traje de fiesta.
    Ama tu alegría
    y ama tu tristeza,
    si buscas caminos
    en flor en la tierra.
    Respondí a la tarde
    de la primavera:
    Tú has dicho el secreto
    que en mi alma reza:
    yo odio la alegría
    por odio a la pena.
    Mas antes que pise
    tu florida senda,
    quisiera traerte
    muerta mi alma vieja.

    XLII

    La vida hoy tiene ritmo
    de ondas que pasan,
    de olitas temblorosas
    que fluyen y se alcanzan.
    La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,
    la risa de las aguas
    que entre los verdes junquerales corren,
    y entre las verdes cañas.
    Sueño florido lleva el manso viento;
    bulle la savia joven en las nuevas ramas;
    tiemblan alas y frondas,
    y la mirada sagital del águila
    no encuentra presa… Treme el campo en sueños,
    vibra el sol como un arpa.
    ¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros,
    que por las selvas pasas
    a la hora del cenit: tiemble en mi pecho
    el oro de tu aljaba!
    En tus labios florece la alegría
    de los campos en flor; tu veste alada
    aroman las primeras velloritas,
    las violetas perfuman tus sandalias.
    Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque,
    arrebatados tras la corza rápida,
    y los ágiles músculos rosados
    de tus piernas silvestres entre verdes ramas.
    ¡Pasajera ilusión de ojos guerreros
    que por las selvas pasas
    cuando la tierra reverdece y ríen
    los ríos en las cañas!
    ¡Tiemble en mi pecho el oro
    que llevas en tu aljaba!

    XLIII

    Era una mañana y abril sonreía.
    Frente al horizonte dorado moría
    la luna, muy blanca y opaca; tras ella,
    cual tenue ligera quimera, corría
    la nube que apenas enturbia una estrella.

    …………………………………………………………………………….

    Como sonreía la rosa mañana
    al sol del Oriente abrí mi ventana;
    y en mi triste alcoba penetró el Oriente
    en canto de alondras, en risa de fuente
    y en suave perfume de flora temprana.
    Fue una clara tarde de melancolía
    Abril sonreía. Yo abrí las ventanas
    de mi casa al viento… El viento traía
    perfume de rosas, doblar de campanas…
    Doblar de campanas lejanas, llorosas,
    suave de rosas aromado aliento…
    … ¿Dónde están los huertos floridos de rosas?
    ¿Qué dicen las dulces campanas al viento?

    …………………………………………………………
    Pregunté a la tarde de abril que moría:
    ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?
    La tarde de abril sonrió: La alegría
    pasó por tu puerta —y luego, sombría:—
    Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

    XLIV

    El casco roído y verdoso
    del viejo falucho
    reposa en la arena…
    La vela tronchada parece
    que aún sueña en el sol y en el mar.
    El mar hierve y canta…
    El mar es un sueño sonoro
    bajo el sol de abril.
    El mar hierve y ríe
    con olas azules y espumas de leche y de plata,
    el mar hierve y ríe
    bajo el cielo azul.
    El mar lactescente,
    el mar rutilante,
    que ríe en sus liras de plata sus risas azules…
    ¡Hierve y ríe el mar!…
    El aire parece que duerme encantado
    en la fúlgida niebla de sol blanquecino.
    La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento
    volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.

    XLV

    El sueño bajo el sol que aturde y ciega,
    tórrido sueño en la hora de arrebol;
    el río luminoso el aire surca;
    esplende la montaña
    la tarde es polvo y sol.
    El sibilante caracol del viento
    ronco dormita en el remoto alcor;
    emerge el sueño ingrave en la palmera,
    luego se enciende en el naranjo en flor.
    La estúpida cigüeña
    su garabato escribe en el sopor
    del molino parado; el toro abate
    sobre la hierba la testuz feroz.
    La verde, quieta espuma del ramaje
    efunde sobre el blanco paredón,
    lejano, inerte, del jardín sombrío,
    dormido bajo el cielo fanfarrón.
    ………………………………………………….
    Lejos, enfrente de la tarde roja,
    refulge el ventanal del torreón.
    ………………………………………………….

    HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES
    LOS GRANDES INVENTOS

    XLVI

    LA NORIA

    La tarde caía
    triste y polvorienta.
    El agua cantaba
    su copla plebeya
    en los cangilones
    de la noria lenta.
    Soñaba la mula
    ¡pobre mula vieja!,
    al compás de sombra
    que en el agua suena.
    La tarde caía
    triste y polvorienta.
    Yo no sé qué noble,
    divino poeta,
    unió a la amargura
    de la eterna rueda
    la dulce armonía
    del agua que sueña,
    y vendó tus ojos,
    ¡pobre mula vieja!…
    Mas sé que fue un noble,
    divino poeta,
    corazón maduro
    de sombra y de ciencia.

    XLVII


    Alfonsina Storni

    Enero 29, 2009

    Alfonsina Storni (Foto: Wikipedia)

    No sabemos si Alfonsina Storni es más leyenda que poesía o al revés. Pero la verdad es que su poesía, valiente y sencilla, sigue siendo ejemplo de toda una generación argentina de principios del siglo XX. La de Mercedes Sosa ha sido una de las voces más emocionantes que recuerdan a nuestra poetisa. Alfonsina, enferma de cáncer terminal, acabó con su vida como también hizo su amigo Horacio Quiroga. Para despedirse escribió una carta a su hijo y un poema enigmático al diario La Nación:

    Dientes de flores, cofia de rocío,
    manos de hierbas, tú, nodriza fina,
    tenme prestas las sábanas terrosas
    y el edredón de musgos escardados.

    Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
    Ponme una lámpara en la cabecera;
    una constelación, la que te guste;
    todas son buenas, bájala un poquito.

    Déjame sola; oyes romper los brotes…
    te acuna un pie celeste desde arriba
    y un pájaro te traza unos compases

    para que olvides… Gracias… Ah, un encargo:
    si él llama nuevamente por teléfono
    le dices que no insista, que he salido.

     
    La tradición fijó la leyenda de que fue internándose lentamente en el mar, a pesar de que algunos testigos aseguran que se arrojó desde unas rocas. Y así desapareció una mujer que vivió con gran decisión, como queda claro en su poema Tú me quieres blanca. Ahora podemos leerlo mientras lo escuchamos de su propia voz, con una sorna propia de quien supo dominar su vida…

    TU ME QUIERES BLANCA

    Tú me quieres alba,
    Me quieres de espumas,
    Me quieres de nácar.
    Que sea azucena
    Sobre todas, casta.
    De perfume tenue.
    Corola cerrada

    Ni un rayo de luna
    Filtrado me haya.
    Ni una margarita
    Se diga mi hermana.
    Tú me quieres nívea,
    Tú me quieres blanca,
    Tú me quieres alba.

    Tú que hubiste todas
    Las copas a mano,
    De frutos y mieles
    Los labios morados.
    Tú que en el banquete
    Cubierto de pámpanos
    Dejaste las carnes
    Festejando a Baco.
    Tú que en los jardines
    Negros del Engaño
    Vestido de rojo
    Corriste al Estrago.

    Tú que el esqueleto
    Conservas intacto
    No sé todavía
    Por cuáles milagros,
    Me pretendes blanca
    (Dios te lo perdone),
    Me pretendes casta
    (Dios te lo perdone),
    ¡Me pretendes alba!

    Huye hacia los bosques,
    Vete a la montaña;
    Límpiate la boca;
    Vive en las cabañas;
    Toca con las manos
    La tierra mojada;
    Alimenta el cuerpo
    Con raíz amarga;
    Bebe de las rocas;
    Duerme sobre escarcha;
    Renueva tejidos
    Con salitre y agua;
    Habla con los pájaros
    Y lévate al alba.
    Y cuando las carnes
    Te sean tornadas,
    Y cuando hayas puesto
    En ellas el alma
    Que por las alcobas
    Se quedó enredada,
    Entonces, buen hombre,
    Preténdeme blanca,
    Preténdeme nívea,
    Preténdeme casta.

    VER:
    Poesía de Alfonsina Storni
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