Luis Martín-Santos vs. Juan Benet, por Manuel Vicent

Septiembre 24, 2009

Juan Benet, por Luis MagánJuan Benet (Madrid, 1927-1993), por Luis Magán 

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.

Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Luis Martin-Santos

Luis Martín-Santos (Larache, 1924-Vitoria, 1964)

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado.

VER:EL PAÍS Babelia


Manuel Vázquez Montalbán

Marzo 18, 2009

Manuel Vázquez Montalbán, por Hado Lyria

Manuel Vázquez Montalbán, por Hado Lyria

Nacido en Barcelona en 1939, fue un escritor todoterreno (poeta, novelista, periodista y ensayista). Perteneció a la Generación de 1968 o Novísimos. Licenciado en Filosofía y Letras y Periodismo, fue autor de una extensa obra que arrancó como poeta –fue uno de los nueve “novísimos” de Josep María Castellet– y continuó con ensayos, novelas y artículos de prensa siempre comprometidos. En su juventud participó primero en el Frente de Liberación Popular –conocido como Felipe– y, después, en el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC, comunista). Condenado a tres años de cárcel en un Consejo de Guerra en 1962, colaboró con la revista “Triunfo”. Sus artículos se recogieron en libros como “Crónica sentimental de España”, “Mis almuerzos con gente inquietante” o “Escritos subnormales”. Su presencia en la prensa española ha sido ininterrumpida hasta su muerte (“El País” o “Interviú”). En poesía, es autor de Una educación sentimental (1967), Praga (1982), su poesía se reúne íntegramente en el volumen Memoria y deseo. Su narrativa, iniciada en Recordando a Dardé, ha producido textos experimentales o como el ciclo de Pepe Carvalho, personaje que apareció por primera vez en Yo maté a Kennedy. En El pianista, ha fabulado el papel del artista en la sociedad contemporánea y en Galíndez, ha reflejado un oscuro episodio de la política española. Murió en octubre de 2003, a los 64 años.

Los orígenes de la novela negra en España

Vázquez Montalbán creció en una España pobre y triste. En su juventud, todo estaba prohibido. Y entre una España oficial seria y una oposición más seria aún, el espíritu libre de Manuel Vázquez no podía dejar de emplear el humor liberador. Cuando el realismo social imperaba, él se aproximó a un género clásico, pero a su manera. Mario Lacruz publicó sus primeras novelas policiacas a finales de los sesenta (El inocente, 1969) y García Pavón ganó el Premio Nadal 1969 con Las hermanas coloradas (protagonizada por Plinio). En catalán ya se cultivaba el género (Rafael Tasis, por ejemplo, sacó en 1955 És hora de plegar, al estilo clásico, pero ambientada en la 2ª República. Manuel de Pedrolo publicó en 1954 Es vessa una sang inútil, y Jaume Fuster, en 1972, De mica en mica s’omple la pica).

Pepe Carvalho

Montalbán creó una de las series de novela negra más exitosas y prolíficas de la literatura española. Esta serie, protagonizada por el detective Pepe Carvalho, fue un vehículo expresivo para legar una crónica sociopolítica desde los años del tardofranquismo a la reciente democracia. Por citar algunos ejemplos:

  • En (Asesinato en el Comité Central 1981) se consuma un asesinato de un dirigente comunista en plena crisis del Eurocomunismo del PCE.
  • En 1993, serán los fastos de la Barcelona Olímpica quienes centren las aventuras del detective (Sabotaje olímpico)

Las novelas sirven al mismo tiempo para dar rienda suelta a la pasión desatada del escritor por la gastronomía o el humor ácido y maleducado de un hombre fomal. Fue en 1972 cuando salió a la calle el personaje de ficción más famoso e nuestra novela reciente, el detective Pepe Carvalho. La serie cuent con 22 títulos, entre novelas y relatos, y cambia el rumbo de la novela negra en España. Nadie niega que su influencia ha sido enorme: el italiano Andrea Camilleri reconoce que su comisario Montalbano es un homenaje a Vázquez Montalbán; Petros Márkaris dice que su policía Kostas Jaritos debe mucho a Carvalho.

Leídos ahora, uno tras otro, los libros protagonizados por Pepe Carvalho, es fácil darse cuenta de la enorme coherencia de la serie, que nace en el tardofranquismo, recorre la transición y llega a la globalización, con el objetivo de inventariar el mundo desde Barcelona. Vemos la evolución del detective, cada vez más cínico, más escéptico y descreído. “No tengo patrias trascendentes, ni voto ni me quedan banderas”, afirma en El hombre de mi vida. El detective Carvalho nace en Souto (Lugo) y llega a Barcelona, al Barrio Chino, durante la Guerra Civil. Tras diversas peripecias y trabajos, se va a Estados Unidos para dar clases de castellano, pero se convierte en agente de la CIA y guardaespaldas de Kennedy. Yo maté a Kennedy es una novela de carácter experimental, con elementos vanguardistas que luego veremos en sus Escritos subnormales. Carvalho regresa a Barcelona en 1970 y ahí empiezan sus apasionadas relaciones de amor-odio con la ciudad. En Tatuaje (1974) ya tiene despacho en La Rambla y casa en Vallvidrera, desde donde puede ver toda la ciudad y donde quema los libros que no le gustan o que cree que no aportan soluciones a una sociedad cada vez más desquiciada. El deseo de huir hacia al sur, hacia lugares donde le gustaría quedarse, es otro de los recurrentes.

A medida que avanza la serie, Carvalho se disgusta más y más con Barcelona. La destrucción del Barrio Chino para convertirse en el Raval le deja desubicado. Las construcciones olímpicas para los Juegos de 1992 le llenan de furor, tanto es así que en El laberinto griego (1991) y Sabotaje olímpico (1993) vuelve a la experimentación y la subnormalidad. No hay para menos, Carvalho vive en Vallvidrera, y la Torre Foster, muy cerca de su casa, interfiere en su teléfono. Ya no le gusta Barcelona y en dos de las siguientes novelas, emigra. En El premio (1996) se va a Madrid, y Quinteto de Buenos Aires (1997) transcurre en Madrid. En El hombre de mi vida, Carvalho regresa a la Barcelona transformada por los JJ OO y se reconcilia con ella: desde Vallvidrera baja para bañarse en la Barceloneta. Pero se siente cada vez más derrotado, prejubilado. Milenio, en dos volúmenes (2004), es la síntesis y conclusión de la vida de Carvalho. Con Biscuter se van a dar la vuelta al mundo. Para el detective, es una huida y una despedida; para su ayudante, significa la emancipación.

Si para Vázquez Montalbán y su álter ego Carvalho la relación con Barcelona era de amor-odio, quizá por lo mucho que la querían, para Francisco González Ledesma y su inspector Méndez es de nostalgia. Ledesma guarda la memoria de una ciudad que ya no existe, la que tenía su frontera norte en la plaza de Catalunya y, al sur, el mar, el Barrio Chino y el Poble Sec, donde nació. Barcelona es una obsesión y se erige en la auténtica protagonista de sus novelas policiacas, también de sus memorias, Historia de mis calles (2006). La última, Una novela de barrio (2007), que ganó el Premio Internacional de Novela Negra RBA, transcurre en su mayor parte en el Poble Sec, “un barrio que se está muriendo”, en “el que la cuarta parte de la población de Poble Sec ya no es del Poble Sec. Los antiguos obreros anarquistas ya no existen”. Tampoco “quedan las familias que uno conocía de toda la vida”. Esta novela, como las otras de la serie Méndez, no muestra una Barcelona de postal, sino su lado más oscuro, que sigue existiendo. En esa zona se mueve Méndez, al borde de la jubilación, expedientado, que cree más en la ley de la calle que en la justicia. Un hombre generoso a su manera, que siente compasión por los más desvalidos.

BIBLIOGRAFÍA

  • Una educación sentimental (1967)
  • Movimientos sin éxito (1969)
  • Recordando a Dardé (1969)
  • Manifiesto Subnormal (1970)
  • Crónica sentimental de España (1971)
  • Yo maté a Kennedy (1972)
  • A la sombra de las muchachas sin flor y Coplas a la muerte de mi tía Daniela (1973)
  • Happy end (1974)
  • Cuestiones marxistas (1974)
  • Tatuaje (1975)
  • La soledad del manager (1978)
  • Los mares del sur (1979)
  • Asesinato en el Comité Central (1981)
  • Praga (1982)
  • Los pájaros de Bangkok (1983)
  • Mis almuerzos con gente inquietante (1984)
  • La rosa de Alejandría (1984)
  • Historias de fantasmas (1984)
  • Historias de padres e hijos (1984)
  • Tres historias de amor (1984)
  • Historias de política ficción (1984)
  • Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas (1984)
  • El pianista (1985)
  • El balneario (1986)
  • Memoria y deseo (1986)
  • Los alegres muchachos de Atzavara (1987)
  • Pigmalión y otros relatos (1987)
  • Cuarteto (1988)
  • El delantero centro fue asesinado al atardecer (1988)
  • Escritos subnormales (1989)
  • Las recetas de Carvalho (1989)
  • Pero el viajero que huye (1991)
  • El laberinto griego (1991)
  • Sabotaje olímpico (1993)
  • El hermano pequeño (1994)
  • El estrangulador (1994)
  • Roldán, ni vivo ni muerto (1994)
  • Manifiesto desde el planeta de los simios (1995)
  • Pasionaria y los siete enanitos (1995)
  • Un polaco en la corte del rey Juan Carlos (1996)
  • El Premio (1996)
  • Quinteto de Buenos Aires (1997) 
  • Y Dios entró en La Habana (1999)
  • El señor de los bonsáis (1999)
  • Marcos, el Señor de los Espejos (2000)
  • El hombre de mi vida (2000)
  • Lisboa espías y héroes (2001)
  • Erec y Enice (2002)
  • Milenio Carvalho (2004)

VER: http://www.vespito.net/mvm/indesp.html