Gabriel García Márquez ha escrito algunas de las mejores novelas del siglo XX. Y las ha escrito en español. Un español de Colombia que le valió el Premio Nobel de 1982. Ahora ha sido publicado en Scribd y yo te lo enlazo:
Mario Benedetti
Mayo 23, 2009Yo no te pido
Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.
Yo no te pido que me firmes
diez papeles grises para amar
sólo te pido que tu quieras
las palomas que suelo mirar.
De lo pasado no lo voy a negar
el futuro algún día llegara
y del presente
que le importa a la gente
si es que siempre van a hablar.
Sigue llenando este minuto
de razones para respirar
no me complazcas no te niegues
no hables por hablar.
Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
solo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.
Mario Benedetti (Paso de los Toros (Uruguay), 1920-Montevideo, 2009) es autor de algunas obras maestras: La tregua, Primavera con una esquina rota. Comenzó su carrera litearria en la revista Marcha, cerca de Juan Carlos Onetti, Ángel Rama y otros intelectuales de la izquierda uruguaya. Vinculado al exilio y al desexilio, tuvo una auténtica vocación de compromiso. Su defensa de los más vulnerables nos deja el retrato de un hombre bueno, íntegro, inteligente y afable. Avellaneda y yo- es otro de sus libros favoritos. Benedetti, poeta insumiso y bondadoso, nos dejó también una larga obra en verso.
Mario Benedetti. Un mito discretísimo
Hortensia Campanella
Alfaguara. Madrid, 2009
376 páginas. 19,23 euros
Mario Benedetti (Foto: Daniel Mordzinski)
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría
VER: A media voz
Anne Sexton
Mayo 21, 2009Linteo (sello editorial orensano coordinado por Antonio Colinas) acaba de publicar una edición bilingüe de los Poemas de amor, de Anne Sexton, con traducción e introducción de Ben Clark, un joven poeta nacido en Ibiza. En 1969, Anne Sexton publicaba sus Love Poems, el resultado de la convalecencia de una doble fractura: la de la cadera y otra mucho más grave, la fractura de la personalidad, la caída en la angustia y en un desorden múltiple: psíquico, sentimental o verbal.
Fue también mi corazón violento el que se rompió,
cayendo por las escaleras del hall.
No era fácil abordar en una traducción los hiatos de contenido y expresión que sirvieron de terapia a su autora. Ben Clark, que afrontó el riesgo, lo ha solucionado con la solvencia del buen poeta.
Anne Sexton
Algunos poemas de amor, de Anne Sexton:
Juan Goytisolo recorre la obra de Jean Genet
Abril 27, 20091932. España estaba cubierta entonces de vagabundos: sus mendigos iban de pueblo en pueblo, por Andalucía en razón de su buen clima; por Cataluña, de su riqueza, pero todo el país nos era favorable. Fui así un piojo con la conciencia de serlo. En Barcelona, frecuentábamos sobre todo la calle Mediodía y la del Carmen. Nos acostábamos a veces seis en un jergón sin sábanas y, al amanecer, íbamos a pordiosear por los mercados. Salíamos en banda del Barrio Chino y nos dispersábamos con un capacho bajo el brazo, pues las amas de casa nos daban más bien un puerro o un nabo que unos céntimos. A mediodía regresábamos y nos hacíamos la sopa con lo recaudado. Lo que voy a describir son los hábitos de la canalla.
Caído en la abyección, Genet decidirá asumirla y convertirla en virtud suprema. La escala de valores de la sociedad biempensante no será la suya sino dándole la vuelta: lo vil se transmutará en noble y lo noble en vil. El proceso de subversión íntima iniciado en el antiguo Barrio Chino barcelonés será largo y accidentado, y se plasmará en la siguiente década en sus primeras obras poéticas y narrativas escritas en la cárcel parisiense de la Santé. El joven inclusero, mísero e indocumentado se consagrará al robo, la prostitución y la mendicidad en su anhelo de alcanzar la dureza empedernida del criminal con la misma entrega de quien se inicia en los arcanos de una creencia mística y de su áspero camino de perfección espiritual. Los piojos, escribe en Diario del ladrón, eran el signo más visible de su indignidad, tan representativos de su condición de paria como las joyas que adornan a aristócratas y burgueses de la de su estatus de gente guapa. Los harapos y las llagas amorosamente cuidados para atraer la conmiseración mudarán en su fuero interior la vergüenza en gloria. El orgullo necesario para enfrentarse al desprecio ajeno, sólido y resistente como esa roca que parte la corriente de un río, se afianzará en su voluntad de envilecimiento: su patria será la chusma, y él su cronista y cantor. Las fechas de la estancia de Genet en España no pueden fijarse con exactitud. Aunque en Diario del ladrón habla de 1932, lo cierto es que, tras alistarse por primera vez en el ejército a su salida del reformatorio de Mettray y ser destinado como “jenízaro colonial” a Siria en 1930, de donde fue repatriado el siguiente año, firmó un nuevo contrato de alistamiento y fue enviado al Séptimo Regimiento de tropas indígenas de Meknés, en el que permaneció hasta enero de 1933. Ni la exhaustiva biografía de Edmund White ni la cronología establecida por Albert Dichy fijan claramente la duración de su etapa española. Probablemente ésta se extienda de noviembre de 1933 a abril de 1934. La única prueba documental de la misma es la carta dirigida a André Gide el 12-12-1933 en la que, después de pintar su poco brillante situación material (“estoy sin un céntimo en Barcelona, el cónsul es intratable, soy huérfano y vagabundeo de tasca en tasca”), solicita su ayuda y da como remite el Apartado de Correos de la ciudad. Tras su iniciación en la querencia barcelonesa del antiguo Distrito Quinto, la carrera de ladronzuelo de Genet continuará, primero por Europa Central y luego en Francia, hasta la publicación de sus primeras obras, escritas en la cárcel, a mediados de los cuarenta. Un breve repaso a sus sentencias condenatorias, reproducidas en el libro de Albert Dichy y Pascal Fouché (Jean Genet. Essai de Chronologie), revela que su fascinación juvenil por el crimen y devoción por sus profesionales no le llevaron a emular sus hazañas sino de forma muy modesta. Junto a los “delitos” de vagabundeo —el equivalente de nuestra infame Ley de Vagos y Maleantes—, carencia de carné antropométrico de identidad o intento de viajar en tren con una tarjeta militar falsificada, leemos: substracción fraudulenta de una docena de pañuelos en los almacenes La Samaritaine; idem, de autógrafos en una librería de la Rue Bonaparte; hurto de una camisa de seda en los almacenes del Louvre; de un retal de sábana en el Bazar de l’Hôtel de Ville; de una billetera y una maleta, etcétera. Su fallida carrera en el robo le condujo no obstante a su condición de gran escritor: a convertirse en esa bomba literaria descubierta por Cocteau y cuya potencia subversiva no tardaría en conmocionar a Sartre. “Detrás del Paralelo se extendía un solar en el que los marginados jugaban a cartas (El Paralelo es una avenida de Barcelona paralela a las célebres Ramblas. Entre estas vías, muy amplias, un laberinto de calles estrechas, oscuras y sucias forman el Barrio Chino)”. Con estas palabras, propias de una pequeña guía para turistas, Genet nos introduce en lo que será para él en adelante su “territorio moral” —el del robo, prostitución masculina, traición, humillaciones, miseria—, vinculado para siempre a España y a su iniciática experiencia barcelonesa. Su aprendizaje en el mal, de la mano izquierda de su mentor, el manco Stilitano, será el de un pícaro de escaso oficio y exiguo beneficio: hurto en los cepillos de las iglesias, timos menores, demanda en el consulado de su país de un bono de repatriación hasta la frontera con el correspondiente billete de tren que venderá en la estación de Francia, prostitución con marinos extranjeros por un puñado de pesetas. Su acto más audaz consistirá en el robo de la esclavina de un carabinero en los muelles del puerto. Después de satisfacer los deseos de éste en su garita de guardia, aprovechará el momento en que va a lavarse en la pila de una fuente cercana para apropiarse de la prenda y huir envuelto con ella a su querencia del Barrio Chino. La modesta hazaña le engrandece a ojos de su mentor, a quien confía la venta de su botín en muestra de su devota sumisión (El carabinero burlado irá a buscarle a La Criolla pero, advertido del peligro, Genet “toma las del Paralelo” y desaparece por un tiempo del local). Extramuros de los reformatorios en los que fue internado desde la adolescencia y de los cuarteles en los que a continuación se alistó, Genet hallará en la España convulsa de la época el punto en el que asentará su aventura estética y moral. El Barrio Chino barcelonés —el actual Raval— era la guarida ideal para las heces y detritus de la sociedad. La “librea de la miseria” de la que hablan irónicamente nuestros clásicos —esto es, los harapos, la mugre y las alpargatas usadas hasta la trama— identificaba a la hermandad de mendigos y rateros acampada en él. La galería de personajes genetianos —buscavidas, rufianes, prostitutas, pordioseros, desertores, travestidos— se amadrigaba en la espesura urbana del ámbito como quien se acogía anteriormente a lo sagrado y no difiere mucho del hampa sevillana que conoció Cervantes. El aura sacra del execrado Distrito Quinto guiará a Genet, como veremos, por los caminos de su peculiar santidad. El Genet ramblero e hijo espurio del Paralelo se adentrará en el territorio de la ignominia resuelto a convertirse en objeto de desdén y de asco, en una busca de acendramiento íntimo que en otra ocasión comparé con la de los malamatís del Islam, a quienes Ibn Arabi situaba en la esfera más alta de los bienaventurados. Él y sus cofrades de la miseria lucirán a través de España, nos dice, “una magnificencia secreta, humilde y sin arrogancia”. Su empeño se cifrará en “dar un sentido sublime a una apariencia tan Mísera”. La soledad moral a la que aspira convertirá su destino en una conciencia irreductible de la que surge una obra luminosa y de perturbadora singularidad. La aspiración al crimen condenado por sociedad, asociada a la de la traición, adquirirá una dureza y fulgor comparables a los del diamante. La admiración de Genet por las locas españolas que frecuentó en Barcelona y Cádiz apareció más de una vez en nuestras conversaciones. Eran las más audaces y provocadoras de Europa, decía, como reacción natural al rechazo que suscitaban. Asumían el oprobio de la opinión común con un ritual de disfraces, gestos y voces agudas que, a partir de la histeria, alcanzaba la sublimidad. Cuando me adentré por primera vez en el Barrio Chino en 1949 de la mano de un compañero de universidad aficionado como yo a los libros y experto en las zonas desaconsejadas de la ciudad, La Criolla y los bares en los que anidaba la especie maldita no existían ya. La red de callejuelas que se extendía del Portal de Santa Madrona a la calle del Carme albergaba tan sólo numerosos prostíbulos a cinco pesetas por ficha y la miseria reinante no debía diferir mucho de la que conoció Genet. El célebre burdel de Madame Petite, en el que posiblemente se inspiró al componer Querelle de Brest (“La Feria”, de Madame Lysiane), era una sombra de sí mismo y la progenie de las execradas en público (y apreciadas por algunos en privado) ocultaban su maquillaje, abanicos, peinetas y faralaes a los ojos del ciudadano “decente”. Una foto publicada recientemente en EL PAÍS, en la que dos travestidos merodean por La Rambla, avanzada ya la noche, a la caza de un turista borracho a fin de desvalijarlo me trajo a la memoria un pasaje de Diario del ladrón en el que dos “mariconas” muy compuestas, de ojos admirables y cejas inmensas pasean por las cercanías de una vespasiana (así se llamaba en Francia a los urinarios públicos, de chapa circular de metal, despiadadamente demolidos por el alcalde Chirac) con un mono amaestrado en los hombros. A la señal de una de ellas, el mono saltaba de un brinco sobre el ligón de apariencia más burguesa y, aprovechando su confusión, le robaban la cartera. La procesión fúnebre de las llamadas también Carolinas (valientes precursoras de las “gasolinas” parisienses de Mayo de 68) al emplazamiento de uno de los meaderos destruidos durante los disturbios callejeros de 1933 es uno de los momentos más bellos de Diario del ladrón: Estaba cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paralelo, torció por la calle San Pablo, bajó por La Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza. Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel, y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores. ¿Qué cineasta de genio filmará algún día la escena con la bella precisión de un Visconti y el humor cruel de Fassbinder? El heroísmo tragicómico de las Carolinas merece un recordatorio y su inclusión en los breviarios de una nueva forma de santidad en los antípodas de la de Monseñor Escrivá y de la del fundador de los Legionarios de Cristo Rey. Genet se reprochó siempre, me dijo, su falta de arrojo. Permaneció junto a la multitud indulgente e irónica que acogía su duelo en vez de ocupar el lugar honroso que le correspondía. Una de las páginas más bellas de Diario del ladrón es la del episodio del tubo de vaselina. Detenido en una redada y conducido con otros sospechosos a la comisaría del distrito (imagino muy bien la escena, pues el poeta Jaime Gil de Biedma y yo corrimos la misma suerte a fines de los cincuenta del pasado siglo, cuando callejeábamos de noche por el barrio, en el cruce de San Pau y Robadors), el policía que cachea a Genet le saca del bolsillo el lubrificante empleado para la penetración anal (que yo acostumbraba a llevar también en mis primeras incursiones por Barbés y la Gare de Nord): un tubo usado ya y cuya mera presencia en el lugar es la prueba palmaria de su pertenencia al gremio de las “mariconas” (Genet emplea siempre la palabra española, consciente de su brutal carga peyorativa): “En medio de los objetos elegantes sacados de los bolsillos de los detenidos en esta redada, era el símbolo mismo del oprobio que se disimula con el mayor cuidado, pero el signo también de una gracia secreta que iba a salvarme pronto del desprecio […]. Estaba en el calabozo, y sabía que toda la noche mi tubo de vaselina sería objeto de burla —a la inversa de una Adoración Perpetua— de un grupo de policías […]. No obstante, me animaba la certeza de que este frágil y humilde objeto les resistiría y, por su simple existencia, derrotaría a todas las policías del mundo”. Invulnerable al insulto —pienso en el I’m completely dead to decency de T. E. Lawrence—, la comparación de la prueba concreta de su deshonra con el Santísimo Sacramento permitirá a Genet rehabilitar y ensalzar su vida de indigente en el Barrio Chino, y luego su erranza hasta Cádiz y San Fernando, mediante el recurso a los términos más sagrados y nobles. Su victoria verbal le llevará así a bendecir la miseria que la suscita y le imanta a una nueva forma de perfección moral: Cuanto mayor sea mi culpabilidad a vuestros ojos, entera y totalmente asumida, mayor será mi libertad y más perfectas mi soledad y mi unicidad. El encuentro con Stilitano, el serbio desertor de la Legión Extranjera francesa, marca un antes y un después en la vida de Genet y será el primer eslabón de una cadena de fascinaciones sucesivas por criminales o gente del hampa —los Harcamone, Bulkaen, Maurice Pilorge, etcétera—, elevados por él al altar de la excelencia y la gloria. Sus primeros robos en el Barrio Chino los dedicará, nos dice, a su fortaleza e impudor severos, a la singularidad de su brazo derecho amputado, cuya mano se pudre bajo un castaño en algún bosque de Europa Central. La fuerza irradiante de este muñón le galvanizará con una imantación similar a la que experimentará, cuarenta años después, por el sudanés Mubarak en los campos palestinos, cuando le pide que tenga su cigarrillo mientras se desabotona y orina tranquilamente junto a él: el timbre gutural de su voz es en ambos el de un sexo en erección. Stilitano reúne en su persona el rigor del soldado, el aventurero, el sicario, el hampón. Aunque admite la intimidad física con Genet —los dos duermen en el mismo catre en un hotelucho del barrio— le niega el sexo. Desprecia a las “mariconas” y ejerce ocasionalmente de chulo. No obstante, para atraer a aquellas y a las prostitutas, sujeta con un imperdible un racimo con granos de celulosa y algodón en rama en el interior de la bragueta, de modo que abulte y la realce por pura provocación. Genet se encarga de la tarea, sin poder evitar el temblor de las manos mientras prende y desprende el racimo al comienzo y fin de la jornada de merodeo y cambalache. Un día, en vez de dejarlo sobre la estufa, como de costumbre no pude retenerme de guardarlo entre mis manos y llevarlo a mis mejillas. El rostro de Stilitano, encima de mí, se endureció. —¡Suéltalo, cabrón! Me había agachado para abrir la bragueta, pero la furia de Stilitano, como si mi fervor habitual no bastara, me hizo caer de rodillas, en la posición que mentalmente anhelaba. Con sus dos pies y su único puño me golpeó. Hubiera podido huir y me quedé allí. Su delación posterior a la policía del amigo común a ambos, Pepe el Gitano, por su homicidio cometido en las cercanías del Paralelo, no rebajará la devoción de Genet por él: la revestirá al revés, nos dice, con los atributos luminosos de la traición. Las numerosas referencias de Genet a La Criolla, el cabaré en donde se prostituía por devoción a Stilitano, no mencionan su ubicación en el Barrio Chino ni incluyen una descripción del local. Nits de Barcelona, publicado en 1931, esto es, dos años antes de su venida a España —obra reeditada por Proa, con las ilustraciones de Oleguer Junyent y el prólogo de Josep M. de Segarra de la edición original—, subsana dicha laguna y nos procura una valiosa información. Su autor, Josep M. Planes, colaborador de la mítica revista Mirador y empedernido noctámbulo, fue asesinado el 24 de agosto de 1936 en la Arrabassada por unos pistoleros incontrolados de la FAI a quienes había consagrado un reportaje poco ameno semanas antes del levantamiento militar contra la República. Segarra esboza un sugerente retrato suyo y coincide con Planes en su aguda percepción de la ciudad durante el periodo que va de la dictadura de Primo de Rivera al 14 de abril: “Quienes más aprovechan la noche en Barcelona son los turistas, los ladrones, los poetas, las prostitutas, la gente que no tiene un centavo y la que dispone de dinero a espuertas”. La Criolla —escribe Planes— se encuentra en plena calle del Cid. El cartel luminoso que cuelga verticalmente de la fachada emborrona el pobre paisaje urbano con un resplandor rojizo […] inmuebles y personas comparten el mismo aire de miseria y nunca se sabe si la suciedad de las paredes viene de los hombres y las mujeres que se apoyan en ellos o viceversa […]. El gentío aglomerado en la calzada y las prostitutas e invertidos que se exhiben por las aceras flotan en este fondo bermellón decorativos y estilizados, como en las ilustraciones en las que debe de soñar Francis Carco para sus libros. La calle del Cid (¡qué ironía el nombre del Campeador, mantenido hasta hoy en lo que queda de ella, entre el Paralelo y la avenida de Les Drassanes!) está entonces llena de basuras, soldados, prostitutas, marineros, mendigos. Cualquier navajero puede sacar de improviso su útil de siete filos y asaltar a los viandantes acomodados que se asoman a él. El local de La Criolla, una antigua fábrica textil reconvertida en cabaré, encubre la austera desnudez de sus columnas con un decorado chillón de palmeras ornadas con falsas pencas verdes, cocos, monos y negros de tebeo de Tarzán que le confieren un menesteroso esplendor tropical. Una orquesta de tangos ocupa el estrado, ensordece al cliente y contagia su furia a las parejas que bailan en la pista. (Genet evoca en Diario del ladrón los aires de “Ramona” mas no la voz de Irusta —en realidad del trío formado por éste, Fugazot y Demare— mencionado por Planes, cuya música barriobajera arrasaba en los años anteriores a la Guerra Civil. En una vieja gramola de manivela con bocina exterior, escuché en mi niñez la canción citada por Genet —cuya letra me sé de memoria— y los discos del, en aquel tiempo en boga, conjunto argentino, no sé si epígono o antecesor de Gardel. Mi familiaridad retrospectiva con La Criolla sale así reforzada. Su repertorio musical acunó mis oídos en la Barcelona “decente” de los barrios altos). Al trazar su pintura del cabaré, Planes señala la existencia, en la acera de enfrente —perdóneme el lector el involuntario juego de palabras—, del bar de Cal Sagristà, famoso, dice, por sus “invertidos” —la gente bien de la época empleaba dicha palabreja: ¡se hallaba aún muy lejos la era de la identidad gay!—, al que acudían jovencitos de labios pintados y cabello untado de gomina. Curiosamente, Genet no habla de él. Actualmente, el remozado Carrer del Cid no evoca ni remotamente el de la cochambre y bullicio de setenta años atrás. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona puso el nombre del escritor a la plazuela o jardincillo del otro lado de la avenida de Les Drassanes, fui invitado a pronunciar unas palabras en la ceremonia de su rotulación. Inútil decir que no acepté: temía que Genet, encolerizado, resucitase de su tumba en Larache y me abrumara con el peso de sus burlas e insultos. Su percepción a la inversa de los términos honor y deshonor es también la mía. Prefiero volver a la pintura cruel de Planes con la que cierra el capítulo de su libro: la calle desierta al amanecer tras el cierre de La Criolla, la luz lívida, la visión goyesca de dos viejas horrendas y de los tricornios de una pareja de la Guardia Civil. Los hurtos y trapacerías de los que viven Genet y Stilitano no bastan para sacarles de la miseria. Aunque el futuro autor de Diario del ladrón entrega a su “protector” las pocas pesetas que gana o sisa en los urinarios públicos, éste decide que se prostituya en La Criolla. Allí, la vestimenta femenina se impone. Algunos amigos españoles de Genet la llevan y le dan las señas de vendedoras de prendas de segunda mano. Si bien “resulta muy difícil”, escribe, “acceder a la luz a través del pus y las llagas de la vergüenza”, el dueño del cabaré le exige que se exhiba “en señorita”. Tragándose el sonrojo y convirtiéndolo en una especie de dardo dirigido contra quienes se lo provocan, Genet va a La Criolla y es invitado, con otro travestido, a la mesa de un grupo de oficiales franceses. La dama que les acompaña le pregunta con afectada indulgencia si le gustan los hombres. Genet resiste el impulso de abofetearla y, para vengarse, sustrae la cartera a uno de los mílites. Una de las páginas más bellas del Diario se sitúa durante el Carnaval, época en la que es más fácil disfrazarse sin llamar la atención. Tras robar un traje de faralaes y una blusa, a los que agregará su complemento de abanico y mantilla, Genet cruza el Barrio Chino para ir a la calle del Cid. Como última trinchera de defensa, conserva el pantalón bajo la falda. Pero, apenas llegado a la barra, la cola de su traje se desgarra. Un joven ha tropezado con sus encajes y, por más que pida excusas y le indique que cojea, la actriz trágica oculta en su interior aúlla “¡No se cojea en mis faldas!”, con esa histeria que rompe con la fuerza de un géiser la dura corteza del mundo. Humillado, Genet sale del local en medio de las risas de los clientes y de las Carolinas. Aunque, al releer el texto, su autor rectifique y precise en una nota a pie de página que el lance ocurrió en Cádiz, en donde también se prostituyó con ropas de andaluza, el prestigio de La Criolla sale indemne del lapsus. La teatralidad de la escena alcanza ese punto en el que vileza y orgullo se confunden. La falda, blusa, abanico y mantilla arrojados al mar componen un ceremonial esperpéntico del que el vagabundo cubierto de oprobio extraerá la fortaleza necesaria para enfrentarse a la crueldad e hipocresía de la sociedad biempensante: la de ayer, la de hoy y sin duda también la que nos sucederá al correr de los días. Poco después de ello, Genet y Stilitano abandonaron su querencia barcelonesa en un tren de mercancías y buscaron un nuevo refugio en Cádiz. “Nací en París el 19 diciembre 1910. Pupilo de la Asistencia Pública, no pude conocer nada más de mi estado civil. Cuando cumplí veintiún años, obtuve una partida de nacimiento. Mi madre se llamaba Gabrielle Genet. Mi padre es desconocido. Vine al mundo en el 22 de la Rue d’Assas”. Aunque en la Maternidad le negaron toda información sobre sus orígenes, la imagen de la madre oculta aparece de forma intermitente a lo largo de su obra. Genet se aferra a su apellido, el de Genêt d’Espagne o retoma con el que saludó Cocteau su volcánica irrupción en la literatura, para identificarse con el mundo vegetal y considerar, dirá, que todas las flores son de su familia. A través de ellas, se comparará con los helechos arborescentes de las ciénagas y soñará con las supuestas especies vegetales del planeta Urano, en una metempsicosis que le convertiría en un ser rastrero, como la chusma del Paralelo, sin otra compañía que la de los presidiarios de su raza. Pero ese malditismo literario no se corresponde en modo alguno con su futura rebelión contra el orden establecido, tanto en el campo social y político como en el artístico y moral. La madre ausente será el punto de partida de su andadura por una cartografía literaria que culminará en su obra maestra, Un cautivo enamorado. En Diario del ladrón, Genet evoca la imagen de una mendiga anciana, de rostro macilento; chato y circular como la luna, que le pide unas monedas. Su estampa humilde e hipócrita le induce a creer que acaba de salir de la cárcel. Una descuidera, piensa, e inmediatamente la asocia, en una ensoñación efímera, con la mujer que le abandonó en la cuna: ¿Y si fuera ella? me dije mientras me alejaba de la pordiosera. Si lo fuese, iría a cubrirla de flores y de besos. Lloraría de ternura sobre sus ojos de pez luna, sobre su cara obtusa y boba. La visión de la madre del fedai Hamza, de quien fue huésped en el campo de refugiados palestinos de Irbid en 1970, es mucho más elaborada y compleja. La mujer, más joven que Genet, que le acoge en el lecho de su hijo, partido en misión de combate a los Territorios Ocupados por Israel, y le lleva a oscuras, de puntillas, creyéndolo dormido, una taza de café, se transforma, como la Mater Dolorosa de las estatuas, en la madre simbólica del escritor, la que vela por él, como en aquella noche sagrada, a lo largo de su vida: una fantasía, nos dice, acariciada desde la infancia, cuando el escritor tenía cinco años. La estampa de Hamza y su madre —la suya y la del guerrillero palestino—, superpuesta en calcomanía a la de la Pietà y el Crucificado, enlazará sucesivamente con la de la Virgen portada en procesión por las Falanges maronitas libanesas y con la Virgen Negra del monasterio de Montserrat. “Dios, creador del cielo y de la tierra, debió de divertirse mucho esculpiendo sus rocas rojizas y faloides”, nos dice Genet, que asistió en su vejez, en la abadía, a la conmemoración religiosa de Pentecostés, con música de Palestrina evocadora en su mente de Palestina. El abad, refiere en Un cautivo enamorado, besa a los fieles y él acepta su doble ósculo, pero no lo trasmite a su vecino, como es la norma, con lo que rompe la cadena de confraternidad. En su correspondencia conmigo de aquella época —substraída por un cleptómano compulsivo, que tuvo no obstante la delicadeza de dejar una fotocopia, durante su exhibición en la Diputación de Almería—, describe su viaje por la España del tardofranquismo, se burla del aburguesamiento de Barcelona y refiere un ligue con un chapero que se dice estudiante de sociología, en las faldas del Tibidabo. Por estas fechas, ya no es el delincuente en el que soñaba ser cuarenta años antes sino el escritor voluntariamente marginal que busca primero en las Panteras Negras y luego en los fedayín la causa que le aleje de una Francia y una Europa de las que se ha distanciado para siempre. Al final de Diario del ladrón, Genet anuncia una segunda parte que nunca escribió: se propone en ella, dice, “relatar, descubrir, comentar, los fastos del presidio íntimo que hallé en mí después de atravesar este espacio interior que he llamado España”. Su deseo juvenil de cubrir el mundo con su progenie abominable cederá paso, tras su estancia en los campos de refugiados palestinos de Líbano y Jordania, a un retorno a su origen desconocido. “Esta última página de mi libro —escribe en El cautivo enamorado— es transparente”. Transparencia que deja pasar la luz: su camino de perfección moral a través de vericuetos imprevisibles y por vías distintas de las de Juan de la Cruz y del derviche sufí Mawlana, le ha conducido a una subversiva y pagana forma de santidad.
Diario del ladrón, de Jean Genet. Traducción de María Teresa Gallego e Isabel Reverte. Barcelona, Seix Barral, 1994. 232 pág. 4,51 euros.
Lecturas francesas
El “territorio moral” de Genet atrajo, después del alzamiento popular de la Semana Trágica y de la bonanza originada por la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial a numerosos escritores franceses, seducidos por el bullicio y promiscuidad del Barrio Chino. – Paul Morand, La nuit catalane (1929) – Montherland, La petite infante de Castille (1929) – Francis Carco, Printemps d’Espagne (1931) – Pierre Mac Orlan, La Bandera, (1931), Rues secrètes (1934) – Jérôme y Jean Tharaud, Cruelle Espagne (1937) – Georges Bataille, Bleu du ciel (1935) La perspectiva adoptada por estos escritores, excepto el último, es muy semejante a la de los viajeros orientalistas en busca de color local (vicio, miseria, pintoresquismo) con todos los atributos del voyeur. Entre los autores catalanes de la época, además de Planes, cabe citar a Josep Maria de Sagarra, Vida privada (1932). Con posterioridad a la Guerra Civil, el Barrio Chino tuvo dos minuciosos cronistas que desmitificaron la realidad descrita por los novelistas franceses antes citados: Sebastian Gasch, en Barcelona de nit (1956), y Lluís Permanyer, en Cites et testimonis de Barcelona (1993). El libro mejor documentado sobre la estancia de Genet en el Raval es sin duda el de Jérôme Neutres, Genet sur le routes du Sud (Fayard, París 2002), que recomiendo vivamente al lector.
VER: La santidad de Genet, de Juan Goytisolo (Babelia, 3 enero 2009)
Haruki Murakami
Abril 22, 2009
Haruki Murakami (Kioto, Japón, 1949) ha vendido cerca de cuatro millones de ejemplares de Tokio blues, publicada en 1987, novela que difiere bastante del resto de sus obras. El escritor confiesa que le gusta crear historias que causen desconcierto en sus lectores. En su última obra, Kafka en la orilla (2006), rinde homenaje a Franz Kafka. Tras el éxito de 1987 dejó Japón y se instaló primero en Europa y luego en Estados Unidos. En 2005, la editorial Tusquets publicó Tokio blues (undécima edición y sigue acaparando éxitos). Kafka en la orilla, el último de Murakami en España, va por las cuatro ediciones. La cronología de las obras de Haruki Murakami en España es la siguiente: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (2001), Sputnik, mi amor (2002), Al sur de la frontera, al oeste del sol (2003), Tokio blues (2005) y, Kafka en la orilla, (2006). La cronología de creación es bien distinta: escribió primero Tokio blues y luego todas las demás novelas, a las que gradualmente fue restando realismo (y añadiendo dosis de fantasía). El escritor ha afirmado que no tiene interés en escribir novelas largas con estilo realista, pero que se decidió a escribir una novela realista (Tokio blues) como un simple experimento. Con el paso del tiempo, ya no siente interés en el llamado estilo realista.
Trabajo creativo
Su manera de escribir un libro es curiosa. Trabaja sin pausa durante meses para escribir el primer borrador. Luego descansa durante un mes, reescribe durante otros dos meses y vouelve a descansar. Por último, emprende la reescritura durante otro mes más. En total, 11 meses hasta finalizar las 584 páginas de Kafka en la orilla. Entre medias, se dedicó a la traducción del clásico El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. También ha realizado traducciones de obras de Scott Fitzgerald, Truman Capote, John Irving o Raymond Carver. Para él, toda su novela es un homenaje a Franz Kafka. Le gusta escribir sobre comida y suele hacerlo con frases e imágenes que acuden a su mente, sin una línea predeterminada. “No sabría explicar la trama” -ha dicho. Todo es en realidad un paquete llamado historia: Kafka Tamura, el protagonista, se va de casa el día de su decimoquinto cumpleaños. Es una fuga meditada, ya no soporta más que su destino esté unido al de su siniestro padre. Y emprende un viaje que tiene como objetivo encontrar a su madre, que desapareció cuando él tenía cuatro años. No concibe una novela sin que haga cuestionar en los lectores el sentido de la historia, el flujo de su conciencia o la firmeza de la base de su existencia. Él tarda varios años en escribir una novela larga dejándose, literalmente, la piel en ello. Si no fuera capaz de escribir una novela con una fuerza como esa, la escritura no sería más que una pérdida de tiempo.
VER: EL PAÍS
J.G. Ballard
Abril 19, 2009
El escritor británico James Graham Ballard, amigo del surrealismo y maestro de la ciencia-ficción, murió a los 78 años el 19 de abril de 2009, a consecuencia de un cáncer de próstata, según revelaba su autobiografía Milagros de vida (Mondadori, 2008). Su esposa, Mary, falleció trágicamente en 1963 en Alicante durante unas vacaciones. El escritor sacó adelante a sus tres hijos en su casa de Shepperton, en los suburbios de Londres, y desde hace tiempo mantenía una relación de pareja con Claire Walsh, que lo ha acompañado hasta la muerte.
Biografía
Ballard, nacido en 1930 en Shanghai, donde sus padres eran miembros de la colonia británica, tuvo una infancia exótica y aventurera en China al vivir la invasión japonesa y verse recluido con su familia en el campo de concentración de Lunghua. Esa experiencia la narró El imperio del sol (Minotauro), su novela más famosa y que Spielberg convirtió en película. Ballard regresó a Reino Unido de adolescente y nunca pudo adaptarse al mundo gris y cerrado de la sociedad británica. Estudió Medicina, y la anatomía, la patología y la disección forman parte integrante de su literatura. También se enroló en la fuerza aérea (RAF) donde realizó el curso de piloto. Las imágenes, sueños y experiencias traumáticas de la guerra le acompañaron toda la vida y formaron en buena medida su mundo creativo, cargado de simbolismo y metáforas. Los edificios deshabitados, los night-clubs y hoteles abandonados, las piscinas vacías, los desiertos… son algunos de los no-lugares oníricos que pueblan los sensacionales cuentos y novelas de Ballard, cuya lectura provoca una sensación escalofriante, a la vez de extrañeza y reconocimiento. El escritor, que tras la muerte de su mujer pasó una época abismal de alcohol, desesperación y promiscuidad, afirmó que no necesitaba drogas para imaginar sus mundos. Algunos críticos vieron en su escritura un elemento enfermizo, malsano y perverso. Sus muchos admiradores, en cambio, destacan su capacidad de avizorar el futuro y de escrutar en las profundidades de nuestras almas, sondeando los elementos más tenebrosos, pero también los más conmovedores y extraordinarios.
Admirador de los pintores surrealistas, de Magritte, de Dalí, de De Chirico, de Delvaux sobre todo, de los que su universo imaginario es muy deudor, e interesado en el psicoanálisis, Ballard estuvo muy próximo al mundo artístico y se vinculó a los movimientos vanguardistas de los sesenta, sobre todo el pop-art. En una ocasión, incluso organizó una exposición de automóviles destrozados en accidentes, un tema que le obsesionaba y que sublimó en su novela Crash (1973), llevada al cine por David Cronenberg. De su época más experimental, en la que no dudó en acercarse a la pornografía y rodear su escritura de elementos morbosos y alucinatorios, son libros inclasificables como La exhibición de atrocidades (1966).
Gran contador de historias fantásticas, acuñador del término “espacio interior” (como contraposición al de las galaxias) en la ciencia-ficción, varias de sus obras más conocidas giran en torno a catástrofes que amenazan la Tierra y conducen a los personajes a una regresión psicológica, a un apocalipsis interno que no deja de tener un elemento de regeneración. Novelas como El mundo sumergido, La sequía o El mundo de cristal imaginan la civilización abocada a su fin respectivamente por inundaciones, falta de agua o un extraño fenómeno que cristaliza la naturaleza. En 2008 el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) le dedicó una magnífica exposición.
VER: EL PAÍS
Eduardo García
Abril 19, 2009
BIOGRAFÍA
Eduardo García (São Paulo, 1965). Hijo de españoles, vive hasta los siete años en Brasil. En Madrid transcurre su adolescencia y juventud. Allí cursa Filosofía, especializándose en Estética. Profesor de Filosofía, obtiene en 1991 una plaza en el IES Averroes de Córdoba, ciudad en la que se casó y donde reside en la actualidad. Como poeta es autor de los libros Las cartas marcadas (1995), No se trata de un juego (1998), Horizonte o frontera (Hiperión, 2003), Refutación de la elegía (Generación del 27, 2006) y La vida nueva (Visor, 2008), por la que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica 2008.
LAS PASARELAS DEL DESEO
Llamamos vida
a un desfile de dígitos cansados
zumban coléricas las moscas atrapadas en cárcel de cristal
el viento de la sangre remueve las cortinas
la luz por un instante parece herir la tapia filtrarse en el cemento
la oquedad se adivina y más allá
palpitan en la noche los astros encendidos
combaten los caballos por la flor las aguas por la piedra
la orquídea cobra vida en el torrente
a la luz de la Luna el musgo brilla con fulgor de diamantes en la hierba
no hay rutas convenidas ni semáforos ni siniestros carteles de prohibido pasar
pero abundan los cruces de caminos cuando menos lo esperas amanece
los hombres vagan a su antojo las sendas se disuelven a su paso
quiero decir que a la sombra de los robles te esperan los amigos que perdiste
y hay sábanas tendidas que guardan el olor de encuentros que no fueron
mujeres
que solitario amaste a la distancia
pero aquí el eco salva todos los precipicios
irrumpen de la nada las pasarelas del deseo
trenzan sus trayectorias en todas direcciones
el viajero termina por arrojar al fuego la brújula y los mapas
confiando sus pasos al instinto se interna en la espesura
aunque un día de pronto se detenga a contemplar las huellas de su viaje
despierte abra los ojos comience a comprender
nada importa cuán vasta la travesía se despliegue
la apariencia radiante de confines la ilusión derrochada en la aventura
todas las pasarelas conducen a la tapia
si se es fiel a un deseo si se sigue
su rastro hasta el final
nos aguarda el ladrillo hincado en tierra
la mansedumbre hostil de la costumbre
un olor a madera que envejece
un desfile de escenas repetidas
la cárcel de cristal
sin cerradura
CASA EN EL ÁRBOL
En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
con tablones y clavos e ilusión y un martillo
alzaré entre las ramas suelos, techos, paredes,
cuartos en espiral, secretos pasadizos
donde obra el azar el don de los encuentros
y de pronto amanece si me miras al fondo
por donde el viento corre a refugiarse,
madera en la madera, crujen las estaciones,
pasan a visitarnos los amigos,
huele a café, huele al árbol en que nos acogemos,
al rumor de las hojas, a la tierra
donde brota su impulso, su sed de los espacios,
se siente allí el verdor de las promesas,
casa y árbol fundidos, una sola criatura,
se es feliz de algún modo impreciso y vital,
con los años al árbol le van creciendo ramas,
gana cuerpo, se inclina hacia las nubes
y de pronto la casa ha ascendido unos metros
y hasta el aire es más puro, más ancho el horizonte,
las estrellas fugaces proliferan, ahora
vigila la espesura, hay luz en la ventana,
a cubierto de todo, suspendida,
luz de hogar en la noche, resplandor,
y una escala de cuerda entre las ramas,
si subes por la escala no hay retorno,
en la cima del viento hallarás nuestra casa.
PARA NO RENUNCIAR AL ENTUSIASMO
Soñar despiertos siempre
para que los insectos de la herrumbre nos permitan tejer sin telarañas
para ser el hervor la levadura
y no el cemento gris que repta por los muros
pan crujiente en el horno del sol del mediodía fruta madura vértigo
y nunca más sedientos de imposible
reconocernos en el barro de un parabrisas sucio
soñar despiertos siempre
olvidar el autobús cautivo de su ruta el maquinal semáforo los maniquíes ciegos
abandonar el dique seco de los formularios la astucia del burócrata destilando en la tinta su cianuro
dar la espalda sin miedo a cuanto esperan de nosotros aquellos que veneran dos tristes palmos de suelo bajo sus pies
porque es vasta la tierra y a nadie pertenece su clamor
como nadie puede calcular la trayectoria de una grieta en un témpano de hielo
pero ahí está
desafiando la maquinaria de los astros
fiel a su andadura irregular a la belleza
de lo que niega toda simetría soñar
como rasga el torrente la maleza felino por instinto
despreciando
la fría servidumbre de los surtidores el agua encadenada a geometría
soñar despiertos siempre
para no obedecer la ley del amo las consignas
de los ventrílocuos feroces acudir
al futuro que llama a nuestra puerta pidiendo realidad
porque podemos esculpir la vida verdadera
escuchar la llamada de los sueños para rendir la piedra a nuestro afán
abrir surco en las calles sembrándolas de estrellas y de pájaros
de alamedas de cisnes regueros de palomas corrientes submarinas
una extensión de labios que sonríen de juncos que se mecen de amazonas
soñar despiertos siempre
para no renunciar al entusiasmo
y que el hombre no olvide su vocación de nube el súbito
resplandor incendiando su mirada
alfarero del mundo comadrona
que asiste al parto de sus propios sueños
Premio Nacional de la Crítica 2008
Abril 18, 2009El cineasta David Trueba
David Trueba (Madrid, 1969), cineasta y articulista, ha ganado el Premio Nacional de la Crítica 2008 por su novela Saber perder. En poesía, el galardón ha sido para el cordobés Eduardo García por el poemario La vida nueva.
El poeta cordobés Eduardo García
Los galardonados en otras literaturas hispánicas (catalana, vasca y gallega) son los siguientes:
Catalán
Narrativa, Joan F. Mira, por El professor d’historia
Poesía, Teresa Pascual, por Rebel.lió de la sal
Euskera
Narrativ, Kirmen Uribe, por Bilbao-New York-Bilbao
Poesía, Xabier Lete, por Egusentiko esku izoztuzh
Gallego
Narrativa, Marcos S. Calveiro, por Festina lente
Poesía, Chus Pato, por Hordas de escritura.
El premio, que concede cada año la Asociación Española de Críticos literarios, está considerado como unos de los galardones literarios más prestigiosos de España. El jurado ha estado presidido por Miguel García-Posada y han formado del mismo: Carlos Galán, Santos Alonso, Juan Carlos Peinado, Angel Basanta, José Enrique Martínez, Julia Uceda, Juana Vázquez, Balbina Prior y Javier Goñi.
Salvador Espriu
Abril 9, 2009
Salvador Espriu
BARALLA DE DOS CECS CAPTAIRES
INICI DE CÀNTIC EN EL TEMPLE
CEMENTIRI DE SINERA
SPIRITUAL, AMB LA TROMPETA DE LOUIS ARMSTRONG
VERSOS, ENLLÀ DEL CAMÍ
CANÇÓ DEL MATÍ ENCALMAT
ASSAIG DE CÀNTIC EN EL TEMPLE
DE TAN SENZILL, NO T’AGRADARÀ
SENTIT A LA MANERA DE SALVADOR ESPRIU
FINAL DEL LABERINT, I
LA PELL DE BRAU
LLIBRE DE SINERA
M’HAN DEMANAT QUE PARLI DE LA MEVA EUROPA
_________________________________________________________
Per negocis rivals
de cantonada,
estrategs de la nit
ara combaten.
Un inútil fanal
il·luminava
aquell odi brutal
de mans i plagues
blanquinoses dels ulls
sense mirada.
S’escometen tots dos,
garrots enlaire:
ferocitat atroç
de brontosaures.
Aguditzen sentits
d’oïda i tacte,
cautelosos, subtils,
per situar-se
en el terreny potser
més favorable
al resultat final
de la topada.
No falla ni un sol cop
l’endevinada
de l’ombra contra l’ombra.
S’esbotzaven
els cranis afaitats
—pedra picada—
i fins el moll de l’os
de l’espinada.
Després de llarga estona
de baralla,
un d’ells cau fent un crit
als peus de l’altre
i no es belluga més.
Tot ple de nafres,
el vencedor s’ajup
orientant-se
per la sang que s’escola
del cadàver.
La roba va palpant
amb molta pausa,
davalla vers l’infern
de les butxaques
i el buida del pecat
de la xavalla.
INICI DE CÀNTIC EN EL TEMPLE
A Raimon, amb el meu agraït aplaudiment.
Homenatge a Salvat-Papasseit.
Ara digueu: «La ginesta floreix,
arreu als camps hi ha vermell de roselles.
Amb nova falç comencem a segar
el blat madur i, amb ell, les males herbes».
Ah, joves llavis desclosos després
de la foscor, si sabíeu com l’alba
ens ha trigat, com és llarg d’esperar
un alçament de llum en la tenebra!
Però hem viscut per salvar-vos els mots,
per retornar-vos el nom de cada cosa,
perquè seguíssiu el recte camí
d’accés al ple domini de la terra.
Vàrem mirar ben al lluny del desert,
davallàvem al fons del nostre somni.
Cisternes seques esdevenen cims
pujats per esglaons de lentes hores.
Ara digueu: «Nosaltres escoltem
les veus del vent per l’alta mar d’espigues.»
Ara digueu: «Ens mantindrem fidels
per sempre més al servei d’aquest poble.»
B., 1965
CEMENTIRI DE SINERA
II
Quina petita pàtria
encercla el cementiri!
Aquesta mar, Sinera,
turons de pins i vinya,
pols de rials. No estimo
res més, excepte l’ombra
viatgera d’un núvol.
El lent record dels dies
que són passats per sempre.
IV
Els meus ulls ja no saben
sinó contemplar dies
i sols perduts. Com sento
rodar velles tartanes
pels rials de Sinera!
Al meu record arriben
olors de mar vetllada
per clars estius. Perdura
en els meus dits la rosa
que vaig collir. I als llavis,
oratge, foc, paraules
esdevingudes cendra.
XXV
A la vora del mar. Tenia
una casa, el meu somni,
a la vora del mar.
Alta proa. Per lliures
camins d’aigua, l’esvelta
barca que jo manava.
Els ulls sabien
tot el repòs i l’ordre
d’una petita pàtria.
Com necessito
contar-te la basarda
que fa la pluja als vidres!
Avui cau nit de fosca
damunt la meva casa.
Les roques negres
m’atrauen a naufragi.
Captiu del càntic,
el meu esforç inútil,
qui pot guiar-me a l’alba?
Ran de la mar tenia
una casa, un lent somni.
XXVI
No lluito més. Et deixo
el sepulcre vastíssim
que fou terra dels pares,
somni, sentit. Em moro,
perquè no sé com viure.
SPIRITUAL, AMB LA TROMPETA DE LOUIS ARMSTRONG
No s’acaben amb mi la cadena i el temps.
Uns dits purs alçaran el benigne
silenci de Déu,
cada dia i per sempre, damunt el meu crit:
el silenci em dóna l’antic nom de fill.
Mira com lluitaven pel cantó de l’est
folls reis que volien corones de neu.
Aquesta feixuga raó ponderal
els guerrers monarques no suportaran.
No t’ha de commoure, recte pensament,
que vegis més clares o fosques les pells.
I et diré que els negres són germans del blanc,
perquè, quan els pengis, sàpigues plorar.
Si les barques no surten a mar,
pescador, boca closa,
si la vela no guanya la mar,
la suor de l’home de què menjarà?
Ara els camps són erms,
i anirem a la terra d’Egipte,
on el blat ja creix.
Tots els pous són cecs,
i anirem fins a l’aigua tan ampla
a calmar la set.
A la naixença del riu,
alt arquer solitari,
des de l’origen de l’arbre i del riu,
dispara’m sageta cap al ben morir.
D’un vell color de plata
jo voldria que fossin
els meus versos: d’un noble,
antic color de plata.
Davant la mort, que porta
secrets senyals del rostre
que jo veig en mirar-me,
cerco amb ells extingides
veus del mar, pas de núvol,
les distants primaveres.
Trist i lliure, camino,
davant la mort que em mira,
a la llum, per la plata
antiga dels meus versos.
CANÇÓ DEL MATÍ ENCALMAT
El sol ha anat daurant
el llarg somni de l’aigua.
Aquests ulls tan cansats
del qui arriba a la calma
han mirat, han comprés,
oblidaven.
Lluny, enllà de la mar,
se’n va la meva barca.
De terra endins, un cant
amb l’aire l’acompanya:
«Et perdràs pel camí
que no té mai tornada.»
Sota la llum clement
del matí, a la casa
dels morts del meu vell nom,
dic avui: «Sóc encara.»
M’adormiré demà
sense por ni recança.
I besarà l’or nou
la serenor del marbre.
Solitari, en la pau
del jardí dels cinc arbres,
he collit ja el meu temps,
la rara rosa blanca.
Cridat, ara entraré
en les fosques estances.
ASSAIG DE CÀNTIC EN EL TEMPLE
Oh, que cansat estic de la meva
covarda, vella, tan salvatge terra,
i com m’agradaria d’allunyar-me’n,
nord enllà,
on diuen que la gent és neta
i noble, culta, rica, lliure,
desvetllada i feliç!
Aleshores, a la congregació, els germans dirien
desaprovant: «Com l’ocell que deixa el niu,
així l’home que se’n va del seu indret»,
mentre jo, ja ben lluny, em riuria
de la llei i de l’antiga saviesa
d’aquest meu àrid poble.
Però no he de seguir mai el meu somni
i em quedaré aquí fins a la mort.
Car sóc també molt covard i salvatge
i estimo a més amb un
desesperat dolor
aquesta meva pobra,
bruta, trista, dissortada pàtria.
DE TAN SENZILL, NO T’AGRADARÀ
Cansat de tants de versos que no fan companyia
—els admirables versos de savis excel·lents—,
i de mirar com passa l’emperador tot nu,
i del gran plany del vent, aquest vell adversari,
i de l’excés de mi, sense missatge,
ara us diré, amb paraules ben clares,
amb crit elemental, lluny d’artifici,
que vull només parar-me en el camí,
ja decantat amic de l’última injustícia,
i ajaçar-me per sempre, sense recança, mort,
damunt la bona terra.
SENTIT A LA MANERA DE SALVADOR ESPRIU
He de pagar el meu vell preu, la mort,
i avui els ulls se’m cansen de la llum.
Baixats amb mancament tots els graons,
m’endinsen pel domini de la nit.
Silenciós, m’alço rei de la nit
i em sé servent dels homes de dolor.
Ai, com guiar aquest immens dolor
al clos de les paraules de la nit?
Passen el vent, el triomf, el repòs,
per rengles d’altes flames i d’arquers.
Presoner dels meus morts i del meu nom,
esdevinc mur, jo caminat per mi.
I em perdo i sóc, sense missatge, sol,
enllà del cant, enmig dels oblidats
caiguts amb por, només un somni fosc
del qui sortí dels palaus de la llum.
B., 1951-1953
FINAL DEL LABERINT, I
Amb lent dolor esdevé somni fosc
aquella llum dels altíssims palaus.
I el temps l’escampa pel record, ja flor desfeta
als dits aspres de pluja del meu extrem hivern.
Miro tota la nit i sento el cor
vastíssim de la terra, el maternal
respir fangós que guarda el vinent blat.
Arribaran demà tranquil·les hores,
obertes ales amples dels ocells
duran al camp les grans calmes d’estiu.
Hi haurà potser molt piadosos arbres
d’ombres esteses damunt secs camins.
Però jo, que sabia el cant secret de l’aigua,
les lloances del foc, de la gleva i del vent,
sóc endinsat en obscura presó,
vaig davallar per esglaons de pedra
al clos recinte de llises parets
i avanço sol a l’esglai del llarg crit
que deia per les voltes el meu nom.
Que potser la llengua
tan llarga i ben treta
en l’última mofa
voldria més vi?
Nosaltres encara en tenim.
Sota la branca del penjat,
lletraferits, a Sepharad,
paràvem taula de sopar,
car ens escau de celebrar
com ens trobem —dringa l’or fals—
els uns als altres genials.
Puja de l’íntim magatzem
el repertori del poncem
fins a la boca. Groc de mel,
amaga l’ou finíssim tel.
I amb mots que diu l’afecte quec,
ens afaitem de sec en sec.
Mira la nit, el temps mesell:
ni un bri de vent mou el penell.
Prou esmolades ja les dents,
ens allerem d’estar contents.
Rèiem per torn, pagant escreix,
tous acudits de ximple amb xeix.
Fer bon cabdell del mal cordill
de les paraules, que senzill!
Maldem estona en l’embolic
de destriar inic de ric,
matís de clepsa, tan subtil,
que molt sovint hi perds el fil.
Dels llavis d’un malalt del cor
aprenc que sols l’ànima es mor.
Em palpo el cos. Sento el consol
d’esdevenir col o cargol
o tal vegada gos amb os,
a l’endemà del meu repòs.
Contra l’enterc, doctes mandrons
llancen raons, sòlids maons.
Però jo sóc, amb el meu corc,
un indecís a l’entreforc
d’estranys camins del sí, del no,
i cal que toqui pirandó.
Matat el cuc, com de costum,
ho empudegàvem tot de fum.
Després de l’àpat, girant full,
juguem a cartes. Sempre sull,
em trumfen l’as, guanya l’astut,
volen pistrincs, i tururut.
Ens demanes ara
si calç d’esperança
enlluí la negra
tàvega del tedi
d’un gran esperit?
No t’ho podríem aclarir.
XXX
Diversos són els homes i diverses les parles,
i han convingut molts noms a un sol amor.
La vella i fràgil plata esdevé tarda
parada en la claror damunt els camps.
La terra, amb paranys de mil fines orelles,
ha captivat els ocells de les cançons de l’aire.
Sí, comprèn-la i fes-la teva, també,
des de les oliveres,
l’alta i senzilla veritat de la presa veu del vent:
«Diverses són les parles i diversos els homes,
i convindran molts noms a un sol amor.»
Remor de cops d’aixada, no la sents?
Rera les altes tanques de paret.
Sense repòs, però molt lentament,
enllà de la cleda contínua del temps.
Arrencaven els ceps, han cremat els sarments,
damunt la terra bona s’estenia l’erm.
Pel serpent del rial arrosseguem
passos neguitosos d’aquests peus de vell.
La saviesa clamava al guaret,
a les canyes seques que movia el vent:
«Contempla’t en mi com esdevens
aconseguida mort de tu mateix».
Ajupits en l’ombra, caven comparets
a les despullades vinyes de l’hivern.
No hi ha llum per tota la buidor del cel.
Només uns cops d’aixada al fons del fred.
XV
Assentiré de grat, car només se’m donà
d’almoina la riquesa d’un instant.
Si podien, però, durar
la llum parada, l’ordre clar
dels xiprers, de les vinyes, dels sembrats,
la nostra llengua, el lent esguard
damunt de cada cosa que he estimat!
Voltats de por, enmig del glaç
de burles i rialles d’albardans,
hem dit els mots que són la sang
d’aquest vell poble que volem salvar.
No queden solcs en l’aigua, cap senyal
de la barca, de l’home, del seu pas.
L’estrany drapaire omplia el sac
de retalls de records i se’n va,
sota la fosca pluja, torb enllà,
pels llargs camins que s’esborren a mar.
XVIII
No s’entenia la cançó de la nit,
de tan clares com eren les paraules.
«T’avens a vendre per engrunes d’or
l’antic solar on has bastit la casa.
Als fills imposes, car els vols senyors,
guisofis agres d’una llengua estranya.
Arran sempre de terra, el teu musell
s’afina barrigant entre deixalles.
L’amo t’encerta cada dia el llom,
en fer-ne dòcil blanc d’escopinades.
Grunys de plaer i ben humil t’ajups
sota el fuet i les burles més grasses.»
D’aquella mar venia l’aspre cant
d’una veu d’ira que no pot cansar-se.
Des de molt lluny volà com un falcó
d’esteses ales amples.
Entrava llargament en el recer
del jardí dels cinc arbres.
XXIV
Quan la llum pujada des del fons del mar
a llevant comença just a tremolar,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Quan per la muntanya que tanca el ponent
el falcó s’enduia la claror del cel,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Mentre bleixa l’aire malalt de la nit
i boques de fosca fressen als camins,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Quan la pluja porta l’olor de la pols
de les fulles aspres dels llunyans alocs,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Quan el vent em parla en la solitud
dels meus morts que riuen d’estar sempre junts,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Mentre m’envelleixo en el llarg esforç
de passar la rella damunt els records,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Quan l’estiu ajaça per tot l’adormit
camp l’ample silenci que estenen els grills,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Mentre comprenien savis dits de cec
com l’hivern despulla la son dels sarments,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
Quan la desbocada força dels cavalls
de l’aiguat de sobte baixa pels rials,
he mirat aquesta terra,
he mirat aquesta terra.
M’HAN DEMANAT QUE PARLI DE LA MEVA EUROPA
Cum grano salis.
A Joan Crusellas.
Jo sóc d’una petita terra
sense rius de debò, sovint assedegada de pluja,
pobra d’arbres, gairebé privada de boscos,
escassa de planures, excessiva de muntanyes,
estesa per llevant al llarg de la vella mar
que atansa el difícil i sangonós diàleg
de tres continents.
Unes palmeres que amb els ulls closos
miro sempre immòbils sota l’oreig
tanquen el meu país pel migjorn.
Pel nord, unes maresmes. I a posta de sol
hi ha unes altres terres que anuncien el desert,
les nobles, agostades, espirituals terres germanes
que jo estimo tant.
Alts cims trenquen la meva pàtria en dos Estats,
però una mateixa llengua és encara
parlada a banda i banda,
i en unes clares illes endinsades en el mar antic,
i en una contrada també insular, més llunyana,
que avui pertany a un tercer poder.
Que diversa la meva petita terra
i com ha hagut de sofrir, durant segles i mil·lenaris,
la violència de diversos pobles,
les aspres guerres civils enceses dintre els seus límits
i més enllà del palmerar i els aiguamolls,
de la seca altiplanura i de les ones!
Perquè prou sap el nostre llarg dolor
que qualsevol guerra desvetllada entre els homes,
la més estranya o grandiosa lluita
que s’abrandi entre els homes,
és tan sols una guerra civil
i ens porta a tots patiment i tristesa,
la destrucció i la mort.
Per això ara és tan profunda la nostra esperança
—en el meu somni, ja contemplada realitat—
d’integrar-nos, en un temps que sentim proper,
salvades la nostra llengua i la nostra història,
en una unitat superior que duu el nom,
obert, bellíssim, d’aquella filla d’Agènor,
que un savi esguard veié prodigiosament passar
de la costa fenícia a les platges de Creta.
Quan arribi el dia, haurem fet el primer
i inesborrable pas vers la suprema
unió i igualtat entre tots els homes.
I potser aleshores ens serà permès de començar,
sense classes socials, ni odis religiosos,
ni diferències cruels i injustes pel color de la pell,
la nostra peregrinació a través de l’espai,
cap a la pensada llum,
i de seguir sense temença les misterioses
vies interiors de Déu, del no-res,
els infinits i lliures i alhora
necessaris camins veritables de la bondat.
Que no sigui decebuda la nostra esperança,
que no sigui escarnida la nostra confiança:
així molt humilment ho demanem.
B., 1959
Salvador Espriu, Obres completes, 1. Poesia, 2a ed., Edicions 62, Barcelona, 1973.
La comida que me gusta
Marzo 30, 2009Diario de una lectora belga

La comida que me gusta, por Patricia Curbillon
Lo siento, pero tengo que defraudarte. Si entrego este trabajo tan tarde, no es porque no tenga idea de lo que me gusta comer, sino, al contrario, porque soy víctima de la inacción. Y sí, hay comidas que me gustan y, aunque no lo parezca, comer me encanta. Lo que más me gusta de la comida es su diversidad. Si pudiera, probaría un nuevo plato cada día y compondría un menú con los mejores alimentos de cada país. Ayer, por ejemplo, tuve la suerte de probar un plato peruano: se llama palta rellena –palta significa aguacate en peruano- y consiste en comer un aguacate recubierto de un puré de patatas con zanahorias, guisantes, judías, cebolla cruda condimentada con vinagre, servido con arroz al azafrán. ¡Una delicia!
Me gusta la comida con especias (comino, cilantro, paprika, albahaca, tomillo, hierbas provenzales…) y la mezcla de sabores salados y dulces. Me gusta la comida que se funde en la boca como un helado italiano una tarde soleada. Por ejemplo, la gastronomía marroquí me encanta por su variedad y riqueza, y sobre todo por su arte de mezclar las especies. Entre colores y olores, el mercado marroquí embriaga los sentidos, es una oda a la vida. Mi compañera de piso y yo intentamos varias veces cocinar un tajine con especias de Marruecos, y ha salido bien, pero nunca sabe igual que allí: es imposible reencontrar ese sabor tan especial, dar con el secreto de las especias. De la comida española, lo que más me gusta es el salmorejo, el pisto -por su mezcla de hortalizas- y la tortilla al roquefort guisada por mi amiga madrileña.
Intento tener una alimentación equilibrada y variada. Para mí, el desayuno es muy importante para empezar el día con alegría y energía. Tiene que ser una comida consistente. Por ejemplo, el desayuno ideal estaría compuesto de :
-pan: francés o alemán con cereales, o mejor, un pan integral recién salido del horno, todavía humeante, caliente y tierno
-jamón: un serrano español o un tocino de los Balcanes
-queso: un gouda al comino holandés, un apenzeller suizo, un beaufort francés o una crema de queso al roquefort.
-aguacates de México
-huevos “à la coque” de la finca del vecino
-mermelada de frutos del bosque que se unte sobre un pequeño camembert caliente
De bebida: un earl grey inglés o un té de menta marroquí y un zumo de naranja natural andaluz. Los grandes días, un “atole”, una bebida caliente mexicana compuesta de leche de arroz aromatizada con guayaba, nueces, fresas… Pero podría ser también una leche de almendras fresca con sabor a azahar… Y todo eso aderezado con la manera española de comer, es decir, compartiendo y probando un poco de cada plato (parecido al mezze libanés). Tengo que detener mi relato porque ya me vienen las ganas de comer. ¡Y estamos sólo al inicio del día!
Soy exigente con la comida, pero no necesito platos muy elaborados o especiales. Me gusta la sencillez de una zanahoria o un brécol crudos, una manzana con un buen queso o una buena porción de patatas fritas belgas con una salsa “andalusa” (una salsa un poco picante que no existe en Andalucía pero sí en Bélgica, dos regiones surrealistas). Siempre me ha gustado comer, pero cocinar… Antes odiaba cocinar porque no tenía la paciencia requerida. Progresivamente he aprendido, y aunque me falta mucho, aprecio más este arte alquímico de saber eligir, mezclar y transformar alimentos por el placer de los ojos y de la boca… ¡Y de la amistad!
Si tengo que comer sola, descuido más fácilmente mi alimentación, porque no existe el placer de compartir: comer y compartir un buen plato es como escuchar y compartir un fragmento de música preciosa. Además, la dimensión social de la comida es esencial, porque comer es reunirse para compartir en todos los sentidos de la palabra. En francés, por ejemplo, le copain, el amigo, es etimológicamente la persona con quien se comparte el pan. ¿Será también con la amiga con quien se comparte la miga?
Esta dimensión social y familiar destaca en España: regresar a casa para comer con la familia es fundamental. Entre las 3 y las 5, la ciudad española se vuelve una ciudad fantasma. Me ha pasado varias veces. Un día no regresé a casa a mediodía y me comí un bocadillo en un parque. Pude observar que las escasas personas que veía eran marginales o bien parejas de mayores caminando muy despacio. Por el contrario, en Francia y Bélgica, los niños comen en la escuela y, cuando el tiempo lo permite, los parques están llenos de trabajadores comiendo bocadillos. Por eso se ha desarrollado todo un “arte” del bocadillo en esos países, un arte que no existe en España.
El momento del reparto durante la comida es muy importante para mí, y tengo que decir que tuve una decepción muy grande en España en lo concerniente a este punto. Desde el mes de octubre me he mudado ya dos veces y en los tres pisos que he compartido, los españoles comían automáticamente en frente de la televisión. Es verdad que muchas veces la televisión no es nada más que un fondo sonoro y que nadie está realmente atento a lo que pasa en esta caja, mágica y diabólica a la vez. Pero es innegable que las personas se quedan más o menos hipnotizadas por ella. Esta costumbre de encender la televisión durante la comida corta muchas veces la posibilidad de comunicarse. Yo la veo como una contaminación.
Intentando remediar esta situación, organicé una vez una cena colectiva, y al pedir de manera educada si podíamos apagar la televisión, recibí la respuesta siguiente: “¿Por qué apagarla si nos hace compañía?”. Ese día me enteré de que la televisión comía pan también y era un amigo más. Todavía me cuesta mucho trabajo aceptarlo. Pero seguramente es un hecho cultural y hay que tomarlo como tal. Resulta irónico que mi compañera de piso americana y yo comamos juntas en la cocina, y las compañeras españolas en el comedor, en frente de la televisión. Eso no impide que nos llevemos bien, pero no tenemos la misma costumbre de comer y comunicarnos. La repetición de esta experiencia me marcó mucho y contribuyó seriamente a la destrucción del estereotipo que tenía –que tiene la mayoría de los extranjeros- sobre el pueblo español. Lo extraño es que esta costumbre de comer ante la televisión contradice el ejemplo de la reunión familiar o la costumbre del reparto en el arte de comer español (las tapas y raciones).
Pero, observo que esta charla sobre la comida se vuelve gastrosociología… Tiempo de acabar y de desearos un buen provecho con muchas especies y muchos amigos (¡sin tele!).
Escrito por Emilio Luque
Escrito por Emilio Luque 
Escrito por Emilio Luque 
