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Novela del siglo XX

febrero 7, 2008
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La alternancia entre los conservadores y los liberales en el poder hablaba de un sistema político corrupto e ineficaz para superar las dificultades económicas y el atraso económico del país. Nuevos grupos políticos anarquistas y socialistas, además de los tradicionalistas, intentan aportar las soluciones que los partidos turnistas no hallan. La sublevación de Cuba, los problemas regionalistas o el mal enfocado Protectorado de África constituyeron otras dificultades añadidas a la maltrecha sociedad española. El ambiente era de descontento, de dejadez en todos los sentidos, en un país donde la mayoría de la población vivía atrasada y miserable, cuando no hostigada por los caciques. La poca industria que sostenía la economía se encontraba en Cataluña y en el País Vasco, con lo que la concentración de este tipo de actividades favorecía la emigración hacia zonas más prósperas. Por su parte, las clases altas formadas por aristócratas y miembros de la alta burguesía vivían apartadas de los problemas del campesinado y del proletariado, en un mundo cerrado sobre sí mismo.

El Desastre del 98

Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran las últimas colonias de ultramar que España poseía hasta ese momento. Las guerras coloniales que se habían iniciado en 1895 fueron minando poco a poco la moral y la economía de un país ya de por sí desmoralizado ante el desmoronamiento que se presentía. El 1 de mayo de 1898, a las 4:45 horas, el comandante Juan de la Concha descubrió que una flota estadounidense se aproximaba hacia posiciones españolas. Sólo siete horas más tarde –a las 11’45–, las tropas españolas fueron derrotadas y aniquiladas. Además, el ejército americano sólo sufrió una baja, el maquinista del Boston, a causa de un ataque al corazón. Esta humillación hizo que la conciencia de los españoles –al menos de los intelectuales– se tambalease y se intentasen buscar soluciones ante el declive imparable de España, que unos años antes había sido la principal potencia mundial. La firma del Tratado de París significó el fin de un sueño. La anterior grandeza había quedado reducida en unas horas a ceniza. La entrega de Cuba, Filipinas y Puerto Rico obligaba a replantearse el camino que el país llevaba, y en este contexto, en esta situación, un grupo de intelectuales se pusieron manos a la obra: había que analizar las causas de la decadencia y, por supuesto, buscar soluciones. A esto se dedicaron los noventayochistas, aunque hay que decir que no fueron los primeros, como veremos a continuación. Ya hemos advertido que la decadencia del país no se produjo sólo en 1898. Era un fenómeno que se presentía desde años atrás. Los regeneracionistas demandaban la necesidad de la reconstrucción interior de España a través de una reforma agraria efectiva, que contemplara una política de regadíos acorde con las necesidades, así como la importancia de que el pueblo fuera educado e instruido. España no podía seguir viviendo cerrada sobre sí misma, sino que era fundamental que se produjera una apertura verdadera a Europa. Los regeneracionistas pedían la europeización de España como única salida al atraso imperante. Así, el lema de este movimiento ideológico –no literario– es bastante demostrativo de estos anhelos: despensa y escuela.

Uno de los principales representantes del Regeneracionismo fue Macías Picavea (1874-1899), quien se preguntaba: “¿Posee España, la patria amada, alientos para seguir viviendo entre los pueblos vivos de la historia, (…) hemos tocado en la víspera de su desaparición como nación independiente?”. El principal representante de este movimiento fue Joaquín Costa (1844-1911), cuyas apreciaciones produjeron una gran impresión e influencia en los escritores más jóvenes, entre ellos Unamuno, Azorín y Ortega y Gasset. Joaquín Costa, en Colectivismo agrario en España (1898) analizó las reformas que serían necesarias en el campo para conseguir que el sector agrario fuera rentable y productivo. En 1899, con el fin de regenerar la riqueza agrícola nacional, fundó la Liga de Contribuyentes de Ribagorza, que le dio a conocer en toda España. En Oligarquía y caciquismo (1901) analizó el problema de los abusos e imposiciones que los caciques ejercían sobre el campesinado. Posteriormente fue diputado republicano y alcanzó una extraordinaria popularidad. Además del Regeneracionismo, aunque estrechamente vinculado a éste, no podemos  dejar de hablar de la ILE, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos (1840-1915) en un intento por renovar la enseñanza en España. Opinaba que reformar el país a través de medidas políticas era absurdo, pues el pueblo era analfabeto, con lo que había que intentar que alcanzase un nivel aceptable de educación como condición necesaria antes de pensar en tomar otro tipo de medidas. Giner de los Ríos quería apartarse de la enseñanza oficial, insuficiente y dogmática, y de la enseñanza religiosa, clasista y reservada a unos pocos.

Características de la Generación del 98

Se trata de un término eminentemente histórico-social que tiene una repercusión determinante sobre un grupo de autores literarios preocupados por la marcha que España había tomado desde unos años atrás hacia la decadencia.  Es difícil establecer características comunes para un grupo de escritores tan heterogéneo como el que nos ocupa, aunque es indudable que hay rasgos compartidos por todos ellos –o al menos la mayoría– que no pueden ser obviados. De todos modos, más abajo iremos analizando uno a uno a estos autores y, en ese momento, concretaremos las características generales que a continuación exponemos:

El concepto de generación del que estamos tratando, en su sentido literario, fue analizado por un crítico alemán llamado Julius Petersen. Este autor estableció una serie de premisas que un grupo de autores deberían cumplir para poder ser considerados una generación. Vamos a analizarlas con respecto a los autores del 98:

Los autores deben ser coetáneos: establezcamos desde aquí quiénes son los autores que conforman esta generación: Miguel de Unamuno (1864-1936), Ángel Ganivet (1865-1898), Pío Baroja (1872-1956), José Martínez Ruiz “Azorín” (1873-1967), Ramiro de Maeztu (1874-1936), Antonio Machado (1875-1939) y Ramón del Valle-Inclán (1866-1936). Observamos que entre la fecha de nacimiento del mayor de ellos –Unamuno– y del menor –Antonio Machado– no hay más que once años, con lo que pueden ser considerados coetáneos. Deben tener una formación intelectual semejante: todos estos autores recibieron las mismas influencias, así como unas preocupaciones comunes. El liberalismo era común a la mayoría de ellos; todos mostraron interés en mayor o menor medida por el Desastre del 98 y la situación subsiguiente; realizaron publicaciones conjuntas, como el Manifiesto (conocido como Manifiesto de los Tres) elaborado en 1901 por Azorín, Baroja y Maeztu, apoyados por Unamuno, en el que denuncian la desorientación de la población española, especialmente de la juventud, con tintes regeneracionistas.

Debe darse un hecho generacional que los aglutine: sin duda, el Desastre del 98 es ese hecho en torno al cual se reúnen estos autores al menos desde un punto de vista temático e ideológico.

Presupuestos estéticos, lenguaje y estilo comunes y opuestos a los de la generación anterior: los del 98 se rebelan contra la prosa inflada y grandilocuente de finales del siglo XIX y responden con unas obras claras y luminosas donde la lengua se estructura en párrafos cortos formados, en su mayoría, por oraciones simples, de manera que la comprensión del mensaje se facilita bastante.

Existencia de un jefe o guía espiritual: Miguel de Unamuno es la figura que podemos considerar guía de este grupo.

La decadencia de España culmina con el Desastre mencionado, y esto motiva que los autores del 98 analicen la conciencia nacional, el problema de España: las causas de sus males, las posibles soluciones, el pasado, el futuro, etc. Estos escritores toman una actitud bastante peculiar ante el problema: buscan el conocimiento de España viajando por ella, describiendo los campos, las ciudades, los viejos monumentos, para intentar recrear literariamente la historia del país. Con esto, podemos decir que no se conforman con un acercamiento sin más al paisaje: es un acercamiento estético, bello, claro. Castilla será el eje del paisaje, como representante de la esencia española, de la decadencia. Todos estos autores provienen de la periferia –Unamuno, Maeztu y Baroja eran vascos, Azorín alicantino, Machado y Ganivet andaluces y Valle-Inclán gallego– y coinciden en Madrid. Desde aquí descubrirán los viejos pueblos castellanos, silenciosos y casi muertos, los paisajes, la historia de nuestro país, los monumentos, los recuerdos. Su amor a España les llevó a analizar las causas de tanto declive a través de tres temas fundamentales:

 

El paisaje: viajaron por España y la describieron, especialmente Castilla, como una re-creación del paisaje. Había que empezar de cero, y esto no era otra cosa que mirar con ojos nuevos lo que les rodeaba. Castilla simbolizaba a toda España.

 

La historia: no se interesan por la Historia con mayúscula, es decir, la de los grandes hombres y las grandes batallas, sino por la historia del pueblo, de las personas que trabajan día a día, la de los hechos cotidianos, la del trabajo, la de las costumbres, la de “los millones de hombres sin historia”, calificada por Unamuno como intrahistoria.

 

La literatura: las fuentes literarias que influyen están muy claras, ya que son un referente histórico y literario. Los autores del 98 se interesan por los clásicos de nuestra literatura, como el Poema de Mío Cid, Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, Fray Luis de León, Cervantes, Góngora…

 

Estos autores evolucionan desde el compromiso social y político de su juventud hasta la evasión por medio de la literatura a medida que van envejeciendo. Azorín poseía de joven una ideología anarquista radica para, posteriormente, evolucionar a posturas conservadoras; Baroja se mostraba contrario a todo –era anticlerical, antimilitarista, anticristiano, antijesuita, antimasón, antisocialista y anticomunista–; Unamuno estaba afiliado al partido socialista; Maeztu se consideraba anarco-socialista. Todos asistían a las mismas tertulias o a los mismos actos como elemento ideológico común: realizaron una visita en común a la tumba de Mariano José de Larra (considerado por algunos como un precedente de la Generación), fueron de excursión a Toledo en 1902, asistieron al estreno de Electra de Galdós. Antonio Machado y Valle-Inclán, mencionados en el capítulo anterior, fueron más bien modernistas en su juventud (Valle-Inclán, además, simpatizaba con el carlismo tradicionalista) y poco a poco fueron evolucionando hacia compromisos de tipo progresista en su madurez.

 

Entre los autores del 98 predomina el uso de la prosa para expresarse. La mayoría de las obras más importantes son novelas o ensayos. Tres autores podemos destacar como poetas: Antonio Machado, Valle-Inclán y Unamuno. Tanto Valle como Unamuno, a pesar de escribir algunas obras de poesía, cultivan fundamentalmente la novela o el ensayo, en el caso del bilbaíno, o la novela y el teatro en el caso del gallego. Por su parte, Machado es el poeta de la Generación. Aunque tenga escritos en prosa más o menos apreciables, destaca fundamentalmente por su obra poética. Baroja será el gran novelista del 98, entregado por entero a esta labor.

 

El estilo es muy personal en lo que se refiere a los autores de los que estamos tratando. Aun así, podemos citar algunas características coincidentes:

 

Reaccionan contra la retórica, el prosaísmo y la grandilocuencia de la literatura anterior. Se convierten en auténticos renovadores del panorama literario de principios de siglo.

Visión subjetiva (emotiva o intelectual), entonación lírica y sentimental. Al igual que los autores románticos (Bécquer), asocian el paisaje al estado de ánimo, de ahí que el símbolo de la decadencia española sea la yerma meseta castellana.

El estilo es sobrio y directo. Importa el contenido e intentan que éste llegue al lector de la manera más clara posible.

Cuidan la forma de su prosa, son exigentes y reaccionan contra las imprecisiones o los contenidos confusos.

Recogen palabras que están en desuso y las incluyen en sus escritos. Las ven como una muestra del pasado que hay que conservar.

Los temas principales de los autores de esta generación, además de los relacionados con la regeneración del país y el problema de España, ya analizados, serán dos: La vida y la muerte, el sentido de la vida, el paso del tiempo. Estas preocupaciones existenciales estarán representadas fundamentalmente por Unamuno, aunque los demás autores también dan muestras de ellas en su obra, como veremos.

 

 

La religión.

No hay unanimidad entre ellos en cuanto a este tema: desde los católicos fervorosos como Azorín y Maeztu hasta los agnósticos como Baroja, pasando por los dubitativos, como Unamuno, vemos representadas en la Generación del 98 posturas muy diversas en relación con la religión. Considerado el guía de la Generación del 98, Miguel de Unamuno fue una figura intelectual de primera línea en el primer tercio del siglo XX. Aunque bilbaíno de nacimiento, vivió casi toda su vida en Salamanca, en cuya universidad trabajó como catedrático de griego y como rector. Entre 1924 y 1930 vivió en Fuerteventura y en Francia a causa del destierro al que se vio sometido por sus críticas a la Dictadura de Primo de Rivera. A pesar de haber apoyado en un inicio a la República, evolucionó hacia posiciones críticas tanto a ésta como al levantamiento militar del general Franco. Miguel de Unamuno poseyó una gran cultura filológica, antigua, filosófica y literaria, lo cual hizo de él un referente claro no sólo para sus compañeros de generación, sino también para los escritores que le sucedieron.

Cultivó todos los géneros literarios: poesía, novela, teatro y ensayo. En el capítulo dedicado a la lírica repasamos su faceta poética y en el dedicado al teatro, su vertiente dramática, por lo que aquí nos centraremos en los otros aspectos de su obra. Evidentemente, el problema de España fue uno de los temas predilectos de Unamuno. Su preocupación por la situación del país le llevó a analizar todos los aspectos que habían conducido a la patria a ese estado de postración. La descripción del paisaje castellano se convirtió en uno de sus objetivos, así como de sus gentes. Esta preocupación le llevó a afirmar: “Me duele España; ¡soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo!”.

A raíz de este dolor, Unamuno escribió una serie de ensayos sobre el tema, como En torno al casticismo (1895), Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1922). En ellos, el autor refleja su emoción ante el paisaje e intenta ofrecer su propia interpretación del papel que Castilla ha representado a lo largo de la historia. En Vida de don Quijote y Sancho (1905) analiza la gran obra cervantina como un modelo de idealismo, el de don Quijote, que puede ayudar a hacer salir al país de su dejadez y cobardía. Es una interpretación personal sobre una obra que apasionó a otros miembros del 98, como Azorín o Baroja. Podemos destacar otros dos ensayos de Unamuno, aunque de una temática muy diferente: Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del Cristianismo (1925). Aquí, la preocupación fundamental del autor es la búsqueda del sentido de la vida. El contenido de estos ensayos es eminentemente filosófico y se ha visto en ellos un adelanto al existencialismo moderno. Unamuno se movió durante toda su vida entre la fe y el agnosticismo religioso, sin terminar de decantarse por ninguno de ellos. Además, el tema de la muerte (o de la inmortalidad) ocupó, junto al anterior, un puesto principal entre los tratados por Unamuno.

Con respecto a las novelas, podemos afirmar que Unamuno es autor de algunas de las más importantes de la Generación del 98, aunque también hemos de aceptar que no es éste el género más destacado entre los cultivados por el autor. Se le ha achacado que el ritmo temporal no es correcto, que son inverosímiles o que a sus personajes les falta entidad humana. Unamuno, preocupado por la dimensión filosófica o ideológica de los argumentos, destaca, más que en la novela, en el drama o en la novela corta, aunque sus aciertos son indudables. Publicó su primera novela en 1897, titulada Paz en la guerra. Se encuentra muy cerca todavía del Realismo, imperante en el último tercio del XIX. En 1914 encontramos una de sus grandes novelas, Niebla, inicio de lo que él llamó nivolas: la presentación de las pasiones humanas desconectadas de los paisajes o los ambientes. El protagonista de la novela es Augusto Pérez, un hombre gris embarcado en una historia de amor. Este personaje se percata de que no es más que una creación ficticia de su autor, y se rebela contra él. Se inicia una conversación entre Augusto y Unamuno, en la que aquél le recuerda a éste que, al igual que él es una creación de la mente de su autor, también los humanos dependen del capricho de Dios (al igual que en los ensayos, hallamos de nuevo la preocupación de Unamuno por el sentido de la vida). Otras dos novelas destacadas son Abel Sánchez (1917) y La tía Tula (1921). En 1931 Unamuno publica su gran obra maestra: San Manuel Bueno, mártir. Narra la historia de un párroco entregado al servicio de su comunidad. Todos lo adoran y lo consideran un modelo de virtudes, pero él se debate entre el servicio a esas personas o la revelación de su verdadera preocupación: ha perdido la fe y no cree en la vida eterna. La duda religiosa de Unamuno que ya aparecía en algunos de sus ensayos se proyecta de nuevo en esta novelita.

Unamuno es un modelo en el empleo del idioma. Utiliza un lenguaje sobrio pero vivo, expresivo e intenso. Huye del retoricismo e incluye una gran cantidad de términos populares con la finalidad de revitalizar el sentido de ciertas palabras. Además del referente principal de la Generación del 98, es uno de los pilares fundamentales de la lengua española del siglo XX.

La Generación de 1950

Ana María Matute (Barcelona, 1926), miembro de la Real Academia Española, es una de las autoras de narrativa más originales. Su abundante obra comprende doce novelas: Los Abel (1948), Pequeño teatro (Premio Planeta 1954), Los hijos muertos (1958), la trilogía Los mercaderes -integrada por Primera memoria (1959); Los soldados lloran de noche (1969), y La trampa (1969), La torre vigía (1971), Olvidado rey Gudú (1996), Aranmanoth (2000); ocho volúmenes de relatos (Tres y un sueño, Historias de la artamila, 1961. El río, 1963, y, entre otros, Los niños tontos, 1956), y varios títulos de literatura infantil (El polizón del ‘Ulises’, Premio Lazarillo, 1965; Sólo un pie descalzo, 1984, y El verdadero final de la Bella Durmiente, 1966).

Ana María MatuteAna María Matute (c. 1966)

Ana María Matute (Barcelona, 1926), miembro de la Real Academia Española, premio Nacional de las Letras y cuyo nombre ha sonado varias veces en las quinielas al Premio Nobel de Literatura, es autora de una de las muestras creativas más poderosas y personales de la narrativa escrita en castellano a partir de la segunda mitad del siglo XX hasta hoy. Su abundante obra (traducida a más de veinte idiomas) comprende doce novelas (entre otras, Los Abel, 1948; Pequeño teatro, Premio Planeta 1954; Los hijos muertos, Premio de la Crítica 1958 y Premio Nacional de Literatura 1959; la trilogía Los mercaderes -integrada por Primera memoria, Premio Nadal 1959; Los soldados lloran de noche, Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1969, y La trampa, 1969-; La torre vigía, 1971; Olvidado rey Gudú, 1996; Aranmanoth, 2000), ocho volúmenes de relatos (Tres y un sueño, Historias de la artamila, 1961. El río, 1963, y, entre otros, Los niños tontos, 1956), y varios títulos de literatura infantil (El polizón del ‘Ulises’, Premio Lazarillo, 1965; Sólo un pie descalzo, Premio Nacional de Literatura Infantil 1984, y El verdadero final de la Bella Durmiente, Premio Ciudad de Barcelona 1966).

Aunque perteneciente, cronológicamente, a la llamada generación del medio siglo, con cuyos más destacados miembros comparte determinados trasfondos temáticos (la Guerra Civil española, la desolación como paisaje moral de los años de posguerra, la rememoración de la infancia como irreparable pérdida de la inocencia edénica, y el descalabro humano reinante en una sociedad en la que los más débiles sucumben bajo la impiedad de los poderosos), la escritura de Ana María Matute siempre se ha regido por un talante despegado de las consignas tanto ideológicas como estéticas de la época.

Escritora sutil y a la vez rotunda, dotada de una sensibilidad realmente exquisita pero también de un brío expresivo perturbador y de una implacable ironía para delatar la crueldad, sus personajes se han caracterizado como seres desprotegidos frente a la rudeza de la realidad pero rabiosamente animados por una energía telúrica que los escuda del contagio de la mezquindad existencial de su entorno. Un halo angélico parece envolverlos para salvarlos, si no de la injusticia, del odio y de la incomprensión del medio que los rodea, sí de la anestesia sensitiva y anímica que acaba por aniquilar lo que de verdaderamente único y personal hay en cada ser humano.

Curiosamente, todo ello está presente en toda la vasta obra de Matute. Y digo curiosamente porque la publicación de Olvidado rey Gudú, novela que apareció tras más de veinte años de silencio por parte de la autora, dio pie (o mejor traspié) a pronunciamientos críticos que apuntaban a un cambio de rumbo en su trayectoria literaria. Para muchos, La torre vigía, Olvidado rey Gudú y la posterior Aranmanoth, eran novelas en las que Matute privilegiaba el mundo de la fantasía en detrimento de lo que algunos estudiosos de su obra habían calificado de “realismo lírico matutiano”.

Grave error, en mi modesta opinión. En la memorable Olvidado rey Gudú, una auténtica obra maestra, situada hacia el siglo X, en un país imaginario de origen germánico, protagonizada por reyes perdidos en los archivos del tiempo, por gnomos, hadas, trasgos, ondinas, y personajes situados en mundos imaginarios fuera del mundo y del tiempo, encontraba el lector todos los tiempos y todos los mundos posibles, y, entre ellos, lógicamente, el tiempo y el mundo que nos ha tocado vivir.

Ahora, con Paraíso inhabitado, novela largamente esperada por los lectores de la autora, se dirá que Matute regresa al mundo de la infancia, ese universo cerrado, pero de una profundidad abismal, del que, en realidad, nunca se ha alejado y que, después de esta novela magistral, ninguna pluma, por solvente que sea, podrá volver a tocar sin asumir el fracaso. Hay que remontarse a Frankie y la boda, de Carson McCullers, para encontrar un parangón a la historia de Adri, la protagonista de Paraíso inhabitado, y a la genialidad con que se describe ese estado de absoluta indefensión frente al mundo de los adultos que es la infancia. Ese mundo en el que la protagonista es, de manera rotunda, absoluta, quien ya será para siempre; en el que ya se tiene conciencia de cuánto significa ser diferente a los demás, ser uno mismo, sin concesiones a reglas impuestas desde el exterior, desde fuera del ámbito en el que se desarrolla la aventura de ser y de sentir, y en el que los sentimientos, las certezas, los temores poseen la fuerza de lo inevitable.

Adriana, ese personaje inolvidable de la última novela de Matute, se mueve entre los adultos adocenados de su familia y sus compañeras de colegio, esas imitaciones de adultas llamadas a ser copias de sus madres y demás mujeres de sus familias, como un animal herido, vulnerable fuera de su madriguera, de su mundo nocturno, poblado de personajes librescos a quienes conoce en rincones de la casa, en la oscuridad de la noche y de la ignorancia de los adultos, asomados ya al descalabro de la Guerra Civil. Sólo en tía Eduarda, una mujer independiente y fuerte, y en Gavi, el compañero de juegos y del descubrimiento del amor, de origen ruso, hijo de una bailarina eslava rechazada por los biempensantes vecinos del inmueble donde viven ambos niños, encuentra Adri a sus semejantes.

Escrita con un lenguaje traslúcido, con una sencillez -esa difícil sencillez de lo esencial- que ahuyenta lo superfluo y para crear un universo narrativo de una intensidad sobrecogedora, Paraíso inhabitado nos devuelve lo mejor de Ana María Matute en una novela sin duda destinada a figurar entre las obras clásicas de nuestra literatura. De no haberla leído ya, sería el regalo de Navidad más gratificante que podría recibir. –

Aunque perteneciente, cronológicamente, a la llamada generación del medio siglo, con cuyos más destacados miembros comparte determinados trasfondos temáticos (la Guerra Civil española, la desolación como paisaje moral de los años de posguerra, la rememoración de la infancia como irreparable pérdida de la inocencia edénica, y el descalabro humano reinante en una sociedad en la que los más débiles sucumben bajo la impiedad de los poderosos), la escritura de Ana María Matute siempre se ha regido por un talante despegado de las consignas tanto ideológicas como estéticas de la época.

Paraíso inhabitado (2008) es su última novela, en ella describe ese estado de absoluta indefensión frente al mundo de los adultos que es la infancia. Ese mundo en el que la protagonista es, de manera rotunda, absoluta, quien ya será para siempre; en el que ya se tiene conciencia de cuánto significa ser diferente a los demás, ser uno mismo, sin concesiones a reglas impuestas desde el exterior, desde fuera del ámbito en el que se desarrolla la aventura de ser y de sentir, y en el que los sentimientos, las certezas, los temores poseen la fuerza de lo inevitable. Escrita con un lenguaje traslúcido, con una sencillez -esa difícil sencillez de lo esencial- que ahuyenta lo superfluo y para crear un universo narrativo de una intensidad sobrecogedora, Paraíso inhabitado nos devuelve lo mejor de Ana María Matute en una novela sin duda destinada a figurar entre las obras clásicas de nuestra literatura. 

1962

Luis Martín-Santos (1924-1964). Médico nacido en Larache publicó Tiempo de silencio en 1962. Su temprana muerte en accidente de tráfico interrumpió la renovación inminente de la novela española.

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EL BOOM HISPANOAMERICANO (1968)

La aparición de ocho o diez autores hispanoamericanos de una altísima calidad en las librerías españolas tendría una repercusión inusitada.

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