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“Soledades”, de Antonio Machado

febrero 2, 2009

Misterioso y silencioso
iba una vez y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
como era hombre de buena fe.
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez.
Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
y del amor y del placer,
cantaba en versos profundos
cuyo secreto era de él.
Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible fue.
Ruego por Antonio a mis dioses,
ellos le salven siempre. Amén.

RUBÉN DARÍO

Poesías Completas

Soledades

(1899-1907)

EL VIAJERO

Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo.

El rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro
de la tierra de un sueño no encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela henchida?

El ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas…

Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tictac del reloj. Todos callamos.

II

He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.

Mala gente que camina
y va apestando la tierra…

Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan adonde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

III

La plaza y los naranjos encendidos
con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!…
¡Y algo nuestro de ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!

IV

EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO

Tierra le dieron una tarde horrible
del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,
había rosas de podridos pétalos,
entre geranios de áspera fragancia
y roja flor. El cielo
puro y azul. Corría
un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,
pesadamente, descender hicieron
el ataúd al fondo de la fosa
los dos sepultureros…

Y al reposar sonó con recio golpe,
solemne, en el silencio.
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos…
El aire se llevaba
de la honda fosa el blanquecino aliento.

—Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
larga paz a tus huesos…
Definitivamente,
duerme un sueño tranquilo y verdadero.

V
RECUERDO INFANTIL

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
“mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón”.

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

VI

Fue una clara tarde, triste y soñolienta
tarde de verano. La hiedra asomaba
al muro del parque, negra y polvorienta…
La fuente sonaba.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruido abrióse la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
golpeó el silencio de la tarde muerta.

En el solitario parque, la sonora
copla borbollante del agua cantora
me guio a la fuente. La fuente vertía
sobre el blanco mármol su monotonía.

La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,
un sueño lejano mi canto presente?
Fue una tarde lenta del lento verano.

Respondí a la fuente:
No recuerdo, hermana,
mas sé que tu copla presente es lejana.

Fue esta misma tarde: mi cristal vertía
como hoy sobre el mármol su monotonía.
¿Recuerdas, hermano? … Los mirtos talares,
que ves, sombreaban los claros cantares
que escuchas. Del rubio color de la llama,
el fruto maduro pendía en la rama,
lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano? …
Fue esta misma lenta tarde de verano.

—No sé qué me dice tu copla riente
de ensueños lejanos, hermana la fuente.

Yo sé que tu claro cristal de alegría
ya supo del árbol la fruta bermeja;
yo sé que es lejana la amargura mía
que sueña en la tarde de verano vieja.

Yo sé que tus bellos espejos cantores
copiaron antiguos delirios de amores:
mas cuéntame, fuente de lengua encantada,
cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

—Yo no sé leyendas de antigua alegría,
sino historias viejas de melancolía.

Fue una clara tarde del lento verano…
Tú venías solo con tu pena, hermano;
tus labios besaron mi linfa serena,
y en la clara tarde dijeron tu pena.

Dijeron tu pena tus labios que ardían;
la sed que ahora tienen, entonces tenían.

—Adiós para siempre la fuente sonora,
del parque dormido eterna cantora.
Adiós para siempre; tu monotonía,
fuente, es más amarga que la pena mía.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;
con agrio ruïdo abrióse la puerta
de hierro mohoso y, al cerrarse, grave
sonó en el silencio de la tarde muerta.

VII

El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro…

Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan…
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.

VIII

Yo escucho los cantos
de viejas cadencias
que los niños cantan
cuando en corro juegan,
y vierten en coro
sus almas, que suenan,
cual vierten sus aguas
las fuentes de piedra:
con monotonías
de risas eternas
que no son alegres,
con lágrimas viejas
que no son amargas
y dicen tristezas,
tristezas de amores
de antiguas leyendas.

En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores
que nunca se cuentan.

Jugando, a la sombra
de una plaza vieja,
los niños cantaban…

La fuente de piedra
vertía su eterno
cristal de leyenda.

Cantaban los niños
canciones ingenuas,
de un algo que pasa
y que nunca llega:
la historia confusa
y clara la pena.

Seguía su cuento
la fuente serena;
borrada la historia,
contaba la pena.

IX

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.
Girando en torno a la torre y al caserón solitario,
ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,
de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.
El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,
casi azules, primavera
se ve brotar en los finos
chopos de la carretera
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,
azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,
y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,
espuma de la montaña
ante la azul lejanía,
sol del día, claro día!
¡Hermosa tierra de España!

X

A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas.
A un lado, el viejo paredón sombrío
de una ruinosa iglesia;
a otro lado, la tapia blanquecina
de un huerto de cipreses y palmeras,
y, frente a mí, la casa,
y en la casa la reja
ante el cristal que levemente empaña
su figurilla plácida y risueña.
Me apartaré. No quiero
llamar a tu ventana… Primavera
viene —su veste blanca
flota en el aire de la plaza muerta—;
viene a encender las rosas
rojas de tus rosales… Quiero verla…

XI

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…

¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero,
a lo largo del sendero…
—La tarde cayendo está—.

“En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón”.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino se serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
“Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada”.

XII

Amada, el aurea dice
tu pura veste blanca…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

El viento me ha traído
tu nombre en la mañana;
el eco de tus pasos
repite la montaña…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

En las sombrías torres
repican las campanas…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

Los golpes del martillo
dicen la negra caja;
y el sitio de la fosa,
los golpes de la azada…
No te verán mis ojos;
¡mi corazón te aguarda!

 
XIII 

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.

En una huerta sombría
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino,
absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!»

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía
como cubierta de un mago fanal de oro transparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajos los arcos del puente,
como si al pasar dijera:

«Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera».

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar…

¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.

En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Cálido viento soplaba,
alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas oscuras caer el agua se oía.

XIV

Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copia soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

… Y era el Amor, como una roja llama…
—Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro
que se trocaba en surtidor de estrellas—.

… Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
—Tal cuando yo era niño la soñaba—.

Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.

XV

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones
el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

¿No ves, en el encanto del mirador florido,
el óvalo rosado de un rostro conocido?

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,
surge o se apaga como daguerrotipo viejo.

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;
se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón… ¿Es ella?
No puede ser… Camina… En el azul la estrella.

XVI

Siempre fugitiva y siempre
cerca de mí, en negro manto
mal cubierto el desdeñoso
gesto de tu rostro pálido.
No sé adonde vas, ni dónde
tu virgen belleza tálamo
busca en la noche. No sé
qué sueños cierran tus párpados,
ni de quien haya entreabierto
tu lecho inhospitalario.

………………………………………

Detén el paso, belleza
esquiva, detén el paso.
Besar quisiera la amarga,
amarga flor de tus labios.

XVII 

HORIZONTE

En una tarde clara y amplia como el hastío,
cuando su lanza blande el tórrido verano,
copiaban el fantasma de un grave sueño mío
mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
era un cristal de llamas, que al infinito viejo
iba arrojando el grave soñar en la llanura…
Y yo sentí la espuela sonora de mi paso
repercutir lejana en el sangriento ocaso,
y más allá, la alegre canción de un alba pura.

XVIII
EL POETA

  • Para el libro La casa de la primavera,
  • de Gregorio Martínez Sierra.
  • Maldiciendo su destino
    como Glauco, el dios marino,
    mira, turbia la pupila
    de llanto, el mar, que le debe su blanca virgen Scyla.

    Él sabe que un Dios más fuerte
    con la sustancia inmortal está jugando a la muerte,
    cual niño bárbaro. Él piensa
    que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,
    antes de perderse, gota
    de mar, en la mar inmensa.

    En sueños oyó el acento de una palabra divina;
    en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina,
    sin odio ni amor, y el frío
    soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.

    Bajo las palmeras del oasis el agua buena
    miró brotar de la arena;
    y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros
    animales carniceros…

    Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor.
    Y fue compasivo para el ciervo y el cazador,
    para el ladrón y el robado,
    para el pájaro azorado,
    para el sanguinario azor.

    Con el sabio amargo dijo: Vanidad de vanidades,
    todo es negra vanidad;
    y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:
    sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.

    Y viendo cómo lucían
    miles de blancas estrellas,
    pensaba que todas ellas
    en su corazón ardían.
    ¡Noche de amor!

    Y otra noche
    sintió la mala tristeza
    que enturbia la pura llama,
    y el corazón que bosteza,
    y el histrión que declama

    Y dijo: Las galerías
    del alma que espera están
    desiertas, mudas, vacías:
    las blancas sombras se van.

    Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado de
    ayer. ¡Cuán bello era!
    ¡Qué hermosamente el pasado
    fingía la primavera,
    cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,
    mísero fruto podrido,
    que en el hueco acibarado
    guarda el gusano escondido!
    ¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,
    arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

  • XIX
  • ¡Verdes jardinillos,
    claras plazoletas,
    fuente verdinosa
    donde el agua sueña,
    donde el agua muda
    resbala en la piedra!…

    Las hojas de un verde
    mustio, casi negras
    de la acacia, el viento
    de septiembre besa,
    y se lleva algunas
    amarillas, secas,
    jugando, entre el polvo
    blanco de la tierra.

    Linda doncellita
    que el cántaro llenas
    de agua transparente,
    tú, al verme, no llevas
    a los negros bucles
    de tu cabellera,
    distraídamente,
    la mano morena,
    ni, luego, en el limpio
    cristal te contemplas…

    Tú miras al aire
    de la tarde bella,
    mientras de agua clara
    el cántaro llenas.

    XX
    PRELUDIO

    Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero
    poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.
    Acordaré las notas del órgano severo
    al suspirar fragante del pífano de abril.

    Madurarán su aroma las pomas otoñales,
    la mirra y el incienso salmodiarán su olor;
    exhalarán su fresco perfume los rosales,
    bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.

    Al grave acorde lento de música y aroma,
    la sola y vieja y noble razón de mi rezar
    levantará su vuelo suave de paloma,
    y la palabra blanca se elevará al altar.

    XXI

    Daba el reloj las doce… y eran doce
    golpes de azada en tierra…

    … ¡Mi hora! —grité— … El silencio
    me respondió: —No temas;
    tú no verás caer la última gota
    que en la clepsidra tiembla.

    Dormirás muchas horas todavía
    sobre la orilla vieja
    y encontrarás una mañana pura
    amarrada tu barca a otra ribera.

    XXII

    Sobre la tierra amarga,
    caminos tiene el sueño
    laberínticos, sendas tortuosas,
    parques en flor y en sombra y en silencio;

    criptas hondas, escalas sobre estrellas;
    retablos de esperanzas y recuerdos.
    Figurillas que pasan y sonríen
    —juguetes melancólicos de viejo—;

    imágenes amigas,
    a la vuelta florida del sendero,
    y quimeras rosadas
    que hacen camino… lejos…

    XXIII

    En la desnuda tierra del camino
    la hora florida brota,
    espino solitario,
    del valle humilde en la revuelta umbrosa.

    El salmo verdadero
    de tenue voz hoy torna
    al corazón, y al labio,
    la palabra quebrada y temblorosa.

    Mis viejos mares duermen; se apagaron
    sus espumas sonoras
    sobre la playa estéril. La tormenta
    camina lejos en la nube torva.

    Vuelve la paz al cielo;
    la brisa tutelar esparce aromas
    otra vez sobre el campo, y aparece,
    en la bendita soledad, tu sombra.

    XXIV

    El sol es un globo de fuego,
    la luna es disco morado.

    Una blanca paloma se posa
    en el alto ciprés centenario.

    Los cuadros de mirtos parecen
    de marchito velludo empolvado.

    ¡El jardín y la tarde tranquila!…
    Suena el agua en la fuente de mármol.

    XXV

    ¡Tenue rumor de túnicas que pasan
    sobre la infértil tierra!…
    ¡Y lágrimas sonoras
    de las campanas viejas!

    Las ascuas mortecinas
    del horizonte humean…
    Blancos fantasmas lares
    van encendiendo estrellas.

    —Abre el balcón. La hora
    de una ilusión se acerca…
    La tarde se ha dormido
    y las campanas sueñan.

    XXVI

    ¡Oh, figuras del atrio, más humildes
    cada día y lejanas:
    mendigos harapientos
    sobre marmóreas gradas;
    miserables ungidos
    de eternidades santas,
    manos que surgen de los mantos viejos
    y de las rotas capas!
    ¿Pasó por vuestro lado
    una ilusión velada,
    de la mañana luminosa y fría
    en las horas más plácidas?…
    Sobre la negra túnica, su mano
    era una rosa blanca…

    XXVII

    La tarde todavía
    dará incienso de oro a tu plegaria,
    y quizás el cénit de un nuevo día
    amenguará tu sombra solitaria.
    Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano,
    sino la ermita junto al manso río;
    no tu sandalia el soñoliento llano
    pisará, ni la arena del hastío.
    Muy cerca está, romero,
    la tierra verde y santa y florecida
    de tus sueños; muy cerca, peregrino
    que desdeñas la sombra del sendero
    y el agua del mesón en tu camino.

    XXVIII

    Crear fiestas de amores
    en nuestro amor pensamos,
    quemar nuevos aromas
    en montes no pisados,

    y guardar el secreto
    de nuestros rostros pálidos,
    porque en las bacanales de la vida
    vacías nuestras copas conservamos,

    mientras con eco de cristal y espuma
    ríen los zumos de la vid dorados.
    ………………………………………………..
    Un pájaro escondido entre las ramas
    del parque solitario,
    silba burlón…

    Nosotros exprimimos
    la penumbra de un sueño en nuestro vaso…
    Y algo, que es tierra en nuestra carne,siente
    la humedad del jardín como un halago.

    XXIX

    Arde en tus ojos un misterio, virgen
    esquiva y compañera.

    No sé si es odio o es amor la lumbre
    inagotable de tu aljaba negra.

    Conmigo irás mientras proyecte sombra
    mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

    —¿Eres la sed o el agua en mi camino?
    Dime, virgen esquiva y compañera.

    XXX

    Algunos lienzos del recuerdo tienen
    luz de jardín y soledad de campo;
    la placidez del sueño
    en el paisaje familiar soñado.

    Otros guardan las fiestas
    de días aun lejanos;
    figurillas sutiles
    que pone un titerero en su retablo
    ………………………………………….
    Ante el balcón florido,
    está la cita de un amor amargo.

    Brilla la tarde en el resol bermejo…
    La hiedra efunde de los muros blancos…

    A la revuelta de una calle en sombra
    un fantasma irrisorio besa un nardo.

    XXXI

    Crece en la plaza en sombra
    el musgo, y en la piedra vieja y santa
    de la iglesia. En el atrio hay un mendigo…
    Más vieja que la iglesia tiene el alma.

    Sube muy lento, en las mañanas frías,
    por la marmórea grada,
    hasta un rincón de piedra… Allí aparece
    su mano seca entre la rota capa.

    Con las órbitas huecas de sus ojos
    ha visto cómo pasan
    las blancas sombras, en los claros días,
    las blancas sombras de las horas santas.

    XXXII

    Las ascuas de un crepúsculo morado
    detrás del negro cipresal humean…
    En la glorieta en sombra está la fuente
    con su alado y desnudo Amor de piedra,
    que sueña mudo. En la marmórea taza
    reposa el agua muerta.

    XXXIII

    ¿Mi amor? … ¿Recuerdas, dime,
    aquellos juncos tiernos,
    lánguidos y amarillos
    que hay en el cauce seco?…

    ¿Recuerdas la amapola
    que calcinó el verano,
    la amapola marchita,
    negro crespón del campo?…

    ¿Te acuerdas del sol yerto
    y humilde, en la mañana,
    que brilla y tiembla roto
    sobre una fuente helada? …

    XXXIV

    Me dijo un alba de la primavera:
    Yo florecí en tu corazón sombrío
    ha muchos años, caminante viejo
    que no cortas las flores del camino.

    Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
    el viejo aroma de mis viejos lirios?
    ¿Perfuman aún mis rosas la alba frente
    del hada de tu sueño adamantino?

    Respondí a la mañana:
    Sólo tienen cristal los sueños míos.
    Yo no conozco el hada de mis sueños;
    ni sé si está mi corazón florido.

    Pero si aguardas la mañana pura
    que ha de romper el vaso cristalino,
    quizás el hada te dará tus rosas,
    mi corazón tus lirios.

    XXXV

    Al borde del sendero un día nos sentamos.
    Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
    son las desesperantes posturas que tomamos
    para aguardar… Mas Ella no faltará a la cita.

    XXXVI

    Es una forma juvenil que un día
    a nuestra casa llega.
    Nosotros le decimos: ¿por qué tornas
    a la morada vieja?
    Ella abre la ventana, y todo el campo
    en luz y aroma entra.
    En el blanco sendero,
    los troncos de los árboles negrean;
    las hojas de sus copas
    son humo verde que a lo lejos sueña.
    Parece una laguna
    el ancho río entre la blanca niebla
    de la mañana. Por los montes cárdenos
    camina otra quimera.

    XXXVII

    ¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,
    que me traes el retablo de mis sueños
    siempre desierto y desolado, y sólo
    con mi fantasma dentro,
    mi pobre sombra triste
    sobre la estepa y bajo el sol de fuego,
    o soñando amarguras
    en las voces de todos los misterios,
    dime, si sabes, vieja amada, dime
    si son mías las lágrimas que vierto!
    Me respondió la noche:
    Jamás me revelaste tu secreto.
    Yo nunca supe, amado,
    si eras tú ese fantasma de tu sueño,
    ni averigüé si era su voz la tuya,
    o era la voz de un histrión grotesco.

    Dije a la noche: Amada mentirosa,
    tú sabes mi secreto;
    tú has visto la honda gruta
    donde fabrica su cristal mi sueño,
    y sabes que mis lágrimas son mías,
    y sabes mi dolor, mi dolor viejo.

    ¡Oh! Yo no sé, dijo la noche, amado,
    yo no sé tu secreto,
    aunque he visto vagar ese que dices
    desolado fantasma, por tu sueño.
    Yo me asomo a las almas cuando lloran
    y escucho su hondo rezo,
    humilde y solitario,
    ese que llamas salmo verdadero;
    pero en las hondas bóvedas del alma
    no sé si el llanto es una voz o un eco.

    Para escuchar tu queja de tus labios
    yo te busqué en tu sueño,
    y allí te vi vagando en un borroso
    laberinto de espejos.

    CANCIONES

    XXXVIII

    Abril florecía
    frente a mi ventana.
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas
    de un balcón florido,
    vi las dos hermanas.
    La menor cosía,
    la mayor hilaba …
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas,
    la más pequeñita,
    risueña y rosada
    —su aguja en el aire—,
    miró a mi ventana.

    La mayor seguía
    silenciosa y pálida,
    el huso en su rueca
    que el lino enroscaba.
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    Una clara tarde
    la mayor lloraba,
    entre los jazmines
    y las rosas blancas,
    y ante el blanco lino
    que en su rueca hilaba.
    —¿Qué tienes —le dije—
    silenciosa pálida?
    Señaló el vestido
    que empezó la hermana.
    En la negra túnica
    la aguja brillaba;
    sobre el velo blanco,
    el dedal de plata.
    Señaló a la tarde
    de abril que soñaba,
    mientras que se oía
    tañer de campanas.
    Y en la clara tarde
    me enseñó sus lágrimas…
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    Fue otro abril alegre
    y otra tarde plácida.
    El balcón florido
    solitario estaba…
    Ni la pequeñita
    risueña y rosada,
    ni la hermana triste,
    silenciosa y pálida,
    ni la negra túnica,
    ni la toca blanca…
    Tan sólo en el huso
    el lino giraba
    por mano invisible,
    y en la oscura sala
    la luna del limpio
    espejo brillaba…
    Entre los jazmines
    y las rosas blancas
    del balcón florido,
    me miré en la clara
    luna del espejo
    que lejos soñaba…
    Abril florecía
    frente a mi ventana.

    XXXIX

    COPLAS ELEGÍACAS

    ¡Ay del que llega sediento
    a ver el agua correr,
    y dice: la sed que siento
    no me la calma el beber!

    ¡Ay de quien bebe y, saciada
    la sed, desprecia la vida:
    moneda al tahúr prestada,
    que sea al azar rendida!

    Del iluso que suspira
    bajo el orden soberano,
    y del que sueña la lira
    pitagórica en su mano.

    ¡Ay del noble peregrino
    que se para a meditar,
    después de largo camino
    en el horror de llegar!

    ¡Ay de la melancolía
    que llorando se consuela,
    y de la melomanía
    de un corazón de zarzuela!

    ¡Ay de nuestro ruiseñor,
    si en una noche serena
    se cura del mal de amor
    que llora y canta sin pena!

    ¡De los jardines secretos,
    de los pensiles soñados,
    y de los sueños poblados
    de propósitos discretos!

    ¡Ay del galán sin fortuna
    que ronda a la luna bella;
    de cuantos caen de la luna,
    de cuantos se marchan a ella!

    ¡De quien el fruto prendido
    en la rama no alcanzó,
    de quien el fruto ha mordido
    y el gusto amargo probó!

    ¡Y de nuestro amor primero
    y de su fe mal pagada,
    y, también, del verdadero
    amante de nuestra amada!

    XL

    INVENTARIO GALANTE

    Tus ojos me recuerdan
    las noches de verano
    negras noches sin luna,
    orilla al mar salado,
    y el chispear de estrellas
    del cielo negro y bajo.
    Tus ojos me recuerdan
    las noches de verano.
    Y tu morena carne,
    los trigos requemados,
    y el suspirar de fuego
    de los maduros campos.

    Tu hermana es clara y débil
    como los juncos lánguidos,
    como los sauces tristes,
    como los linos glaucos.
    Tu hermana es un lucero
    en el azul lejano…
    Y es alba y aura fría
    sobre los pobres álamos
    que en las orillas tiemblan
    del río humilde y manso.
    Tu hermana es un lucero
    en el azul lejano.

    De tu morena gracia,
    de tu soñar gitano,
    de tu mirar de sombra
    quiero llenar mi vaso.
    Me embriagaré una noche
    de cielo negro y bajo,
    para cantar contigo,
    orilla al mar salado,
    una canción que deje
    cenizas en los labios…
    De tu mirar de sombra
    quiero llenar mi vaso.

    Para tu linda hermana
    arrancaré los ramos
    de florecillas nuevas
    a los almendros blancos,
    en un tranquilo y triste
    alborear de marzo.
    Los regaré con agua
    de los arroyos claros,
    los ataré con verdes
    junquillos del remanso…
    Para tu linda hermana
    yo haré un ramito blanco.

    XLI

    Me dijo una tarde
    de la primavera:
    Si buscas caminos
    en flor en la tierra,
    mata tus palabras
    y oye tu alma vieja.
    Que el mismo albo lino
    que te vista, sea
    tu traje de duelo,
    tu traje de fiesta.
    Ama tu alegría
    y ama tu tristeza,
    si buscas caminos
    en flor en la tierra.
    Respondí a la tarde
    de la primavera:
    Tú has dicho el secreto
    que en mi alma reza:
    yo odio la alegría
    por odio a la pena.
    Mas antes que pise
    tu florida senda,
    quisiera traerte
    muerta mi alma vieja.

    XLII

    La vida hoy tiene ritmo
    de ondas que pasan,
    de olitas temblorosas
    que fluyen y se alcanzan.
    La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,
    la risa de las aguas
    que entre los verdes junquerales corren,
    y entre las verdes cañas.
    Sueño florido lleva el manso viento;
    bulle la savia joven en las nuevas ramas;
    tiemblan alas y frondas,
    y la mirada sagital del águila
    no encuentra presa… Treme el campo en sueños,
    vibra el sol como un arpa.
    ¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros,
    que por las selvas pasas
    a la hora del cenit: tiemble en mi pecho
    el oro de tu aljaba!
    En tus labios florece la alegría
    de los campos en flor; tu veste alada
    aroman las primeras velloritas,
    las violetas perfuman tus sandalias.
    Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque,
    arrebatados tras la corza rápida,
    y los ágiles músculos rosados
    de tus piernas silvestres entre verdes ramas.
    ¡Pasajera ilusión de ojos guerreros
    que por las selvas pasas
    cuando la tierra reverdece y ríen
    los ríos en las cañas!
    ¡Tiemble en mi pecho el oro
    que llevas en tu aljaba!

    XLIII

    Era una mañana y abril sonreía.
    Frente al horizonte dorado moría
    la luna, muy blanca y opaca; tras ella,
    cual tenue ligera quimera, corría
    la nube que apenas enturbia una estrella.

    …………………………………………………………………………….

    Como sonreía la rosa mañana
    al sol del Oriente abrí mi ventana;
    y en mi triste alcoba penetró el Oriente
    en canto de alondras, en risa de fuente
    y en suave perfume de flora temprana.
    Fue una clara tarde de melancolía
    Abril sonreía. Yo abrí las ventanas
    de mi casa al viento… El viento traía
    perfume de rosas, doblar de campanas…
    Doblar de campanas lejanas, llorosas,
    suave de rosas aromado aliento…
    … ¿Dónde están los huertos floridos de rosas?
    ¿Qué dicen las dulces campanas al viento?

    …………………………………………………………
    Pregunté a la tarde de abril que moría:
    ¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?
    La tarde de abril sonrió: La alegría
    pasó por tu puerta —y luego, sombría:—
    Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

    XLIV

    El casco roído y verdoso
    del viejo falucho
    reposa en la arena…
    La vela tronchada parece
    que aún sueña en el sol y en el mar.
    El mar hierve y canta…
    El mar es un sueño sonoro
    bajo el sol de abril.
    El mar hierve y ríe
    con olas azules y espumas de leche y de plata,
    el mar hierve y ríe
    bajo el cielo azul.
    El mar lactescente,
    el mar rutilante,
    que ríe en sus liras de plata sus risas azules…
    ¡Hierve y ríe el mar!…
    El aire parece que duerme encantado
    en la fúlgida niebla de sol blanquecino.
    La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento
    volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.

    XLV

    El sueño bajo el sol que aturde y ciega,
    tórrido sueño en la hora de arrebol;
    el río luminoso el aire surca;
    esplende la montaña
    la tarde es polvo y sol.
    El sibilante caracol del viento
    ronco dormita en el remoto alcor;
    emerge el sueño ingrave en la palmera,
    luego se enciende en el naranjo en flor.
    La estúpida cigüeña
    su garabato escribe en el sopor
    del molino parado; el toro abate
    sobre la hierba la testuz feroz.
    La verde, quieta espuma del ramaje
    efunde sobre el blanco paredón,
    lejano, inerte, del jardín sombrío,
    dormido bajo el cielo fanfarrón.
    ………………………………………………….
    Lejos, enfrente de la tarde roja,
    refulge el ventanal del torreón.
    ………………………………………………….

    HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES
    LOS GRANDES INVENTOS

    XLVI

    LA NORIA

    La tarde caía
    triste y polvorienta.
    El agua cantaba
    su copla plebeya
    en los cangilones
    de la noria lenta.
    Soñaba la mula
    ¡pobre mula vieja!,
    al compás de sombra
    que en el agua suena.
    La tarde caía
    triste y polvorienta.
    Yo no sé qué noble,
    divino poeta,
    unió a la amargura
    de la eterna rueda
    la dulce armonía
    del agua que sueña,
    y vendó tus ojos,
    ¡pobre mula vieja!…
    Mas sé que fue un noble,
    divino poeta,
    corazón maduro
    de sombra y de ciencia.

    XLVII

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