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Romanticismo en Córdoba

marzo 24, 2009

Don Álvaro o la fuerza del sino, de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas

El Romanticismo es un amplio movimiento que abarcó los más diversos sectores de la cultura y de la vida europeas. En realidad, es el producto de una profunda crisis de base social y política, cuyas manifestaciones van desde lo ideológico hasta lo estético. La crisis del Romanticismo es, ante todo, vital. El romántico aparece como un ser disconforme, en medio de un mundo con graves problemas políticos, sociales y metafísicos. Perdido y angustiado en una sociedad que no le satisface, se opone a su “racionalidad” reductora y a un arte que encorseta y no permite expresar su apasionamiento. Muerto el Tirano, entre 1835 (estreno de Don Álvaro ) y 1840, el Romanticismo español alcanza su máximo apogeo. Pronto se distinguen en él, como en Europa, una línea liberal y una línea tradicionalista. Al Romanticismo liberal avanzado pertenecen, por ejemplo, Larra y Espronceda. En el Romanticismo tradicional se sitúan escritores como Zorrilla o el Duque de Rivas.

Ángel de Saavedra nació en Córdoba en 1791. Era el segundo hijo de una familia noble:  su padre poseía el título de duque de Rivas, que años más tarde, por muerte del primogénito (1834), recaería en el escritor. En 1835 estrena Don Álvaro o la fuerza del sino. Ángel Saavedra es ya duque de Rivas, y se inclina ahora hacia la línea política conservadora. Durante las etapas de gobierno moderado, ocupó importantes cargos políticos: desde ministro a presidente de Gobierno, pasando por embajador en Nápoles y en París. Perteneció a la Real Academia Española (de la que llegaría a ser director), así como a las de Historia y Bellas Artes. Murió en Madrid en 1865.

El argumento de Don Álvaro está construido a partir de ciertos relatos y leyendas populares que el autor oyó por su tierra: por una parte, la historia desgraciada de un indiano (aquí, Don Álvaro); por otra parte, cerca de Hornachuelos existe un precipicio llamado “el salto del fraile” (por donde sesuicidó un monje, como el protagonista de la obra) y una “cueva de la mujer penitente” (que es, en el drama, doña Leonor). Pero la anécdota argumental, tramada con tales ingredientes, sirve ante todo para ilustrara unos temas que figuran entre los más característicos del momento romántico. Son los siguientes: el amor pasional; las convenciones sociales y morales que se le oponen y , como parte esencial de ellas, el viejo concepto del honor; la frustración o sentimiento de la imposibilidad de realizarse; el retiro ascético del mundo, como consecuencia de esta frustración; y, por encima de todo, el destino.

Estos temas se hallan, por supuesto, íntimamente enlazados entre sí; Álvaro y Leonor están dispuestos a hacer triunfar su amor, saltando por encima de las barreras que se alzan contra él. Pero el fracaso de su intento desencadenará sobre ellos el mecanismo de la venganza en nombre del honor. Y un destino adverso irá cercándolos, a través de circunstancias fortuitas, para frustrar no ya su amor, sino sus proyectos de escapar ascéticamente del mundo. El tema del destino es, sin duda, el elemento esencial del drama: de ahí que figure en su mismo título. No es el “fatum” clásico, producto de un designio delod dioses. Es una fatalidad absurda, producro de al casualidad, del principio al fin: la casualidad hace que muera el padre de Leonor; la casualidad reune en Italia a don Ávaro y a don Carlos, hermano de aquella; y si el hermano encuentra al protagonista tras ardua pesquisas, es el azar una vez más el que los lleva a donde Leonor se había ocultado. Azorín, en su libro Rivas y Larra, consideraba excesivas tantas casualidades y coincidencias; pero, en realidad, constituyen el “mecanismo” dramático escogido por Rivas para ilustrar aquella idea de un destino absurdo y de la fata frustración de los intentos de hallar felicidad o paz en este mundo. Y ese sentimiento de la imposibilidad de vivir, d lo absurdo de la vida humana es centro del espíritu romántico y tema último de Don Álvaro.

La hondura psicológica no suele caracterizar al teatro romántico español, en el que importa más la acción que los caracteres. Los personajes encarnan las ideas o sentimientos que el dramaturgo quiere desarrollar en escena. Don Álvaro, el protagonista, es un acabado prototipo de personaje romántico: gallardo, valiente, apasionado, generoso, entregado a su ideal amoroso. Pero, sobre todo, marcado por un origen misterioso que hace de él un ser marginal, que no puede ser aceptado por la sociedad cerrada representada por la familia de Leonor. Leonor, por su parte, no pasa de encarnar el ideal romántico de la mujer: hermosa, apasionada, pero también prisionera de su mundo, de las convenciones que la rodean. Y de ahí sus vacilaciones, sus remordimiento y su resignada sumisión al destino. Frente a ellos, figuran como antagonidstas el padre y los hermanos de Leonor; los tres representan las fuerzas que swe oponen al amor: los prejuicios sociales (el orgullo nobiliario) y el anquilosado sentimiento del honor. En le padre se acumula todo el despoismo paternalista de las covenciones de su casta. Los hermanos son encarnaciones de un espíritu ciego de venganza que borra incluso cualquier impulso de humanidad (como en el caso de Carlos).Todos ellos vienen a ser los instrumentos concretos del destino que ahoga a los protagonistas. Queda una multitud de personajes secundarios que, en algunos casos, son nuevas piezas del juego teatral (como Curra, la criada, el capitán o el padre Guardián) y, en otros, comparsas de interesantes escenas costumbristas.
La obra es un compendio de tods las características del drama romántico, llevads a su extremo. Consta de cinco jornadas (única coincidencia con el teatro clásico), pero tal división no corresponde estrictamente a las partes del desarrollo interno: así, por ejemplo, los actos III y IV forman un bloque (el encuentro de Carlos y Álvaro en Italia, su amistad y su enfrentamiento); el desenlace es rapidísimo y se conmcentra en las últimas escenas del acto V. La acción se desdobla claramente; el acto II se centra en doña Leonor; el resto sigue a don Álvaro. No hay unidad de tiempo; entre los actos I y II ha transcurrido un año, y varios entre el acto IV y el acto V. En conjunto, la obra abarca más de cinco años. La escena cambia continuamente de lugar; el puente de Triana, una hacienda en los alrededores de Sevilla (jornada I); el mesón, el convento (jornada II).Como en el cine, “interiores ”y “exteriores” se suceden, según exige la acción. Los cambios de lugar dan piea efectos escenográficos que resultarán muy reveladores del gusto romántico.

Se observa la mezcla de la trágico y lo cómico. Y, junto a ello, la alternancia de estilo “sublime” y el “bajo”. Así, por ejemplo, se asiste al contraste entre doña Leonor y su criada Curra, o entre el padre Guardián y el hrmano Melitón. Pero la principal nota de contraste la constituyen las escenas costumbristas, muy elogiadas por toda la crítica. Cuatro de los cinco actos comienzan por cuadros de costumbres: el aguacho, la posada, la partida de cartas, los pobres ante el convento. La crítica de su tiempo se dividió ante Don Álvaro, pero dominó ladesfavorable. Muchos años más tarde, se le prodigaron elogios excesivos (como los de Menéndez Pelayo). Es cierto que, hasta epocas relativamente cercanas, la obra lograba entusiasmar al público.

A pesar de la superficialidad de ciertos pasajes  o del retoricismo e hinchazón románticos, quedan en Don Álvaro escenas de indudable fuerza dramática y chispazos de auténtico lirismo, o incluso es destacable la frescura de las escenas costumbristas. En conjunto, constituye un excelente documento del Romanticismo teatral en le momento de su máxima virulencia y ofrece un buen número de elementos constituyentes del espíritu romántico.

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