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La comida que me gusta

marzo 30, 2009

Diario de una lectora belga

Patricia Curbillon, lectora el IES Blas Infante

La comida que me gusta, por Patricia Curbillon

Lo siento, pero tengo que defraudarte. Si entrego este trabajo tan tarde, no es porque no tenga idea de lo que me gusta comer, sino, al contrario, porque soy víctima de la inacción. Y sí, hay comidas que me gustan y, aunque no lo parezca, comer me encanta. Lo que más me gusta de la comida es su diversidad. Si pudiera, probaría un nuevo plato cada día y compondría un menú con los mejores alimentos de cada país. Ayer, por ejemplo, tuve la suerte de probar un plato peruano: se llama palta rellena –palta significa aguacate en peruano- y consiste en comer un aguacate recubierto de un puré de patatas con zanahorias, guisantes, judías, cebolla cruda condimentada con vinagre, servido con arroz al azafrán. ¡Una delicia!

Me gusta la comida con especias (comino, cilantro, paprika, albahaca, tomillo, hierbas provenzales…) y la mezcla de sabores salados y dulces. Me gusta la comida que se funde en la boca como un helado italiano una tarde soleada. Por ejemplo, la gastronomía marroquí me encanta por su variedad y riqueza, y sobre todo por su arte de mezclar las especies. Entre colores y olores, el mercado marroquí embriaga los sentidos, es una oda a la vida. Mi compañera de piso y yo intentamos varias veces cocinar un tajine con especias de Marruecos, y ha salido bien, pero nunca sabe igual que allí: es imposible reencontrar ese sabor tan especial, dar con el secreto de las especias. De la comida española, lo que más me gusta es el salmorejo, el pisto -por su mezcla de hortalizas- y la tortilla al roquefort guisada por mi amiga madrileña.

Intento tener una alimentación equilibrada y variada. Para mí, el desayuno es muy importante para empezar el día con alegría y energía. Tiene que ser una comida consistente. Por ejemplo, el desayuno ideal estaría compuesto de :

pan: francés o alemán con cereales, o mejor, un pan integral recién salido del horno, todavía humeante, caliente y tierno

jamón: un serrano español o un tocino de los Balcanes

queso: un gouda al comino holandés, un apenzeller suizo, un beaufort francés o una crema de queso al roquefort.

aguacates de México

huevos “à la coque” de la finca del vecino

mermelada de frutos del bosque que se unte sobre un pequeño camembert caliente

De bebida: un earl grey inglés o un té de menta marroquí y un zumo de naranja natural andaluz. Los grandes días, un “atole”, una bebida caliente mexicana compuesta de leche de arroz aromatizada con guayaba, nueces, fresas… Pero podría ser también una leche de almendras fresca con sabor a azahar… Y todo eso aderezado con la manera española de comer, es decir, compartiendo y probando un poco de cada plato (parecido al mezze libanés). Tengo que detener mi relato porque ya me vienen las ganas de comer. ¡Y estamos sólo al inicio del día!

Soy exigente con la comida, pero no necesito platos muy elaborados o especiales. Me gusta la sencillez de una zanahoria o un brécol crudos, una manzana con un buen queso o una buena porción de patatas fritas belgas con una salsa “andalusa” (una salsa un poco picante que no existe en Andalucía pero sí en Bélgica, dos regiones surrealistas). Siempre me ha gustado comer, pero cocinar… Antes odiaba cocinar porque no tenía la paciencia requerida. Progresivamente he aprendido, y aunque me falta mucho, aprecio más este arte alquímico de saber eligir, mezclar y transformar alimentos por el placer de los ojos y de la boca… ¡Y de la amistad!

Si tengo que comer sola, descuido más fácilmente mi alimentación, porque no existe el placer de compartir: comer y compartir un buen plato es como escuchar y compartir un fragmento de música preciosa. Además, la dimensión social de la comida es esencial, porque comer es reunirse para compartir en todos los sentidos de la palabra. En francés, por ejemplo, le copain, el amigo, es etimológicamente la persona con quien se comparte el pan. ¿Será también con la amiga con quien se comparte la miga?

Esta dimensión social y familiar destaca en España: regresar a casa para comer con la familia es fundamental. Entre las 3 y las 5, la ciudad española se vuelve una ciudad fantasma. Me ha pasado varias veces. Un día no regresé a casa a mediodía y me comí un bocadillo en un parque. Pude observar que las escasas personas que veía eran marginales o bien parejas de mayores caminando muy despacio. Por el contrario, en Francia y Bélgica, los niños comen en la escuela y, cuando el tiempo lo permite, los parques están llenos de trabajadores comiendo bocadillos. Por eso se ha desarrollado todo un “arte” del bocadillo en esos países, un arte que no existe en España.

El momento del reparto durante la comida es muy importante para mí, y tengo que decir que tuve una decepción muy grande en España en lo concerniente a este punto. Desde el mes de octubre me he mudado ya dos veces y en los tres pisos que he compartido, los españoles comían automáticamente en frente de la televisión. Es verdad que muchas veces la televisión no es nada más que un fondo sonoro y que nadie está realmente atento a lo que pasa en esta caja, mágica y diabólica a la vez. Pero es innegable que las personas se quedan más o menos hipnotizadas por ella. Esta costumbre de encender la televisión durante la comida corta muchas veces la posibilidad de comunicarse. Yo la veo como una contaminación.

Intentando remediar esta situación, organicé una vez una cena colectiva, y al pedir de manera educada si podíamos apagar la televisión, recibí la respuesta siguiente: “¿Por qué apagarla si nos hace compañía?”. Ese día me enteré de que la televisión comía pan también y era un amigo más. Todavía me cuesta mucho trabajo aceptarlo. Pero seguramente es un hecho cultural y hay que tomarlo como tal. Resulta irónico que mi compañera de piso americana y yo comamos juntas en la cocina, y las compañeras españolas en el comedor, en frente de la televisión. Eso no impide que nos llevemos bien, pero no tenemos la misma costumbre de comer y comunicarnos. La repetición de esta experiencia me marcó mucho y contribuyó seriamente a la destrucción del estereotipo que tenía –que tiene la mayoría de los extranjeros- sobre el pueblo español. Lo extraño es que esta costumbre de comer ante la televisión contradice el ejemplo de la reunión familiar o la costumbre del reparto en el arte de comer español (las tapas y raciones).

Pero, observo que esta charla sobre la comida se vuelve gastrosociología… Tiempo de acabar y de desearos un buen provecho con muchas especies y muchos amigos (¡sin tele!).

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