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El Principito, El extranjero, por Juan Cruz

diciembre 27, 2009
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Unos amigos de El Médano me pidieron ayer que les recomendara un libro que aconsejar a los escolares de este querido pueblo del sur de Tenerife. Me acordé de inmediato de lo que le sucedió a un adolescente nómada de Mali, Moussa Ag Assarig, a quien unos pilotos del París-Dakar le regalaron hace años, cuando él debía tener entre doce y trece años, El Principito, de Antoine de Saint-Exupery. Moussa convenció a su padre para que le llevara a una escuela de la capital, para aprender a leer. Aprendió, y leyó El Principito. Esa lectura cambió su vida; ahora él mismo escribe libros (el último, En el desierto no hay atascos, publicado en España por Sirpus) y destina sus derechos de autor a montar escuelas para los niños nómadas de su país y del resto de África. La propia familia del autor de El Principito le ayuda a financiar este proyecto, que Moussa presentó en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es un hombre de mirada luminosa, que refleja una ilusión que viene, dice él, de haber aprendido a leer; la lectura le ha abierto al mundo, le ha dotado de un entusiasmo con el que ahora viaja, contagiándolo. Y por la noche un compañero me preguntó por algún libro de Albert Camus, aparte de La peste, que ya había leído. Le recomendé El extranjero, un relato que transmite desolación y extrañeza, una novela de rara perfección que siempre me ha subyugado. Le recité uno de los párrafos que quedaron en mi memoria, y que siempre he asociado a las playas perfectas en las que el viento a veces reina como una premonición o como un manto: “Comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz”. Me parece que esa es la traducción de José Ángel Valente. Un libro sobrecogedor, escrito con una sencillez extraordinaria que contribuye al clima aparentemente distante con el que el narrador va contando su desoladora historia. A mediodía comí con un científico que me preguntó por lecturas para estos días. Le aconsejé que leyera la autobiografía de Mario Vargas Llosa, El pez en el agua, y dos de Orhan Pamuk: La maleta de mi padre y El museo de la inocencia. Este último es un libro que a mi me parece importante, en el que hay que entrar con ganas de sumergirse, de dejarse perder en una historia de amor que te va envolviendo hasta que se convierte en algo propio. Como estamos en tiempos de consejos, aconsejo también La noche de los tiempos, de Muñoz Molina, y Caín, de Saramago, de los que ya he hablado aquí alguna vez. Y, para releer, poesía, las poesías completas de José Hierro. Y lo que aconseje un buen librero, por cierto. Creo que una manera de luchar contra las habladurías acerca del porvenir de los libros es ir a las librerías a ver qué nos dicen los libreros.

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