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Una habitación propia de hospital, por Santiago Navajas

enero 12, 2010
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He estado un par de semanas hospitalizado. Nada que no se pudiese solucionar con un par de operaciones quirúrgicas, dos placas y doce tornillos de titanio en la tibia. Que se te salga la rodilla y se te desintegre la meseta tibial (tranquilos, la moto apenas tiene unas rozaduras) duele que te cagas, por decirlo elegante y suavemente, pero enchufado vía catéter intradural a una bomba de perfusión hospitalaria, que te administra continuamente dosis milagrosas de calmante –el médico anestesista es el mejor amigo del paciente–, el dolor termina siendo un espectro terrorífico pero lejano.

Una vez pasado el trauma del accidente y la lotería de la operación, el “sufriente” paciente necesita un ambiente de reposo y calma. Es complicado volver a estar en armonía con el mundo. Hace unos meses, mi padre también estuvo encamado. Pero él, en un hospital público.

Los profesionales –médicos, enfermeras, auxiliares, celadores– eran tan buenos como los que me atendieron en la sanidad privada. Sin embargo, mi padre no disfrutó de una habitación propia. Tenía que compartirla con otros tres enfermos. Y ya saben lo que decía Sartre: el infierno son los otros. Bastante tiene el dolorido paciente con las agujas, los antibióticos, la comida del hospital –he aprovechado para perder un par de kilos–, las curas en las que ves horrorizado que te han convertido en un jovencito Frankenstein, la aprehensión ante la muerte –ese escaso 5% de probabilidad en el que las cosas pueden ir realmente mal pero que a los hipocondríacos nos parece tan definitivo como una sentencia a ser fusilados firmada por Franco–… para que encima tengas que compartir miserias corporales y visitas familiares con completos desconocidos.

Cuenta una leyenda urbana que Manuel Chaves se comprometió en una campaña electoral a que hubiese habitaciones individuales en los hospitales públicos. De acuerdo, no soy ingenuo y he estudiado la teoría literaria de Bajtin, así que sé que las promesas electorales son un híbrido del género de la ciencia ficción y el humor negro. También sé que los socialistas, todavía confundidos desde que en 1979 Felipe González les obligó a dejar se ser marxistas, lo mismo cantan la Internacional levantando el puño que desayunan con Emilio Botín en tirantes y, en consecuencia, predican lo público mientras nos empujan a lo privado. Pero me gustaría reivindicar modestamente el derecho de los pacientes de la sanidad estatal a disfrutar de una habitación propia. Porque, como reivindicó Virginia Wolff para las mujeres en el homónimo ensayo, no es un capricho, sino una necesidad.

VER: Diario CÓRDOBA

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