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Carmen Laforet

mayo 19, 2010
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Nada, la primera novela de Carmen Laforet, de tan sólo 24 años, estrenó el premio Nadal de la editorial Destino en enero de 1945. Había nacido el 6 de septiembre de 1921, y hasta noviembre de 1923, cuando la familia marchó a Las Palmas, vive en Barcelona, en el piso de sus abuelos. En 1934 muere su madre. El marido se casó con la peluquera de su mujer, que se esmeró en borrar a la madre de unos niños a los que mortificaría. La obsesiva figura de una odiosa madrastra es omnipresente en tres de sus novelas, con protagonistas huérfanos: Nada (1945), La isla y sus demonios (1952) y La insolación (1963). Ahora, con la primera biografía, realizada por Anna Caballé e Israel Rolón -que han obtenido el premio Gaziel 2009: Carmen Laforet. Una mujer en fuga (RBA)- un libro de 515 páginas rebosantes de material inédito, puede extraerse una gran conclusión: Laforet no pudo con sus fantasmas. El libro rebosa de dramáticos espectros.

– A la literatura, por un abrigo. Un chantaje moral al padre y el pretexto de los estudios de Filosofía y Letras la llevan a su primera huida: Barcelona. Pero el piso de los abuelos ya no es el paraíso: es fiel reflejo de la gris ciudad española de posguerra, miseria que aguantó nueve meses y que, unida a un amor frustrado, serán el germen de Nada. No tiene dinero para comprar un abrigo, así que instigada por su tía Carmen se presenta en diciembre de 1942 a un premio literario del Frente de Juventudes. Lo gana. Y gracias a una de las 600 cartas que escribirá, dará pistas de que prepara una novela.

– El doble filo de ‘Nada’. Como un relámpago: el último día de convocatoria del primer premio Nadal aterriza un paquete con Nada. Deslumbrante: la frustración que destila la sociedad de la inmediata posguerra y la perspectiva femenina le dan la victoria contra pronóstico. El amigo intelectual de su mejor amiga, Manuel Cerezales, la ha inscrito tras leerla y sugerirle cambios. ¿Y de que la retocara? “Vi el manuscrito original y no hay nada de nadie más”, testimonia Caballé. Del éxito al enigma pasan apenas semanas: 5.000 pesetas de premio (vivía con 200 al mes de su padre), libro más vendido de 1945, pero también cosas extrañas: “La escribí en ocho meses”, declara, cuando la rehacía y rompía desde dos años atrás. ¿Por qué mentir?

– Patito feo entre intelectuales. Sorprende la falta de calado intelectual y hermetismo del personaje, que contrasta con las virtudes de la obra. “Ella no quería ser escritora profesional, quería vivir y de golpe se vio fiscalizada y eso la rompió emocionalmente”. A la familia Nada le ha sentado fatal, al verse retratada por los cuatro costados. Cerezales, con quien se casa embarazada de dos meses en otra muestra de su espíritu libre, le dice que la literatura no es autobiografía… Empiezan las inhibiciones y presiones: tendrá cinco hijos entre 1946 y 1957 y las necesidades económicas la fuerzan a un articulismo olvidable y a unos cuentos algo mejores (La llamada, 1954). Nueva huida: así retrasa afrontarse a otra novela. Lo detecta y se lo dice Ramón J. Sender desde su exilio en EE UU. Será el único intelectual que la respetará. “Nada está escrita con toda libertad y fuerte componente autobiográfico; forzada por las inhibiciones, se volvió muy costumbrista: quería que su obra no transparentara”. La tumba la sellaría Cerezales, de quien se separará en 1970 con la condición de que firmara ante notario que no podría escribir nada sobre sus 24 años de vida conyugal. “Mi pulverización como ser humano”.

– Mujeres, anfetaminas, tarot. La vocación se le fue esfumando poco a poco. En 1964, confiesa: “soy una mala escritora”. Desesperada, vive ya desde 1952 una etapa de misticismo religioso. Queda para rezar por las mañanas con una nueva amiga, Lili Álvarez, famosísima tenista finalista en Wimbledon. Pero esa conversión religiosa parece ser fruto del amor: se dibuja una pulsión homosexual.”Siempre buscó mujeres fuertes, bíblicas, pero no creo que consumara su homosexualidad: se reprimió”.

Ni viajando de verdad (París, EE UU, Roma…) se aleja de sus dificultades. Al contrario, recrudecen: desde los 60 avanza una enfermedad neurovegetativa y vive en un constante tiovivo emocional, quizá debido al Minilip, medicación a base de anfetaminas para adelgazar. “Digamos que le acabó gustando la química”, suaviza la biógrafa. “Escribir me da una pereza casi invencible (…). Me horroriza, pero así, patológicamente, cualquier forma de aparición en público”. Escribe, cuando puede, y rompe. Nada le gusta. Tanto, que ni devolverá nunca corregidas las galeradas que en 1973 le hacen llegar de Al volver la esquina. “Sabía que ese libro no estaba ya nada bien”, cree Caballé. La desesperación la llevó a aficionarse al tarot, al que acabaría consultando su vida. Pero llegó a un bloqueo físico y mental que no podía ni levantarse de la cama, ni firmar un cheque. “Tengo que realizar algo bueno, malo o regular, pero realizarlo”, se grita. El 28 de febrero de 2004 falleció, quizá con la sensación de que los fantasmas habían ganado.

VER: EL PAÍS

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